Flor del desierto

Para Eli

A veces parece que la vida no te ofrece muchas opciones, que todo está cubierto por una traslúcida piel gris, que incluso tus placeres más propios resultan fríos e impersonales; las fotos parecen escenarios vacíos y muertos, las letras yacen silenciosas en medio de las páginas…callan los secretos que antes te susurraban, la alegría se escurre de tus momentos como ceniza atropellada por el viento. Tus pensamientos flotan en tu mente como nadando en un mar de lodo, sus cuerpecitos desgualangados, flácidos.

Entonces… solo cuando te has cansado de esperar otra mala noticia, la descubres a ella, la flor del desierto. De su delicada visión no hay una sola descripción, de ella cuentan tantas historias como  personas hay en la tierra; un corazón, una flor. Solo sabes que llega cuando no te lo esperas, cuando te has resignado a aceptar lo que venga. Se puede decir que para encontrarla, debes dejar de buscarla.

Suena irónico, “rendirse para ganar”. A veces las cosas no son como esperas que sean, como crees que deben ser. Parece que mientras más niegas aquello que no quieres, más lo recibes, como una especie de humor negro del universo. De repente, te quiebras, quedas a la deriva, esperando que suceda algo, escuchando el vacío.

Entonces, cuando haz desechado las expectativas… “algo” pasa. El trabajo de “algo” es  llegar cuando estas soltando las últimas burbujas en un mar oscuro. Y, aunque es un trabajo maravilloso, bien remunerado, cesantías, seguro de vida, etcétera, etcétera, no es envidiable. Verás, a veces hay personas muy hundidas, el pobre tiene que mantener un físico despampanante para alcanzarlos en medio de esa espesa capa de negrura. Ah, y no falta el rebelde sin causa que se hace el mártir y dice: “no me salven, ya no tiene caso…” y bla, bla, bla, toda esa cháchara existencialista. Entonces, “algo” se ve obligado a salvar al dichoso personaje de sí mismo; un-dos golpecitos en la nuca y el buen hombre se vuelve más dócil y se deja hacer.

Como decía… “algo” sucede y empiezas a ver más allá de lo que tus pensamientos, aquellos cuerpos desgualangados, quieren que veas. Entonces vuelves a comprender cuál es la diferencia entre hoy y ayer. Encuentras tu flor, la fragancia que enciende tus sentidos.

Al final del viaje, te das cuenta que la vida solo es un espejo, dependiendo de la llama con que la ilumines puede convertirse en el cielo o el infierno. Eres como una antorcha viviente, tan llenas de llameantes sensaciones, de fuegos un tanto coléricos, impacientes. Es el color de ese fuego el que le da sentido, forma, nombre y color al mundo. Eres la flor del desierto, tu llama a veces cálida, a veces pálida, puede pintar un jardín sin fin o un desierto fatal. De ti, y solamente de ti, depende vivir en el cielo o en el infierno, ilumina el mundo con la luz que quieres ver en él.

Por: Krieger (Colombia)

plumapicante.wordpress.com


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