A puerto Seguro

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Caminaba y sentía que cargaba no solo con mi peso sino con el de toda la presión atmosférica. No había nada en el momento que me aliviara, contaba los pasos para concentrar mi mente en otra cosa pero el tedio se hacía un eterno instante.

Estaba claro que el del problema era solo yo, a mi lado las crianzas jugaban a mojarse entre sí con cualquier cosa que pudiera contener agua. Las mujeres caminaban con vestidos vaporosos pegados a la figura propia de su geografía, lo que también alegraba los ojos de los hombres.

Es distinto ser turista a residente. Más quisiera aún creer que mi vida es un paseo, pero pensar pesado y con alto índice de humedad es como nadar con ropa. Se avanza poco.

En lugares como este el despertar cuesta el doble que en otros lugares. Acá el ocaso trae consigo el ritmo de la música que quedó grabada en la cabeza mientras se viajaba en el bus de la mañana. El ritmo se fija entre los huesos y reclama movimiento entre los cuerpos cargados de todo un día de trabajo.

La noche no es para dormir, es para soñar, soñar con los ojos abiertos. Ya no hay riesgo de que una crianza te moje, estas duermen mojando sus camas. Los ojos de los hombres se agudizan y cual pescadores se van detrás de las sirenas que escapan del mar. Las mujeres cambian los vestidos por ropas más ligeras, brillantes y sin falta suenan los tacones.

En el camino de regreso vuelve a sonar esa particular canción del momento, pero ahora cobra total significado, se convierte en la banda sonora de una película de ruta y mi cabeza es la cámara. Paneo para todos lados sorprendido por tan contrastante paisaje. Unos ríen esperando que la fiesta empiece y otros duermen deseando llegar a sus casas y dejar las sillas duras del bus por almohadas que esconden secretos.

Desde la ventana la vida de la ciudad muda y va transformando sus prioridades. Los conjuntos de edificios cambian por casas de colores a lado y lado de la calle, casas con amplios garajes y habitantes en mecedoras esperando el rumor vecino o una invitación a unas frías escudándose en el pasatiempo favorito: Dominó.

Giros. Semáforos. Giros y donde parecía habitar gente ahora habita el hambre, carritos de comida para todos los gustos invaden las ceras. El sonido de grillos y pájaros nocturnos se mezcla con los pick up en cada esquina. Es ensordecedor e imposible de escuchar allí la voz interior, por lo que el lugar en compañía de licor puede tornarse peligroso por sí solo.

La ruta llega al punto de cobro, como si se alcolitara la pereza el conductor envía su emisario a cobrar porque desconfía del que logra en medio del tumulto tener un viaje pasando a desapercibido. A poco del destino el olor a sal llega junto al espeso verde, y a medida que se avanza se suelta el peso obligante hasta desaparecer y sentirse nuevamente parte del hedonista paisaje.

Aparece un nuevo frescor que envuelve los deseos del corazón e invita al barullo del mar a danzar con la brisa y la arena, haciendo que esta invada espacios del cuerpo que después serán incómodos de limpiar. El ritmo de la noche te seduce con tambores y gaitas no ejecutadas por hombres.

Ya al estar en casa bajo el golpe del abanico después de una ducha abro ese libro que me recuerda que sí estoy aquí y por qué lo estoy: Leo en el “… tus ojos son como lumbreras que resaltan en lo oscuro del firmamento como tu piel. Tu sonrisa como elixir que me transporta a lugares no aptos para mortales. Tu figura moldeada por las manos del mismísimo creador te ponen por encima de cualquiera de sus obras. Tu cabello guarda secretos ancestrales del amor que nadie ha conocido. Tu hermosura exterior es reflejo de tan solo la décima parte de lo bello de tu interior” estoy acá para encontrarte sin buscarte, para que el bus me lleve a puerto seguro.

Por: Juan Sin Ombligo (Colombia)

juansinombligo.wordpress.com


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