Polillas suicidas

La vida misma, tal como la concebimos, ha sido moldeada para el sufrimiento. Todo ser viviente que camine, vuele o nade está condenado a sufrir, y eso no es lo malo, depende de nuestro objetivo y nuestra perspectiva, ese sufrimiento puede causarte placer.

Ahí estaba, la oscuridad lo cubría todo. A lo lejos se veían unas juguetonas luces bailando entre sí. Se prendían y apagaban. Solo se escuchaban nuestras voces.

El manto de tiniebla que nos rodeaba empezó a pellizcar nuestras conciencias. Decidimos encender una fogata.

Fue ahí cuando la noche salió casi huyendo de nuestras pupilas para dar paso a la tenue claridad que empezó a alojarse en nuestra piel. En ese preciso momento descubrimos un sinnúmero de insectos volando a nuestro alrededor, entre ellos polillas.  Así fue como descubrí el placer del dolor. Una tras otra, las polillas empezaron a echarse a la llama viva como un ritual, como una bella danza de carcomas eufóricas, como un sacrificio a su amor eterno. Las polillas no paraban de arrojarse en picada a su trágico final.

Somos seres de instintos básicos destinados a seguir la luz de nuestro destino, y aunque resulte doloroso siempre será satisfactorio. Algo así como aquellas polillas suicidas.

Por: Ernesto SG (Ecuador)

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