A un amor dormido

El día que le pedí un favor a Emmanuel me pareció que había  más interés de su parte por hacerlo que de la mía por encargarlo. Teníamos algunos años de conocernos, coincidimos en la academia y eventualmente nos saludamos en los pasillos, pero socializamos poco.     El mandado se trataba de la búsqueda de un destino turístico para viajar con unas amigas. De un momento a otro se deshizo mi plan y olvidé por completo que lo había involucrado en eso hasta que él me abordó, me lo recordó y en lugar de deshacer el viaje me propuso retomarlo, juntos. Sin que me alarmara su idea, accedí, eran más las ganas de pasear que le resté importancia a la compañía, era como “hacer el bien sin mirar a quien”, y vivir la experiencia de escoger edecán por descarte.

Llegó el día escogido, así que emprendí una aparatosa travesía, empujada por la inercia de tomarme un descanso y de sostener la palabra empeñada, envuelta en un halo de indiferencia que bien podría ser mística y hoy en día antónima. El sol se encargó de salir y él de poner lo demás, y con ” lo demás” me refiero a equipaje, menaje de viaje, paisaje y sortilegio; porque logró poner mis ojos en un lugar donde jamás pensé ubicarlos: en él, quien hasta entonces sería una coincidencia que compartió conmigo un auditorio y llenó una silla vacía.

Una básica conversación en medio de un paradisíaco lugar, con el calor de vecino y arena blanca de testigo fueron los ingredientes para vivir un agradable y efímero rato a su lado, él quiso sobrarse en atenciones buscando la manera de que el sol no quemara y el agua no mojara para mí. Fue como si hubiéramos elegido una escueta privacidad para acompañar nuestras soledades, al tiempo que por una razón aún inexplicable se disparó, con exceso de literatura, mi corazón hacia él.

Emmanuel era la excepción a mis reglas, como si la afirmación “de esta agua no beberé” se hubiera hecho verbo para abofetearme por soberbia, por sentenciar con palabras un futuro al que un corazón débil como el mío no sobreviviría. Tal vez por eso me atrapó el sentimiento de manera insólita, disfrazado de paisaje, escondido en la cortesía de un acompañante, para que al verlo de frente no me asustara y sólo lo notara cuando me hubiera llegado al alma

Resultaría increíble que brotara de la nada algo complejo como el amor, es difícil de explicar que sucedió algo parecido al flechazo de Cupido y que se recreó para mí esa escena pintoresca en aquel lugar, así que cuidé de no demostrar mi reciente interés, pese a que a juzgar por los síntomas él padecía de lo mismo.

Cuando volvimos a la rutina tenía la cabeza atiborrada de preguntas y el humo de la duda me tapaba los ojos. Llegué a casa con la esperanza de pensar que lo que sentía era consecuencia de la atmósfera, por tanto desaparecería al desvanecerse el aire en el camino, pero no, era diferente al mareo de quienes viajan por carretera, el vértigo de los que se desplazan por aire y el nervio de quienes van por agua: me conquistó, tenía que decirme a mí misma sólo la verdad y llamar a las cosas por su nombre: un insólito sentimiento, atrevido, que no planeé y se me salió de las manos.

El amor vive dormido y son los ojos quienes se encargan de despertarlo, y por su negligencia puede nunca activarse. Para bien o para mal, como una picadura de insecto, que duele al contacto con la piel y que deja secuelas, retoñó absurdamente pronto un lindo sentimiento hacia él.

Nos volvimos a ver y entendí que amamos las cosas cuando las descubrimos, empecé a valorar la sola idea de coincidir, lamentando el tiempo perdido en el que me negué a la flexibilidad de quitar paradigmas. Me dediqué a analizarlo, como si viéndolo pudiera encapsular su presencia y a hacer reminiscencia mientras lo escuchaba hablar: si tan solo antes hubiera despertado esto en mí, en los tiempos en que lo veía todos los días, en que compartir no requería de misterio ni justificaciones inventadas sino el cumplimiento de un deber escolar, al menos hoy conocería su letra, algo tan básico y tan relegado, que no me propuse analizar cuando estuve tan cerca.

El corazón es una sala de urgencias, abierto las 24 horas del día  los 7 días de la semana, que logra picos altos de tráfico y momentos de estrés, de vida o muerte, cuando factores externos disparan hacia él. No he vuelto a ver a Emmanuel, y ha sido por mi culpa, le puse el freno al río cuando vi que era caudaloso. Este sentimiento tácito mora en mí expectante, con miedo de usarlo para no dañarlo, prefiero blindarlo en mi corazón del toxico mundo exterior que mata lo bello,  algo que nace como un vahído de viaje sin absurdas explicaciones ni pretensiones debe ser natural y virgen, merece letras y no dolor, vivir en el alma para que la inspire y en la memoria para recordar que siempre somos observados, cualquier cosa puede pasar, incluso cuando lo que en realidad planeabas deja de pasar.

Por: Mafe Piñeres (Colombia)

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4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. melbag123 dice:

    Muy bueno. Felicitaciones.

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  2. Cuando con un juego se daña al corazón…

    Le gusta a 1 persona

  3. Jhim dice:

    Todos en algún momento hemos sido Emmanueles

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