Escritores de Letras & Poesía rarovar (Venezuela) Relatos

De extraño a extraño

Lea con atención estas líneas, por favor, no desista del acto, parpadee al menos catorce veces, respire consecuentemente como de costumbre, pero lea diferente a como lee a veces. No le pido más que guarde una discreta compostura, se acomode y siga leyendo, más nada. Si está usted en público, finja una inexorable concentración como si estuviese leyendo un cuento fantástico del más allá (o una novela en PDF), así nadie se dará cuenta de lo que estaré a punto de confiarle. Pero, debe usted llegar hasta aquí y dejar de leer de inmediato hasta que se encuentre en plena y total soledad, vaya, le doy un chance. Permítame adivinar: se encuentra sumergiéndose en su propio mar de confusión y lo intriga demasiado continuar con esto sin parar. Aunque sienta a penas un aire de confusión dentro de toda esta cuestión.

Ambos somos dos extraños, ni usted sabe de mí, ni yo menos de usted. Quizás está leyéndome desde su cama propia, prestada o alquilada. Desde su departamento, casa, mansión o rancho. Quizás desde un sofá marrón, rojo, verde, negro, qué se yo. Quizás esperando un vuelo en un aeropuerto de alguna ciudad que justo acabó de visitar y saltará a otra en un rato, o quizás en pleno avión ya por encima de las nubes, a unos treinta y siete mil pies de la tierra inmunda, viéndola por la ventana desde las alturas y el sol pegándole en el iris. Quizás, tal vez, desde una plaza pública con un montón de gente paseando a sus perros, corriendo con precaución sobre el asfalto roseado por la lluvia de madrugada, riendo con pedazos de comida entre los dientes, adolescentes besuqueándose dentro de su experticia barata que creen conseguir sobre el amor, señores con barba vendiendo collares raros, niños comiendo helados en el suelo, señoras chismeando acerca de la vida de los demás vecinos, señores jugando dominó como rutina, vagabundos tirados en el suelo cochino siendo cochinos hasta morir. Quizás desde algún vagón en pleno metro, o dentro de un bus sin aire acondicionado y con todos los asientos ocupados. Quizás sea de noche o de noche y media en donde se encuentra usted ahora, o puede ser que sea de mañana o mediodía, o de tarde a la hora del café, del cigarrillo, o del té. Quizás sea usted una señorita con senos grandes, o pequeños, pero con pezones tan bellos como los de la virgen María o Manuelita Sáenz. Puede que no tenga senos, que más bien sea un viejo amargado y calvo, o un muchacho que lee por pasión esta tan malísima mala prosa que ya se gasta mucho al ser compartida por la red. En fin, hay muchas posibilidades, amigo (o amiga), si me permite llamarle así. La verdad es que no interesa quién sea usted, pues tampoco debe importarle mucho quién sea (o no sea) yo.

Dejémonos de rodeos, se lo digo así: nada de formalidades en lo que a mi concierne. Deje de vacilar y acérquese más, sienta, huela y mire de cerca estas palabras, aunque lo deje ciego o perturbado por su hipermetropía que aún no sabe que padece, aunque deje de abrir por un momento el mensaje que tanto estaba esperando de ese alguien que se tarda en contestarle. Porque debe creerme lo que le voy a confiar, pues usted, y nada más que usted, es la persona indicada para el procedimiento. Présteme atención: ahora mismo, en este instante, yo estoy existiendo, viviendo, y siendo lo que soy. Este conjunto de palabras conjugadas, descriptivas, narrativas, específicas en un lenguaje, ya, en cambio, existe solo para quien las lee. Tengo un nombre que debe usted saber cuál es, tengo un historial, un currículum, un registro, una documentación, una partida de nacimiento, una fecha de vencimiento como todos los mortales, un pasaporte, una cédula, una mamá, una novia, una cara, una prosa, una personalidad, una voz, una dirección, un carácter, un cierto sentido del humor o malhumor mejor dicho, un pensar distinto del resto, un alma, una vida, un pene, un par de bolas puestas, y una coraza a punto de romperse. He llegado a la conclusión de que debo dejar de morir viviendo y empezar a vivir más. Porque ya me enteré, lo vi con mis propios ojos. Ésta será mi penúltima vida humana. ¿La última? Inmunda, puerca, infernal y asesina. Seré un ser despreciable porque naceré en el desprecio mismo, aunque no formaré parte de esta raza (y eso me tranquiliza). En la otra seré un gato mezquino y glotón de ojos verdes que juega con alambres y se muere a la séptima vida. En la siguiente, después de esa, seré un simple guayabo al que cortarán sin previo aviso, así nada más; admito que no sé si dolerá. De modo que entiéndame usted, aunque le parezca esto una ficción, pues no quisiera vivir mi última vida próspera ahogado con aires de rencores, remordimientos, malestares, tristezas, penas, inseguridades, faltas, temores, melancolías, vergüenzas, y todo eso a lo que matamos con la maldita frase: así es la vida..

Debe entonces pensar que estoy jodidamente loco, pero no del todo, créame. Dejo la complicada tarea en sus manos de que me busque, solo así sabré que aunque sea alguien descifró el mensaje encubierto. Y cuando por fin me encuentre, lo único que tiene que hacer al estar enfrente de mi es no pedir ayuda, ni llamar a la policía, no sea estúpido (o estúpida).

Y, en serio, por nada del mundo vaya a comentar ni una sola palabra de estas a nadie en lo absoluto. Por respeto a un extraño, será nuestro secreto. De extraño a extraño.

Por: rarovar (Venezuela)

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