Cuentos Escritores de Letras & Poesía Isaias M. Creig (Argentina)

La mesa de Conan

Todo comenzó cuando se apareció con unas maderas gigantes. “Lapacho, esto dura más de cien años” dijo mientras las descargaba de la camioneta. Siempre se las arregló para estar trabajando en algún proyecto creativo en el que mezclaba fierros, campo y fuerza, mucha fuerza. Tal vez por esto yo lo veo como una especie de Conan el Bárbaro: rodeado de sol, tierra, esfuerzo y lucha.

La vez del lapacho era enero, una tarde de mucho calor. Dejó las maderas sobre el  césped de uno de los patios de mi casa y se metió a “tomar unos mates”. Lo vi entrar y saludar a mi vieja mientras se sacaba de la cabeza su gorra gastada con manchas de gas oil. “Mañana me pongo a armarla”, dijo mientras se tomaba el primero.

Al día siguiente el calor era arrasador. Yo estaba sobre el borde de la pileta, era media tarde y él salió desde la cocina. Armó un par de caballetes y con una fuerza descomunal colocó el pedazo de lapacho sobre los mismos. Me incorporé para ver aquella epopeya. Ahí estaba el Conan de mi familia armando algo descomunal y bestial, en medio de las llamas abrasadoras del verano, bajo aquel sol gigante y ardiente. No utilizó ningún cincel ni nada parecido ni cercano a la sutileza del artista convencional, todo lo contrario: tomó una motosierra enorme, capaz de desmontar bosques enteros, y comenzó a dar forma a la madera. El polvillo se esparció por toda la casa y más allá. Conan desapareció por unos instantes bajo aquella niebla marrón que se nos metía a través de las fosas nasales sin dejarnos respirar. El ruido era fulminante: un chillido rasposo y penetrante que hacía temblar las paredes de todos los vecinos. A pesar de todo aquel hombre no se detenía ni por un instante. “¡Uuuff que polvillo está haciendo este hombre!” dijo mi vieja al salir y ver tremenda batalla librada por parte de la humanidad contra el lapacho. Mientras, yo seguía todo desde una posición alejada y refrescante, tocando el agua con mi dedo gordo del pie. De pronto apagó la motosierra y mientras el polvillo se dispersaba su figura se recortó en el sol cual héroe librando una mas de sus batallas. Tomó el taladro, que en sus manos parecía un juguete para un nene de cinco años, y empezó a perforar uno de los extremos del pedazo de madera. Ahí fue cuando pensé que esa batalla estaba perdida, aquel taladrito al lado de semejante monumento al lapacho parecía un insecto sobrevolando las fauces de un dragón. Me equivoqué, Conan no solo logró hacer los agujeros correspondientes sino que hizo un par de más “por las dudas”.

La tarde comenzó a caer y cuando el sol ya se despedía bajo nuestro tapial (única creación llevada a cabo por albañiles), nos llamó a todos y dijo orgullosamente “Qué mesita me hice eh”. La palabra “mesita” era inversamente proporcional al objeto en cuestión. Dos metros de largo del lapacho más duro y pesado de la región, sostenido por sendas patas, también de lapacho.  La mesa de jardín ya estaba lista para acompañar al banco, otra de sus grandes creaciones, con respaldar movible debido a la falta de dos tornillos adicionales. “Vení Sentencio, ayudame a llevarla a donde está el banquito” me dijo señalando hacia un punto muy lejano del patio. Y ahí fui, con mis ojotas y mis manos de hombre de ciudad, blancas, sin rasguños, débiles. Tomé de uno de los extremos mientras que Conan hizo lo mismo desde el otro. “Va eh: uno, dos, tres…ddddalllle” Dijo haciendo justo el esfuerzo en la “D” y la “L”. Sentí mis brazos retorcerse, mi pecho se estremeció y todo mi cuerpo se tensionó de tal forma que creí que estaba sufriendo calambres simultáneos. Sin embargo, a pesar de mis años de vida urbana, rescaté de mi interior aquellos días quebrando troncos con el hacha vikinga del propio Conan, una herramienta forjada íntegramente en hierro, pesada y resbalosa. “Vas a sacar espalda”  me decía la vieja como para darle un sentido positivo a mi esfuerzo durante aquel duro invierno.

Así fue como paso a paso comenzamos a trasladar aquel monumento a las mesas. Conan caminaba como si nada, era una más de sus creaciones  y por lo tanto la había diseñado a imagen y semejanza de su fuerza. Yo, por el contrario, luchaba hasta con mis ojos. “Descansemos” le dije casi muriendo en mi vigésimo paso. Mi vieja nos trajo unos mates, “Qué linda va a quedar ahí” dijo mientras miraba hacia el árbol. “Si, la vamos a estrenar con el cordero asado para fin de año” respondió Conan. Continuamos. Tratando de darme aliento imaginé que así de pesada podría haber sido la cruz de Cristo y aquello era una representación a medias de su vía crucis. La recompensa sería el cielo ¿O la muerte? A esa altura ya estaba delirando.

Luego de dos horas llegamos. ¡Al fin llegamos! Veinte metros en dos horas. Un viaje épico, un suceso histórico. La mesa más grande del pueblo, de la región y me animo a decir: ¡del mundo! Estaba en nuestro patio. Nos sentamos en el banco a descansar. Mientras me recuperaba lo observé: estaba de perfil, mirando hacia algún horizonte inexistente  mientras miles de gotas de transpiración recorrían  su rostro. “ Walter, se me ocurrió que podrías hacer unas sillitas también ¿no?… ¿Vos que decís? preguntó mi vieja caminando hacia nosotros. Conan la miró un rato, suspiró y dijo “Si, podría ser. Vos sabes que en el campo hay algo que podría servirme…..”. Los dejé solos. La noche caía sin estridencias mientras yo me alejaba de ahí, pensando que nadie en este mundo es capaz de tamaña destreza.

Hoy cuando la gente me pregunta quien soy les respondo que soy el hijo de Conan pero no me creen hasta que los llevo a mi casa y les muestro la mesa de lapacho, una madera que dura más de cien años.

Por:  Isaias M. Creig (Argentina)

lacolumnadelarquero.blogspot.com.ar


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