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La bibliotecaria I

Podrían pasar cien años, que nunca olvidaría el cálido color de su piel, la perfecta curvatura de su mandíbula, los labios dulces y rosas que encerraban su tierna sonrisa. Podrían pasar cien años, que nunca olvidaría el día en que la conoció. El día en que dos desconocidos estudiaban bajo la galería de la universidad. Bien decían que aquella biblioteca estaba encantada, pues lo que sucedió aquella noche de diciembre sólo puede ser asignado a la magia más pura y bella que conforma el Amor.

Recuerdo que no era la primera vez que te veía; apurada, nerviosa y concentrada en tus múltiples libros apilados en orden sobre la mesa. Recuerdo la indecisión de mi mirada, el sonoro estruendo cuando mis libros cayeron de su estante. Ni siquiera sé lo que estaba buscando. Posiblemente nada, o posiblemente tú. Sabía que aun con las luces apagadas, encendías tu lámpara e iluminabas tu estancia. El murmullo de tus labios repitiendo tus estudios era lo único que podía escucharse. Claro, y los golpes de mi corazón queriendo romper la barrera de mi pecho, pero cómo ibas a escucharlo, si tenías los auriculares puestos.

Aquel día decidí hablarte, pues era el último de tus estudios y al siguiente comenzarías los exámenes. No me preguntes cómo, que observé con detalle cada libro que escogías. Todos guardaban relación con la medicina. Una chica lista, pensé. Nada más lejos de la realidad, que tropezando repetidas veces con mi conciencia, me atreví a sentarme unas mesas delante. Recogiste el mechón de pelo que bailaba sobre tu frente, y lo doblegaste tras tu oreja. Solo en ese movimiento tu mirada se desligó de los libros y me viste, como a un idiota que saludaba nervioso con una mano y sonrisa infantil. Pudiste pensar: menudo imbécil. Y jamás habrías errado.

Tras los diez eternos minutos de indecisión, retomé mis fuerzas y me acerqué a tu mesa. Cogí asiento frente a ti y tu mirada se tornó preocupante. No quería asustarte, pero era inútil, tan siquiera intentar, desligar mis ojos de los tuyos.

—¿Vas a decirme de una vez por qué entras todas las noches si no es para estudiar? —preguntaste sin mirarme, leyendo una frase más de tantas, que contenían tus libros. Pero debiste verme, debiste fijarte en mi congestión, en mi apretada boca que interrumpía el castañetear nervioso de mis dientes. Debiste verme cómo balbuceaba y desechaba cientos de palabras estúpidas antes de pronunciar la peor de todas.

—Tú. —Y tanto el murmurar de tus labios, como los latidos de mi corazón, como el tiempo, cesaron a la vez.

Alzaste la vista y para mi sorpresa, una extraña y dulce sonrisa se dibujó en tus labios. Juraría que la silla no aguantaría mi peso, que el suelo y la tierra misma me tragarían de un momento a otro, pero lejos de tenderme una mano, decidiste en tu juego rematar mi firmeza.

—¿Acaso te presentas a los exámenes? —Miraste mis libros. Los cuales, estúpidamente, elegí iguales a los tuyos, creyendo que así tendríamos un tema de conversación en el que nuestros gustos fuesen compatibles.

—Síii… —alargué mi indecisión provocando que enarcaras una ceja y una mirada inquisidora amenazara mi mentira.

—No recuerdo haberte visto por la facultad. —Volviste a dirigir la mirada a tus libros, desatando así la soga de mi cuello—. Dime, ¿qué departamento manejas? —La volviste a atar con más fuerza.

Inspiré queriendo que el nerviosismo no se hiciera presa de mis actos—. En necrológicas. —Leí en el lomo de uno de tus libros.

—Vaya —sonreíste abiertamente y ladeaste acompasadamente tu cabeza— ¿Forense o policía?

—No, yo sólo necro… perdón autovías.

—¿Au… autopsias? —reíste.

—Sí, eso…, autopsias —intenté controlar el irrefrenable balanceo de mi pierna.

—Ya… —Sonó la vibración de tu móvil. Apenas distinguí muchos números y una foto borrosa. Entonces colgaste la llamada, cerraste el libro que leías y te levantaste nerviosa—. He de irme, es tarde.

—No, espera —te interrumpí— ¿Cuándo nos volveremos a ver?

—Mañana —afirmaste mientras recogías la mesa.

—Pero, ¿y los exámenes? ¿No son mañana?

—Sí —sonreíste.

—No entiendo…

—No importa…. —titubeaste unos segundos.

—Javier —me presenté.

—Javier, mañana a la misma hora, ¿te parece?

—Cla… claro. —Fui a tenderte la mano en un acto de cortesía y vergüenza por no saber dirigir esta situación. Pero tus prisas se interpusieron a mi oferta, y saliste a grandes zancadas. Sé que una vez cruzaste el pasillo, comenzaste a correr. El sonido de tus tacones no podía mentir.

Miré mi mano tendida al vacío. Cerré mis dedos y sonreí para mis adentros; había estado a centímetros de rozarte. Pero eso no era todo.

—¡Espera! —grité— ¡No me has dicho cómo te llamas! —Pero te habías ido.

Por: Crazovey (España)

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