Secreto

Una mañana lluviosa no pude salir a descanso. La plana que la profesora había determinado en la pizarra estaba mal hecha en mi cuaderno de tareas.  (Nadie puede imaginar la frustración que se siente ser privado de jugar durante la única media hora en la que no hay reglas). Así que tuve que volver, cerrar los ojos, situar mi cuaderno de páginas de bordes doblados sobre mi pupitre, y reemprender de nuevo mi meta. La profesora, antes de salir riendo con las demás profesoras, firmó una hoja y, dejando la puerta abierta del salón, me sujetó con una cadena invisible para que cumpliera mi condena.

No quería llorar, lo sé, tenía mi orgullo, y mucho menos frente a los otros niños que como reclusos también cumplían la sentencia.

Sin embargo, las primeras gotas mojaron tempranas los renglones sucios por donde intentaba alinear bolitas y palitos que debía repetir hasta completar la página y, creo, enderezar mi letra, afirmar mi pulso y preparar mi futura escritura. No sería escritor, decía la maestra, pero al menos llegaría a escribirle una carta legible a mi novia. Así, sin entender muy bien las palabras que llegaban a mi oído en el aire saturado de los gritos desbordantes de mis compañeros de escuela, imitaba torpe el trazo perfecto de las líneas y los círculos que con destreza había dejado en la pizarra la profesora antes salir; mi mano pálida subía y bajaba o se curvaba hasta redondear los vértices de grafito sobre mi cuaderno de tareas.

En esas vi entrar a Susanita al salón de clase. Me puse tan nervioso que hasta casi le rompo la punta al lápiz y hago un agujero en la hoja del cuaderno.

Susanita tenía la nariz respingada y la letra inmejorable para realizar las planas o escribir con tiza en la pizarra. Su piel era bella y blanca. Sus ojos eran dos noches estrelladas.  Era como los ángeles. Yo nunca había visto un ángel, desde luego, pero lo imaginaba igual que Susanita a quien todos querían como  luz.

Ella siempre se conservaba rozagante y bien peinada, incluso hasta en la hora de salida de la escuela, sin que importara la lluvia o la fatiga en clase de Educación Física. Susanita parecía de otro mundo. Siempre alegre, sencilla, buena alumna, generosa, sociable y graciosa. Nos hacía reír con sus ocurrencias sobre las aves de una sola ala o sobre las mariposas de pompas de jabón que salían de sus sueños para limpiar la casa donde vivía con sus abuelos.

Pero esa misma mañana que no salí a descanso, Susanita Pérez flotó en el aire mientras arreciaban los disparos sobre los niños, y con su cálida luz me explicó las lecciones que nunca pude comprender y, luego, rectificó mis garabatos; acaso ardía mi corazón al  habitarme ella: Habló dentro de mi corazón como solo los místicos saben hacerlo, hablaba con amor sobre los números enteros y las fracciones decimales que jamás poetizaré, y me condenaba cíclicamente a la escritura ininteligible del agua, sí, a esa edad en que yo no era más sino un polluelo caído que amaba demasiado.

Hoy, años después, lejos de mi patria, aún viviendo esa mezcla malsana de la fragancia nímbica de aquella afortunada visión angélica de infancia y violencia, no sé explicar con ningún razonamiento el milagro de Susanita Pérez, al contrario, mantengo en secreto mis recuerdos porque nadie sabrá que viví con un ángel que amaba en medio del odio de la guerra; nadie sabrá que Susanita Pérez me visitó todas las tardes después de su muerte para explicarme las lecciones que yo no entendía en la escuela; el secreto murió conmigo esa mañana lluviosa en que la guerra nos arrebató con furia en medio de una balacera, Susanita es inmortal en mi corazón de tierra lleno de la luz de su tersura.

Por: Elías Ruth (Colombia)

esquinasazules.blogspot.com.co


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Un comentario Agrega el tuyo

  1. muy bueno pero dolió el final gracia por compartir

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