Fe

El tic tac de su reloj de muñeca apremiaba, recordándole que ya poco tiempo restaba para finalizar su misión. Le habían dicho que podría significar un mundo nuevo, que no importaba cuán grande fuera el óbice, debía sobreponerse por el bien común. Él había asentido firmemente, temblando de temor frente a la inconmensurable empresa que se le había destinado.

Le quemaba aquella Glock escondida en su cinto. Él no era militar, jamás había disparado un arma y considerar el mero hecho de tener que utilizarla le parecía absurdo. Notó que sus manos se habían empapado de sudor y pese a que su rostro parecía sereno, su estómago se balanceaba vertiginosamente por los nervios.

Era un trabajo sencillo, sólo tenía que entrar a una sala vigilada por hombres del gobierno y extraer cierta información con sus dotes naturales para la informática. Lo había hecho cientos de veces antes, pero no a este nivel, no arriesgando su vida.  Llegó a aquella sala custodiada por dos grandes soldados, cargando sendos fusiles. Enseñó su acreditación y ambos le dedicaron una sonrisa agradable, cediéndole paso. Dentro todo era bullicio: hombres y mujeres con acreditaciones iban de un lado al otro, concentrados en el trabajo que les había tocado cumplir, sabiendo la importancia que contenía aquel estudio. Alguien le indicó el puesto que debía cubrir, como no, referente a la tecnología informática que desarrollaba los datos del estudio. En ese momento comenzaba su trabajo; debía cumplir con las directrices que se le marcaban en aquella sala, mientras extraía toda la información posible a un pequeño dispositivo portátil casi indetectable que audazmente había instaurado bajo la mesa. Ambas tareas eran lentas y complejas, lo que le hizo evadirse de aquella sala y centrarse en hacer lo que se le había ordenado.

Pasó el tiempo y aquella estancia comenzó a acoger cada vez a menos personas, hasta el punto de poder contarlas con una mano. Empezó a oír murmullos a su espalda, pero no le dio importancia, él sólo estaba haciendo su trabajo. Ellos no podían saber qué estaba haciendo, era imposible. De repente se quedó sólo en la habitación, ya le quedaba muy poco para terminar, tenía que aguantar un poco más.

Los gorilas de la puerta se acercaron con cautela y le pidieron, por favor, se alejara inmediatamente de la computadora que estaba manipulando. No lo podía creer, no podía haber sido descubierto faltándole tan poco, no podía fallar en algo tan importante. Un sonido procedente del aparato electrónico le hizo saber que ya tenía todo lo que necesitaba, ahora sólo debía de salir de allí. Él creía en lo que estaba haciendo, sin saber si aquello era malo o bueno, pero no dudó. Buscó en su cinto, ávido y raudo. Entonces un flash. Dolor a borbotones. Otro flash.

Fundido en negro.

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Al día siguiente se encontró una nota en la mesita de noche de aquel gran valiente. Rezaba así: “Si alguien logra leer esto es porque mi fe fue más grande que mi prudencia. Nadie nace libre pero ¿quién está dispuesto a morir por la libertad?”

Por: Jimmy García Ferrer (España)

twitter.com/jimmytrv


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