Los llamados sombras

La muchedumbre concurre en torno al puerto, allí donde comerciantes y ladrones aprovechan el tumulto para sus labores. Las mujeres pobres con sus hijos de la mano tropiezan con los hijos de las demás y buscan a través de las cabezas un poco de visión del mar.

A lo lejos y cada vez más cerca, se aproxima el viejo barco que partió de allí hace tres meses. Entonces las mujeres apenadas se aferran a las pequeñas manos que sujetan y reanudan la vuelta a casa; allí ya nada tienen que ver, pues esta nave no les devolverá a sus maridos. Sin embargo, es el turno de las damas de alta sociedad, de las ociosas damas que caminan entre abanicos de encaje perfumados, agitándolos cada vez más rápido según se acercan al puerto. Es la curiosidad la que les atrae. Movidas por un instinto de sospecha, intentan apretarse contra los fornidos hombres que impiden el paso. Pero no demasiado, pues el olor que desprenden es excesivamente fuerte para sus delicados sentidos.

El barco libera el ancla y suelta amarras. Dos sucios hombres con ropas desgastadas descienden una pequeña escalera que une el navío a la tierra. Se aseguran de que este quede fijo y no baile con los pasos que se acercan. Tres primeros hombres descienden por ellas, remarcando su superioridad por el sonido convincente de sus botas de cuero bien pulidas. Tras ellos, un hombre que parece joven o tal vez demasiado delgado, tira de una gruesa cuerda, y a su vez, cuarenta pasos a trompicones se avecinan sobre la escalinata.

Veinte hombres morenos, enmarañados y con la mirada perdida y cegada por la luz, pestañean continuamente asombrados por la claridad del atardecer, y una vez se han acostumbrado a ella, sus miradas se detienen en cada una de las muchachas que, ahora más que antes, agitan incansablemente los abanicos escondiendo su rubor, desagrado y proporcionándose dulces aromas que luchen contra el de los recién llegados.

Los hombres que apenas tienen calzado, si acaso los restos de un gruesa goma, se empujan y chocan unos contra otros, movidos por la imposibilidad de la concordancia al tener sus manos atadas a las del compañero por su espalda. Y así, en cadena, bajaban al empedrado del puerto. Tras ellos, otros dos hombres, más fornidos que los primeros, se aseguraban de que los veinte hubieran bajado como se esperaba de ellos. Hubiera faltado un bastón de mando que les guiase a la salida y solo entonces, mínimas o ninguna diferencia les distinguiría de los animales.

Los musculosos hombres del puerto que bien vestidos, de la corte, actuaban como límite protector para los ciudadanos y damas que examinaban a los nuevos, extendieron sus brazos y abrieron un camino entre el pueblo para que los veinte no se vieran en la tentación de huir; vana por otro lado. Los murmullos, rumores y miradas llenas de soberbia, alta dignidad y desprecio, se cernieron sobre aquellos hombres que caminaban cabizbajos como un rebaño. Hasta los niños que allí se aglutinaban veían con expectación y cierta gracia la desordenada marcha de los atados. Cuando alguno tropezaba con su compañero de delante, era motivo más que suficiente de burla y abucheo. No eran hombres exactamente; allí, en ese puerto, entrando a la ciudad, había tres clases de seres; los hombres libres y ciudadanos de bien, los hombres pobres y doblegados a la sociedad, y por último la escoria esclava.

Solo los ancianos pobres, que habían librado con suerte las batallas, callaban ante los insultos de los libres, y mordían su lengua reprimiendo las ganas de reproche hacia aquellos que ante hombres, se jactaban de ser más hombres. Pero, incluso para algunos pobres, aquellos veinte no eran hombres, solo la cercana sombra de lo que alguna vez fue un hombre. Y así, esta clase, callada, temerosa y dependiente, miraba con cierta condescendencia a los que arrastraban sus pies por los desiguales adoquines, pues nadie les aseguraba que en un futuro, no muy lejano, sus propios pies arrastrasen la cuerda atada a sus manos, y a las manos de su familia.

Todos sabían que aquellas sombras errantes jamás volverían a pisar un suelo firme como aquel. Ni siquiera mostraban interés en definir los rasgos faciales que se ocultaban tras una sucia capa de mugre. ¿Qué importaba saber si eran agraciados o deformes? Pronto olvidarían que otra vez, como cada año, las sombras esclavas atraviesan la ciudad para llegar a la cantera. Ni siquiera los perros agitaban la cola, entusiasmados, por nuevos desconocidos. ¿Qué importaba aquello? Nadie los volvería a ver, y aunque la clase libre viera en ellos herramientas andantes, los pobres sentían una leve amargura en su pecho, no exagerada, que les traía a la mente unos cuerpos delgados y desproporcionados, quejosos y fatigados, moribundos y olvidados. Solo esta clase, y los propios veinte, veían en cada paso uno más próximo a la muerte.

Por: Crazovey (España)

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