La bibliotecaria II

De ser posible hubiera hecho un surco en el suelo de tantas vueltas que di esperándote al día siguiente; no apareciste, y empecé a temer que mi presencia te incomodaba. Hubieron de pasar tres días más cuando al cuarto cumpliste tu palabra. Recuerdo que me dormí de mala de manera sobre la mesa de estudio. Como de costumbre era tarde y no había nadie; solo tu voz pululaba en mis recuerdos, ansiando volver a escucharla y contemplar la figura de donde provenía.

—¿Javier? —Me habló el sueño. A lo que respondí con un ronco asentimiento de mi garganta.

—Javier, soy yo, Marina. —De inmediato me desperezaste. ¿Había oído bien?

—¿Marina? —repetí incrédulo, y tú sonreíste, tímida y dulce.

—Siento lo de… —Miraste a tu alrededor buscando las palabras exactas. Pero no era necesario, ya estabas aquí, habías vuelto. Eso bastaba—. Lo siento, tuve problemas y… —extinguiste tu voz.

—No importa —me apresuré a salvarte—. Has vuelto —sonreí.

—Tenía que dejar los libros que tomé prestados. —Desviaste la mirada.

—Oh…claro. —Debí suponerlo. ¿Por qué motivo regresarías a mí? Apenas éramos unos desconocidos.

Sacaste de la cartera tres libros que fuiste dejando cada uno en su estante. Cuando hubiste dejado el último, al igual que los anteriores, bajo mi atenta mirada, suspiraste con pesadez.

—¿Qué tal los exámenes? —Necesitaba entablar una conversación, a ser posible amena para evitar que te fueras. Durante estos tres días estuve leyendo, y es más; estudiando, diferentes libros que habías cogido a lo largo de todo un mes. Ahora me sentía preparado para reanudar mi mentira, tal vez fuera más creíble esta vez.

—¿Qué exámenes? —Te escuché a lo lejos.

—Los de la facultad, los de estos días. Supongo que esos fueron tus… problemas. —Me arrepentí al instante de haberlo dicho. No era el tipo de conversación que quería sacar. ¿Cómo se me había ocurrido lanzar tal indirecta? Estaba claro que si no querías venir, era porque te incomodaba tener a un acosador observándote todo el rato.

Escuché el paso de tus tacones aproximarse—. No he hecho exámenes —afirmaste con un matiz triste en la mirada. Juraría que algo había cruzado tu mente, posiblemente algo ocurrido en esos tres días, y no podía callarme y dejar que pasara por alto.

—¿Entonces…? —me atreví a indagar.

Me lanzaste una mirada acusadora, reprochando mi interés—. Problemas. —Apretaste los labios y volviste hacia otro estante en busca de más libros.

—¿Por qué estudias tanto si no te presentas a los exámenes? —alcé la voz.

—¿De verdad quieres saberlo? —respondiste cuatro estanterías más atrás.

—Claro…. me importas, ¿Sabes? —Había aprendido y ensayado cada una de las frases que podría decirte para, por primera vez, ser sincero contigo.

—Qué curioso… —reíste al otro lado.

—¿Por qué? —Anduve buscándote por cada pasillo, pero a cada estantería que superaba, te me antojabas más lejana.

—Porque tú a mí no, Javier —Apareciste en el pasillo de atrás—, del mismo modo que tampoco me interesa saber por qué me mentiste diciendo que estudiabas medicina forense —negaste con la cabeza derrumbando cualquier frase aprendida para sorprenderte—. No confío en los mentirosos, ¿tan raro te parece? —sonreíste de una forma que heló mis venas.

Tragué saliva recuperando la noción de mi cuerpo, y superando el inmenso escalofrío que recorría mi dorsal, me apresuré a adelantar, inconsciente de mí, los primeros pasos hacia tu posición—. No soy un mentiroso. —Provoqué que una perversa sonrisa desdibujara tu cara, en la que tus ojos me veían como una presa indefensa.

—Tampoco me interesa. —Me diste la espalda para seguir buscando tus libros.

—Pero… ¡Lo siento! —Me obligaste a recurrir a lo sencillo— No pretendía mentirte en eso, fue una estupidez. —Dirigí mis pasos hacia donde habías desaparecido—. Lo admito. Pero necesitaba hablarte…

—¿Necesitabas? —me interrumpiste.

Dudé en afirmarlo. Tal vez era algo negativo que te incitaba a verme como un demente pervertido acosador de chicas. Pero no podía permitirme una mentira más—. Sí, lo necesito. Necesito hablarte, conocerte, saber qué estudias y por qué… lo necesito.

Volviste a mi lado, derrumbando lo que me había parecido un laberinto de persecuciones y misterio—. Mi madre está enferma. —Sentí cómo tus palabras me taladraron el alma. — Tiene cáncer y… —te detuviste mientras veía cómo las incipientes lágrimas quebraban tu garganta—, se va a morir.

Entonces quise no haberme cruzado en tu camino, no haberte visto jamás para que nunca tuviera que verte así; débil, afligida, con tu sonrisa marchita y las lágrimas recorriendo tus mejillas—. Lo siento. —Fue lo único que pude decir, lo único que no estaba fuera de lugar o carente de sentido. Quise abrazarte, apretarte contra mi cuerpo para transmitirte mi fuerza, pero era imposible ante tus siguientes palabras—. No quiero tu lástima, Javier —suspiraste recobrando la fuerza—. Estudio para encontrar una cura que la salve, me leo todos los libros, todos los artículos de prensa y páginas de internet que puedan ofrecerme una esperanza ante tanto dolor. Mi madre se muere a cada día que avanza el invierno, puede que no vea Año Nuevo, y yo… —Tu mirada recuperó la frialdad de antes— Malgasto mi tiempo con un desconocido al que sólo le interesa observarme mientras leo y entablar conversaciones a base de mentiras.

—Te he dicho que lo siento —Y en verdad aquellas dos palabras eran las únicas que podía formular, como si se tratase de un resorte mecánico activado en caso de pánico.

—Tú sientes muchas cosas, ¿no es así? Pero mientes otra vez. No sientes haberme mentido, ni ahora, ni antes cuando dijiste que estudias lo que no era cierto. Pues gracias a eso, ahora estás haciéndome perder el tiempo. Tampoco sientes lo de mi madre, pues no sabes lo que es ver cómo la vida del ser que más amas se desvanece bajo la impotencia de no poder hacer nada. Deja de mentir, deja de mentirte. —Empezaste a respirar más deprisa, tuviste que sujetarte sobre el marco de la estantería para restablecer el equilibrio. Pero fue inútil.

Tu cuerpo perdió el sentido y se derrumbó sobre el suelo.

Tenías razón, pues por aquel entonces nunca había amado a nadie como ahora.

Por: Crazovey (España)

instagram.com/crazovey


Únete a nuestras redes:

facbook     twitter-icon-circle-logo     instagram-icon-3cd2e3790075e545be9ea3a14fe12baf     tumblr_256     social_youtube_63

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s