La bibliotecaria IV

—Sácame de aquí —murmuraron tus labios.

—No pienso hacer tal cosa —susurré.

Apartaste la vista de mi presencia, anclándola en el techo—. Dijiste que te importaba…

—Y es cierto.

—Mentira… —volviste a mirarme—. Eres un mentiroso… pero te creí —sonreíste de una manera trágica, dejando que unas pocas lágrimas bañaran tus labios.

—Creo que es en lo único que no te he mentido.

—…. la biblioteca —Alcancé a escuchar.

Tus ojos se iban cerrando lentamente y bajo el miedo de no volver a verlos abiertos, envolví tu cuerpo con la sábana. Tomé tu nuca y la pasé tras mi brazo. Lo mismo hice con las piernas. Tomé impulso, pues lo iba a necesitar si pretendía bajar a la primera planta por las escaleras. Al llegar a la planta de salida, las enfermeras interceptaron mi acción.

—¡No puede sacarla del centro! —gritó una mientras la otra permanecía callada.

—¡Morirá si lo hace! —continuó la misma, pero en cuanto se acercó a nosotros, su compañera la detuvo alcanzándola por el brazo. Volvió su cuerpo al mostrador y sacó tu bolso y una manta bastante grande. Pasó la correa del bolso sobre mi cuello y dispuso la manta encima de ti. Después acarició tu mejilla acalorada; tenías fiebre.

—Corre, muchacho —se dirigió a la puerta para abrirla y lanzó una mirada a su compañera—. Nosotras no hemos visto nada.

Agradecí tal gesto y salí hundiendo mis zapatos en la nieve. Había olvidado el tiempo y el día en que estábamos. Empezaste a castañetear los dientes. Tu mirada se encontraba errante observando cómo los copos de nieve descendían del cielo y chocaban contra tu frente; fundiéndose por el calor.

Llegamos a la Biblioteca. Siempre me había resultado curioso que permaneciese abierta aun cuando no había nadie. Extendí tu cuerpo sobre la mesa. Sacudí repetidas veces la manta para que dejara de estar húmeda y la volví a dejar sobre tu cuerpo. Empecé a pensar en la irresponsabilidad de mis actos. ¿Cómo me había dejado embaucar trayéndote aquí? Si morías, si algo te llegaba a suceder era culpa exclusivamente mía. Se suponía que debía cuidarte, protegerte de cualquier cosa, y no traerte a una muerte segura, guiado por tus súplicas. Pero reconozco que jamás he podido negarte nada.

—Mamá… —empezaste a repetir con la mirada nublada.

—¿Por qué aquí? —Esperé una respuesta.

Cesaron tus delirios e intentaste reincorporarte sobre la mesa—. Aquí está ella. —Tu mirada indagó por los pasillos que no estaban iluminados, como si en las sombras la vieses observándote—. Ella trabajó aquí, hace muchos años. —Bajaste de la mesa recuperando tus fuerzas—. Cada libro que toco… sé que ella lo cogió antes. A cada paso que doy, sé que ella lo recorrió antes. Aquí me siento bien porque ella está conmigo —susurraste.

—Ven. —Señalé el asiento de mi lado. Me preocupaba que de un momento a otro volvieras a desfallecer.

Sonreíste de manera dulce y obedeciste mi ruego. Pasé la manta por encima de tus hombros y te acurrucaste en mi hombro mientras seguías contándome su historia.

—Trabajó casi toda su vida archivando, redactando y colocando los libros, viejos y nuevos, perdidos y encontrados. Todo está como ella quería.

—¿Bibliotecaria?

—Era más que eso —susurraste.

—Era mi madre… la única persona que encontró una curación a su enfermedad, y lejos de usarla en su beneficio, la escondió en uno de estos libros.

—¿Por qué haría algo así? —Froté sus hombros.

—Por mí… quiso usarlo para mí. Pero ni para ella ni para mí la he podido encontrar.

Alcé la vista a través de la cantidad de pasillos oscuros que se abrían ante nosotros—. ¿Quieres decir que… en uno de estos libros, está tu salvación?

Asentiste con delicadeza. Un escalofrío invadió mi cuerpo ¿Cómo demonios lo conseguiría? Hay cientos de libros y tan poco tiempo. Entonces recordé tus palabras: No sabes lo que es ver como la vida del ser que más amas se desvanece bajo la impotencia de no poder hacer nada. Mentira, ahora sí lo sabía, y entendía tu ansia cada noche cuando escudriñabas cada libro. Siempre buscabas en los de medicina. Pero tal vez la respuesta no estaba allí.

—No importa —interrumpiste mis ideas—, la respuesta no es científica. No hay salvación para nosotras.

—Tiene que haberla.

—Era mentira.

—¿Cómo? —sonreíste.

—Ahora lo entiendo todo. No hay mejor salvación que la esperanza de poder conseguirlo, que la fe de poder lograrlo… esa es la verdadera razón por la que en los libros sólo hay palabras y paradigmas. Nadie sabe la respuesta, porque simplemente no se puede teorizar.

—Pero tú no… —No quería decirlo, no podía pronunciarlo.

—Yo al igual que ella, Javier; moriremos.

—Es Navidad. —Me aferré a lo único que podía; los milagros existen. No paraba de repetírmelo.

—Esa es la salvación —dibujaste una débil sonrisa.

—¿La Navidad? —No entendía a donde quería llegar.

—Cualquier cosa que te infunde esperanza. Celebramos los cumpleaños por el mismo motivo que celebramos la Navidad… Festejamos estar vivos un año que termina y deseamos seguir vivos para el siguiente. Esa es nuestra fe, nuestro deseo… nuestra salvación, ¿no te parece hermoso?

—Los milagros existen —repetí en mi cabeza.

—Cada uno es su propio milagro…

—Yo quiero ser el tuyo. —Besé tu cabeza. La fiebre había empañado tu pelo.

Suspiraste en mi regazo y antes de caer dormida susurraste mi nombre acompañado de unas palabras—. Perdóname, Javier,…por no cumplir tu deseo.

Desperté en el hospital. Maldije cien veces no estar en la Biblioteca contigo, con Marina, con… ¿Dónde estabas? Varios cables sujetaban mi cuerpo. Una enfermera entró en la habitación y corrió las cortinas. La cegadora luz del sol nubló mi visión.

—¿Cuánto he dormido? ¿Dónde está ella? —pregunté quitándome los cables adheridos a mi piel.

—No haga eso. —Volvió a fijarlos a mis venas—. Marina está en observación. Ha tenido suerte que superara la noche. Hoy es Navidad —sonrió.

¿Navidad? ¿Podía ser cierto que después de todo, los milagros sí existieran?

—¿Qué sala? He de verla. —Me apresuré a bajar mis pies descalzos sobre el suelo. Me hubiera llevado la máquina entera si la enfermera, desistiendo, no me ayuda con los cables y el suero.

—La ha de querer mucho.

—La amo —respondí automáticamente. Y era cierto. La verdad más grande que jamás había pronunciado. Subimos a la cuarta planta en ascensor. De haberlo sabido, me habría ahorrado grandes esfuerzos.

Estabas desayunando en la camilla, y parecías diferente. Algo pálida, pero tu sonrisa disipó mis preocupaciones—. Hola, Javier —me saludaste—. Él me salvó anoche —dijiste a la enfermera que acomodaba la camilla.

—El milagro de la Navidad —dijeron ambas enfermeras.

Sin embargo, antes de dejarnos solos, la enfermera de mi habitación tiró de mi brazo para decirme algo personal—. Un año. Los milagros no son eternos.

Dirigí el nudo de mi garganta y los ojos a la chica que ahora comía alegre mientras tarareaba una canción. Parecía tan recuperada que me negaba a despedirme algún día de aquella pureza.

Pero un año no es tiempo suficiente para impregnar una vida de sus recuerdos. Ni tan siquiera cien años bastarían para olvidarla. El tiempo, juez imparcial de la vida humana, rechazó la consideración de un segundo año prolongado. La que antaño había sido bibliotecaria, encontró, con razón, la solución a su problema. Pero ni el amor de una madre podía enfrentar tal naturaleza.

—¿Recuerdas cuándo me pediste perdón… por no cumplir mi deseo? En verdad lo cumpliste con creces, incluso antes de tu disculpa.

Javier se agachó sobre la piedra que rezaba el nombre de Marina, y depositó con cuidado unas flores al tiempo que besaba una pequeña tarjeta y la metía en su interior.

Gracias por dejarme formar parte de tus recuerdos.

Por: Crazovey (España)

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