La bibliotecaria III

Recuerdo que me lancé al suelo para sostener tu cuerpo. A duras penas logré reanimarte. Tú solo gemías impronunciables palabras, muchas de ellas creo que rezaban “suéltame”. Pero era imposible; una vez que te había tocado ya nada me separaría de ti. Te levanté sobre mis brazos y deposité tu peso sobre la mesa de estudio.

—Javier… —balbuceaste—, déjame. —Seguiste retorciéndote, en un intento inútil por salir a la calle.

—El-l… bolso —Dirigiste los brazos al suelo, donde aún permanecía tu cartera. Me apresuré a cogerla y a rebuscar cualquier caja con pastillas. Pero no era eso lo que necesitabas; el inhalador cayó solo. Lo cogiste y como si te devolviera la vida recuperaste el rubor natural de tus mejillas.

El sonido del móvil me sacó del trance en el que había estado sometido. Este vibraba en el interior del bolso. Introduje la mano y pude ver la foto borrosa de hace unos días, y los mismos números. En la foto estaba ella, riendo y abrazada a una mujer. Debía ser su madre quien la llamaba cada noche. El móvil cesó su pitido en mis manos, sólo era un reclamo.

—He de irme. —Deslizaste las piernas fuera de la mesa.

—¿Llegas tarde? —Provoqué tu mirada nerviosa.

—Me esperan…

—Claro,… es Noche Buena —agaché la cabeza por el peso de mis palabras.

—Tú también deberías irte, tu… familia ha de estar esperándote.

—Claro —mascullé. Como si eso me importara.

Nuevamente el móvil volvió a vibrar. Era un número diferente, sin foto, sin nombre. Me lo cogiste de las manos y el color de tu piel se tornó pálido. Recogiste el bolso y no sin antes desequilibrar tus pies me dirigiste una angustiosa mirada—. Gracias.

—Espera —No estaba dispuesto a dejarte marchar y a que reaparecieras días más tarde—, te acompaño.

—Volveré, Javier —Recuperaste la dulzura de tu voz—, siempre volveré a este lugar —sonreíste.

—Pero no puedo… dejar que te marches…así, déjame acompañarte.

Dudaste unos instantes, pero la insistente llamada del móvil apresuró tu decisión.

—Haz lo que quieras —Volviste a armarte de tu coraza fría. Me diste la espalda y empezaste a correr, sin tan siquiera esperar haber cruzado el pasillo.

—¡Espera! —Corrí tras tus huellas.

Choqué de frente contra la pesada puerta. Había olvidado que afuera nevaba. Las calles apenas estaban habitadas, el humo salía de las casas, el suelo crujía con el hundimiento de cada pisada— ¡Marina! —Habías desaparecido. Me restó seguir la marca de tus zapatos sobre la nieve. A decir verdad eras bastante ágil y rápida, propio de una gacela.

Pensé en encontrar tu casa, tal vez un departamento, pero jamás creí que el tiempo jugaba tan mal en tu contra. Los pasos me dirigieron al hospital. Nuevamente me llamé estúpido mil veces por no haber considerado que esto podía ser una opción. Empujé las puertas y dos enfermeras acudieron a mi entrada.

—¿Qué desea? —me preguntó la más alta.

—Vengo con Marina, ella ha debido entrar hace unos minutos.

Ambas se miraron angustiadas, callando aquellas ideas que cruzaban por su mente.

—¿Es pariente de la señora Hernández? —Supuse que era su madre.

Dado que de lo contrario no me iban a dejar entrar—. Soy el prometido de Marina —Tuve que mentir otra vez.

Ambas se volvieron a mirar y la más bajita cuchicheó algo a su compañera. Algo que contenía la palabra “tiempo” en sus labios.

—Está bien. Segunda planta a la derecha, habitación 32.

Asentí embriagado por la emoción. Nada podía salir mal esta noche. Estamos en Navidad; los milagros aún pueden ocurrir. Subí saltando de dos en dos los escalones que me separaban del segundo piso. Pero llegué tarde, igual que tú; ambos llegamos tarde.

Escuché tus sollozos aun cuando caminaba por el número 26. Me apresuré hasta la puerta señalada y jamás hubiera deseado verte así. Estabas sentada a un lado de la camilla, con las lágrimas bañando tu rostro, y hubieran inundado la habitación si no fuese porque anclaste tu cruda mirada en mi presencia.

—¿Entiendes ahora cuán importante es el tiempo para mí? —Ni siquiera gritaste. Tu voz se mantuvo imperturbable, clara y arrogante.

—Lo siento —alcancé a decir.

—¡¡Cállate!! —gritaste— ¿Cuántas veces has dicho lo mismo? ¿Y todo para qué? —señalaste el cuerpo cubierto de la camilla.

—Yo no tuve la culpa. —Me atreví a entrar en la habitación.

—Ni se te ocurra —Te levantaste de la silla—, vete de aquí.

—Pero, Marina…

—¡Que te largues! —perdiste el equilibrio.

—No puedo dejarte aquí —Decidí romper tu prohibición y ayudarte a incorporarte.

—¡No me toques! ¡¡No me toques!! —Te retorciste alertando a las enfermas.

—¡Marina! —exclamaron ambas y me apartaron de tu lado—. Quédese aquí —me ordenaron—. Tenemos que tranquilizarla.

—¡¿Qué la pasa?! —grité para que se me escuchara más allá de sus gritos. Marina había perdido el control de su cuerpo, se zarandeaba de un lado para otro, como entrada en un estado de furia incontrolable.

—Su prometida está enferma —Pero lejos de mirarme a mí, miró a la camilla.

Seguí aquella mirada anclada en un cuerpo sin vida. Entonces una sola palabra inundo mis pensamientos.

—Cáncer… ¿Qué tipo de..?

—Leucemia —respondió la otra enferma tras asestarle a Marina una inyección en el brazo—, vamos, ayúdame a levantarla. —Solicitó a su compañera.

Ambas se la llevaron en brazos desapareciendo por la puerta. La habitación se me hizo más estrecha y más baja. Casi podía sentir que el techo se rompería en mi cabeza. No podía ser cierto… los milagros existen, ¿Qué me hacía falta?

—Será mejor que se vaya. —Apareció la enfermera más alta—. Marina ha de descansar por esta noche. Regrese a casa.

¿Cómo demonios se suponía que iba a regresar? Ni siquiera tenía un lugar al que llamarle hogar. El único sitio donde realmente me sentía a gusto era en la Biblioteca, aun sin hablar con ella, tan solo observándola como estudiaba. Claro, eso era. La respuesta debía estar en los libros, con razón los leía con tanto ahínco. Pero no podía dejarla así, ahora menos que antes.

—Necesito verla.

—Es inútil, Marina tiene que dormir.

—Déjale —respondió su compañera dejándome la puerta abierta de la habitación 36.

—¡Sandra! —replicó.

—No importa. Marina está muy delicada —susurró—, a pesar de nuestras advertencias nunca nos hizo caso. Se empeñaba en acudir a esa estúpida Biblioteca, como si en los libros estuviesen las respuestas de todo —masculló.

—Gracias… —acorté sus reproches.

Entré a la habitación y un débil “mamá” se hacía eco en las paredes. Me dolía como nunca antes me había dolido nada. Y no eran heridas físicas ni sangrantes, era una profunda e infestada herida del corazón, desde el momento en que saliste corriendo por primera vez, pasando por cuando te derrumbaste ante mis ojos, hasta cuando entraste en histeria con una mirada acusadora sobre mi cabeza.

—Mamá.. —musitabas—, mamá… —repetías en tu delirio.

Preferí no decir nada, no quería alarmarte. Sin embargo, tu mirada perdida descubrió mi posición. Lejos de alterarse, tus ojos se iluminaron con un halo de esperanza.

—Sácame de aquí —murmuraron tus labios.

Por: Crazovey (España)

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