Adalberto

El termo está en el piso, a los pies de la puerta. Tiene pegado un pedazo de papel escrito con letra grande e insegura que dice:

“Chicos, muchas gracias por el termo. Fue de gran valor como siempre. Los bendigo,

                                                                                                                                         Dios”

Lo miro al Cordobés y sonreímos. Nuestro Dios se llama Adalberto, un hombre alto y grandote. De barba tupida, gris, desprolija y larga como sus pelos de la cabeza. Vive en la calle a unas cuadras. Día por medio nos pide prestado el termo y algo de yerba. Siempre se acerca en silencio y espera sin pasar. Desde la primera vez que vino se nos presentó como Dios. Nos explicó que solo ocupa el cuerpo de Adalberto por un tiempo para experimentar en carne propia lo que es la pobreza.

 – Cordobés, ¿cómo va el tema de la biblioteca popular? – grito desde la cocina mientras arranco a preparar el mate.

– Hoy vienen unos vecinos a donar más libros. También, capaz venga el viejo, Roberto, quiere donarnos una computadora. Si eso pasa sería algo fenomenal.

El disco de Ska-P empieza  sonar a todo volumen: ” Cada día me revientan más las putas leyes religiosas, su conducta moral su mejor remedio al SIDA es la virginidad” canta Pulpul con voz aguda y penetrante.

– Pará, pará, ¿otra vez ese disco? Dejate de joder Córdoba, lo escuchamos veinte veces al día. Te voy a traer algo de Pappo, vas a ver.

– Tenes razón, pero es lo único que tenemos. Si traes el de Pappo, no me quejo – El Cordobés me mira mientras se rasca la barba. Es un tipo inteligente, testarudo pero inteligente. Sabe lo que quiere y yo lo sigo porque estoy convencido de lo mismo que él quiere: justicia social. Ni más ni menos. Con  veinte años ¿Qué más podemos querer?

– Che, ¿y la red de inquilinos? – le alcanzo un mate.

– Viene más lenta pero la vamos a armar. Hoy me junto con los abogados y mañana vienen los pibes a ayudar para resistir un desalojo.

– Uh, que macana che. ¿A quién quieren rajar? — se me hace un nudo en la garganta. ¿Cómo es posible que haya departamentos vacíos y personas que son desalojadas de sus casas?, pienso.

– A María, la señora que trabajaba en la fábrica y la rajaron hace poco.

– No me digas, qué mierda. Dale, mañana vamos entonces  – digo y de pronto miro a nuestro alrededor y me sorprendo porque veo algo de lo que no me había percatado antes: la mayoría de las paredes tienen pintado una franja roja y en algunas partes las siglas del Partido Comunista

– Che, Córdoba, esto hay que cambiarlo. Pintarlo de azul…no sé. Todo bien con el comunismo, pero nosotros somos peronistas.

-Sí Mono, ya sé. No te preocupes, en cuanto lo consiga cuelgo el cuadro de Néstor y pintamos todo de celeste y blanco —  se prende un pucho. El primero de los veinte que se fuma por día.

– Pero el nombre se lo dejamos, “Salvador Allende” me gusta. Me parece que atrae a los vecinos, convoca a ser solidarios.

– Sí, el nombre sí. No estaba en los planes cambiarlo.  Ahora, ayudame con estas tablas, vamos a correrlas para allá. Tenemos que armar el ropero solidario.

Dejamos el mate y nos ponemos a trabajar hasta que el día se apaga. Nos despedimos con un abrazo, el estomago vacío y la cabeza llena de proyectos. En el camino una voz grave y débil me sorprende desde las sombras.

– Hijo, me robaron todo — es nuestro Dios, Adalberto. Está sentado, recostado sobre la pared. Tiene una mirada triste, desganada. El cuerpo alargado se dobla como una espiga de trigo húmeda. Respira con dificultad. El pecho se mueve hacia arriba y abajo con una velocidad abrumadora.

-¿Qué le robaron?—  me siento a su lado.

-Las frazadas y los remedios – me dice desde su barba. Tiene la mirada clavada más allá de la realidad inmediata, los ojos estan apagados. La calle se me hace inmensa y pesada.

-Mire, hagamos esto: mañana se viene al local y vemos cómo podemos ayudarlo. Lo acompañamos al hospital, pedimos los remedios en algún lugar. Alguien nos  va a ayudar. En el local tenemos… — me interrumpe con un bufido

– Bah, no entendés nada vos. No son remedios comunes. Van con receta y hay que pedirlos. No tengo tiempo de conseguir otros – suspira y continúa —  esto es así, no hay vuelta que darle: a veces los cuerpos no resisten ser Dios – una serie convulsiones lo obligan a escupir sangre. Lo miro y veo en sus ojos desesperación. Así que no lo pienso, me levanto y freno a un taxi. Al subir el chófer nos mira con desprecio pero no dice nada. Lleva bigotes, es pelado y en su mirada solo refleja hastío. Fuma como un endemoniado llenando de humo todo el auto. Adalberto comienza a toser compulsivamente otra vez.

– Si ese viejo vomita te cago a palos, pendejo – no se saca el pucho para hablar. Solo lo sostiene a un costado.

– No se preocupe. No va a pasar nada si nos lleva rápido — lo miro con furia.

El tipo levanta los hombros y acelera. Yo trato de no pensar en nada. La ciudad se convierte en un túnel.  Adalberto me agarra fuerte la mano. La siento fría y áspera, como si fuera solo huesos sin piel ni sangre.

Llegamos y  tengo que decir la verdad.

–  Mire, jefe, el asunto es que no tengo plata. Es una emergencia y necesitaba que nos traiga.

El chofer me mira con ojos de loco enfurecido pero antes de que diga algo, Adalberto se adelanta:

–  Señor, mire, le explico: yo soy Dios y le imploro que sepa comprender. Usted será recompensado y sus descendientes y los descendientes de sus descendientes.

Ante esta declaración el chofer lo mira a el, luego a mi y sin mediar palabra saca un bate de madera de no sé dónde y empieza a pegarnos.

–  ¡Hijo de puta! ¡Pendejo mal parido, vos me vas a pagar chorrito de cuarta! ¿Quién te crees que sos? ¡Vos y ese loco de mierda que dice que es Dios me van a pagar con sangre de ser necesario!  – Me pega con odio. Siento que la cabeza y las costillas me estallan ante cada embestida. Como puedo abro la puerta y  Adalberto logra escurrirse para pedir ayuda. El tipo sale del auto y me arrastra a la calle para darme patadas y mas golpes. De pronto, en medio de la golpiza siento como la sangre empieza a recorrer mi cara, la siento tibia. “Qué loco” pienso, “Yo sangro por afuera y Dios por adentro”. Me desmayo.

Al rato estoy afuera con cinco puntos en la cabeza, dos dientes menos, una costilla quebrada y tres dedos partidos. Pero nada me duele ya. El aire es espeso, la humedad casi que no me deja respirar. Las palabras del médico se meten en mí y van haciendo su trabajo poco a poco. Abren un agujerito en el medio del pecho, como si fueran un gusano que me va comiendo por dentro hasta dejar todo vacío y negro. Primero en forma de punta entra “cáncer”, detrás de ella se mete la frase “estado avanzado” y mas atrás como un espiral de acero “irreversible”. Las dejo hacer porque no tengo fuerzas para resistirme. La calle grita un silencio espantoso, profundo y frío que se me mete en el estómago. Vomito sangre y bilis con dolor y asco.

Me alejo del hospital despacio. Tengo que dormir, mañana hay mucho para hacer.

Dios ya no está pero nosotros sí.

Por:  Isaias M. Creig (Argentina)

lacolumnadelarquero.blogspot.com.ar


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