Escritores de Letras & Poesía Isaias M. Creig (Argentina)

MAYÚSCULAS – 17/05/2013

El méDico con movimientos mecánicos entró a la celda. El viejo estaba en calzoncillos sentado sobre el catre, mostrando toda su delgadez gris y arrugada. El vientre flácido y caído, el pecho cargado de pecas marrones y por las piernas la sangre corría en pequeñOs ríos violáceos que parecían salírsele de la piel. Sus manos parecían garras huesudas ya sin uñas y sus pies poseían sendos callos producto de haber usado durante años botas de uN cuero duro. Era el fiel reflejo de la no existencia. La celda estaba algo fría, el piso cargaDo de una humedad densa y resbalosa. El silencio se interrumpía de a ratos por alguna risa sonora de parte de los carceleros. El medico abrió su portafolio y sacó el estetoscopio. El viejo lo miraba sin ver, su mirada era oscura al igual que las sombras que torneaban su rostro impávido. Nunca había imaginado terminar en un lugar así, ni en sus más remotos sueños. En una época fue poderoso. Ahora estaba solo en aquella celda pequeña, cargada de barrotes, rodeado de sus miserias, de sus olores, de sus odios y rencores, rodeado de él mismo. El medico se sentó a su lado y comenzó a examinar el corazón. Un bombeo imperceptible Se escuchó a lo lejos, todavía vivía.

–Inhale lentamente… –le dijo mientras senTía sus pulmones–. Ahora exhale, muy bien, ahora tosa tres veces. –El viejo tosió débilmente, con mucho esfuerzo y sin ganas.

–¿Cómo me ve, doctor? –le preguntó con tono firme, marcial. Ese tono que nuncA había perdido.

Se encuentra como debería encontrarse un hombre de 87 años, con cáncer de próstata, hipercolesterolemia, hipertensión y arritmia –respondió el medico secamente–. A ver, levante el brazo izquierdo… muy bien. Ahora el otro… bien.

El viejo obedecía sin emitir sonidos, obedecía siN inmutarse. Miraba al frente mientras sostenía una expresión rígida, de dientes apretados, como si esTuviera conteniendo un golpe.

–Abra bien grande y diga “aahhh” –le ordenó el médico mIentras con una pequeña linterna iluminaba sus amígdalas.

–Aaaaahhhh…. –El viejo obedecía, como un buen soldAdo, como un buen cadete. Su figura era pequeña e insulsa. El cuerpo parecía una uva seca, exprimida hacia dentro. El rictus de su boca se mantenía en una expresión dura.

–Señor, tiene que seguir tomando las pastillas durante dos meses más, después según lo que diGan los estudios vemos como seguimos.

El viejO asintió y no dijo nada. Nunca decía mucho ante el médico, solo mantenía esa expresión dura. Cualquiera que lo hubiese visto diría que ese hombre odiaba algo, a alguien o solo odiaba sin sentido. Lo extraño y escalofriante era que a pesar de no emitir sonidos el viejo parecía aprisionar al silencio, torturarlo, asesinarlo y apropiarlo. El silencio en aquella celda no era silencio, era ausencia y desaparición. La presencia de la muerte en aquel lugar era deMasiado intensa, se podía palpar, se sentía. Sin embargo el viejo parecía no percatarse, para él, la muerte solo significaba un arma más que debía dispararse contra el enemigo.

El medico recogió sus cosAs y se fue aturdido de aquel silencio. Siempre que realizaba aquella visita una especie de náusea se adueñaba de su cuerpo y una nube de dolor lo apuñalaba en medio del pecho. ALencontrarse con la calle y el sol se sintió aliviado al saber que ese viejo estaba allí Dentro.

Aquel mismo día por la nOche, otra vez lo llamaron del penal. Había problemas con el viejo. Una vez por día podía soportarlo, dos veces no sabía. Al llegar se encontró con algo que esperaba aunque siN esperar. El viejo yacía inmóvil al costado del inodoro. Su figura era pequeña, frágil e inhumana, parecía un ratón. La expresión dura en el rostro se mantenía y sus ojos todAvía parecían mirar hacia algún lugar. El medico se arrodilló y  verificó sus signos vitales confirmando lo que sospechaba, “está muerto” anunció a los presentes mientras pensaba si aquel ser humano alguna vez había estado vivo. A pesar de su muerte el silencio se mantenía preso, el viejo se lo había llevado con él.

Al regresar a su casa el Dr. Daniel se acostó pero no durmió. Las luces de la memoria lo encandilaron hasta el amanecer, pero antes, entre las nubes del no sueño, pudo ver a su padre. Estaba igualito a la  fOto que tenía sobre su mesa de luz. Mirada profunda y decidida, bigotes negros, campera de cuero gastada, pantalones de grafa y una bandera en la mano izquierda. Se miraron unos minutos y pudo descubrir en su mirada un brillo extraño, un brillo especial, como el que tienen los que viven.

–Daniel, ¿estas despierto? Soy yo, la abuela, vine a traerte una torta para el mate. –La voz venía desde la cocina, ya eran las diez de la mañana de un sábado frío pero soleado.

Daniel se levantó y fue a saludarla. Allí estaba ella, ojos cálidos y limpios. Rostro brillante, sin arrugas ni sombras. La presencia sin silencios, las palabras libres.

–El viejo murió –le comunicó sin preámbulos.

–Sí, ya lo sé, Daniel. Ahora vení, sentate que te hago unos mates… –Entonces la blancura del pañuelo sobre su cabeza se reflejó intensamente en el rostro del joven médico hasta hacerlo brillar.

Por:  Isaias M. Creig (Argentina)

lacolumnadelarquero.blogspot.com.ar


Únete a nuestras redes:

facbook             twitter-icon-circle-logo             instagram-icon-3cd2e3790075e545be9ea3a14fe12baf             tumblr_256             social_youtube_63

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s