Frío

—Qué frío que hace, me estoy congelando —digo y miro hacia el horizonte mientras siento como pequeñas gotas de mar helado me pegan en la cara.

—Sí, hace frío pero viste que con el mar en frente es como que no lo sufrís —me dice Magda, con los brazos cruzados sobre su pecho y el gorro de la campera sobre su cabeza. Tiene razón: con el mar es otra cosa.

—¿Le escribiste a Ruth? ¿Qué carajo están haciendo que no vienen?

—Sí, ya le escribí. Están viniendo. Lo que pasó fue que se había olvidado el celular.

—Qué mujer, no cambia más. ¿Y Paz, viene con ella?

—Sí. Me dijo que venían las dos juntas.

Desde la escollera el mar se ve furioso. Bajo nuestros pies los dientes de sus olas muerden la piedra y escupen violentamente su ira. El cielo esta gris plateado. El viento zumba en nuestros oídos y nos hace tiritar. Miro hacia la ciudad, Mar del Plata se ve tan linda desde acá. Entonces las veo bajar, a lo lejos. Acomodo mis lentes para certificar y sí: son ellas.

—Allá vienen —le digo a Magda señalando.

—Sí, inconfundibles. A Ruth parece que la va a volar el viento.

—Todavía no sabemos. Hasta que no llegue acá no voy a estar seguro de que no se voló. —Magda se ríe. Tiene los ojos más negros que de costumbre y las cejas más espesas. Yo seguro estoy más viejo y cansado pero no quiero darme cuenta.

—¿A vos no te dan ganas de tirarte en el medio de esas olas?

—Sí, pero también me da cagazo.

—¡Sí! ¡Me pasa lo mismo! —dice Magda entre risas. No me sorprende que coincidamos en lo que sentimos. Siempre fue así.

—¡Uf, que frío de mierda! —Ruth habla por debajo de una gran bufanda, está tan abrigada que casi ni se le ven los ojos. Paz aparece detrás, callada y riéndose. Con esos ojos grandes y expresivos. Cuando era chica hablaba por los ojos, ahora también.

—Bueno che, es pleno invierno y estamos al lado del mar, ¿qué esperabas? ¿Trajiste la caja?

—Sí, acá está —dice mientras la saca de la mochila y agrega— Qué hincha mamá, eh. Mirá que había lugares y fechas. Siempre queriendo destacarse.

Ella nos pidió que sea en invierno. Y de ser posible con un mar furioso porque esas son las olas más importantes. Nos dijo que las olas de un mar tormentoso son las más auténticas porque es en las tormentas donde el mar se muestra en su plenitud.

—¿Cómo estas, Paz? —le pregunto a sus ojos.

—Bien. Tranqui. —Me sonríe con la mirada.

—Che, Sentencio, me estoy recagando de frío. ¿Podemos terminar de una vez? Se me enfrían las tetas. —Ruth nuevamente como toda la vida: provoca las carcajadas de Paz.

—Negra, aguantaste tantos retos de mamá, que te aguantes esto no es nada —le digo y miro a Magda— Gorda, ¿trajiste la carta?

—Sí, acá esta. —La saca del bolsillo. El viento helado nos pega de lleno, lo podemos sentir bien adentro, casi en el alma.

—Bueno, vengan. Vamos a ponernos mirando al mar. Magda, arrancá con eso. Mientras Paz, Ruth y yo nos encargamos de esto otro.

—Dale —dice Magda que abre el papel y empieza a leer nuestras palabras de despedida, pero no escucho nada o bien: no quiero escuchar. Ruth acerca la caja al borde y con Paz le ayudamos a abrirla. Entonces el mar, como si hubiese estado esperando, abre su boca de algas. Miro hacia el agua y creo vernos reflejados. Ya no siento frío. Recuerdo que una vez mamá nos contó que su papá, cuando se murió se transformó en una lechuza. Por ahí es verdad. Por ahí ahora ella también es una lechuza. La caja se abre y las cenizas se van, se mezclan en el viento y luego los dientes de las furiosas olas las atrapan. Ahí quedamos, en silencio, mirando sin ver pero viendo.

—Bueno, vamos —digo.

—Uh, ¡la puta! Creo que me entró ceniza en el ojo —dice Ruth refregándose la cara con la mano enguantada.

—Ay Ruth, sos tremenda. —Magda la mira riéndose y todos la seguimos en su sonrisa.

—Bueno, ¡qué querés que haga, gorda! ¡Es el viento de mierda este! ¡A mamá se le ocurre cada cosa!

—Cuando lleguemos te pones unas gotas y listo. —La abrazo como cuando era chiquita.

—Sentencio, para vos ¿qué es la muerte?

—No sé, Paz, pienso que por ahí es una especie de ausencia presente. Pero no estoy seguro.

—Yo no sé lo que es, pero de algo estoy segura: dura menos que la vida —habla mirando hacia algún punto invisible, más allá de la realidad inmediata. Sonrío porque por primera vez veo a mi hermana menor como una mujer adulta. No decimos nada más, solo le damos la espalda al mar y volvemos.

Por:  Isaias M. Creig (Argentina)

lacolumnadelarquero.blogspot.com.ar


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