Amaderada Cereza [+18] (parte 1 de 6)

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El sonido sordo de sus nudillos contra la madera me hizo despertar del trance en que me había sumergido hace media hora. Suspiré profundamente y me mentalicé para el espectáculo.
Estaba lista.
Adelante —suspiré convencida.
Álex giró el cierre de la puerta y esta cedió a su presencia. Vestía con el traje oscuro de noche, con sus relucientes zapatos negros en armonía con el espesor de su pelo: brillante, tentativo e inspirador. Sus ojos manaban la seguridad de un gato, verdes intensos sin ápice alguno de nerviosismo. Despegó sus labios ligeramente rosados y enmarcó una sonrisa para mí, solo para mí, porque solo yo sabía que era mío, que sus sonrisas eran completamente mías, así como yo era enteramente suya.
Vístete —dijo entornando sus ojos felinos.
Lo que vestirse significaba cubrir mis senos y parte superior de las piernas con una túnica de seda roja. Recuerdo que estaba fría y la sentí encima de mí como el abrazo que me hubiera dado mi padre ante aquella situación, al saber a lo que su hija, su adorada hija se dedicaba. Después de todo, un frío abrazo era lo menos que hubiera esperado de él, del perfecto borracho que golpeaba a su esposa y humillaba a su hija. Quién lo necesitaba. Yo solo requería de Álex, de su mirada y confianza, para alimentarme de él y sobrevivir cada noche bajo su protección. Quién necesitaba padres así teniéndolo a él.
Álex cerró la puerta detrás de mí, y pude sentir el leve aire que se levantó a mis espaldas. Hoy estaba enfadado, y no lo había notado hasta ahora. Justamente hoy que iba a ser especial, hoy que tendría a toda esa gente engalanada mirándonos, era hoy cuando él tenía que ponerse de morros. Maldito egoísta insensible.
Recorrimos el pasillo en silencio, como siempre, y sin embargo hoy había algo diferente en la forma en que movía sus hombros. Le conocía tan bien que hasta los mínimos detalles marcaban diferencias notables. Mantenía la mirada imperturbable hacia el frente, la espalda recta, la mente despejada y sin embargo, sabía que algo atravesaba por ella, que algo turbaba su convencimiento, y puede que mi nombre estuviera entre sus cavilaciones. De solo pensarlo suspiré angustiada. Cuando él se ponía tenso era mucho más difícil de controlar, de abandonarme a él, pues sencillamente Álex exigía un control absoluto, algo a lo que yo no estaba dispuesta a ceder tan fácilmente.
¿Preparada? —preguntó sin dejar que aquel atisbo de amargura se escapara de sus labios.
Asentí con un leve movimiento de cabeza, y él cruzó las cortinas doradas, perdiéndose ante mi vista, y aceptando el sepulcral silencio que aconteció a su presentación. Todo se volvió gris, como una niebla espesa, y por fin llegó mi turno. Ascendí los dos escalones que separaban la cortina del suelo, como si ascendiera a otra dimensión, y me adentré profundamente en ella, dejando el temor y las dudas en el primer escalón a ras de suelo. Un foco me iluminó, y pude verle a él en medio de la oscuridad. Él y una camilla, pero nuevamente él. Solo él me veía, solo él podía hablarme; en verdad solo a él podía escuchar.
Desnúdate —ordenó con una voz cálida y ciertamente paternal. Debía estar enferma al creerlo así.

…continuará…

Por: Crazovey (Escritora de Letras & Poesía) 

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