Cuentos Escritores de Letras & Poesía Relatos Sergio Álvarez Torres (España)

Aproximaciones terrarias al tiempo detenido (II)

Apenas se podía mover. El cielo estaba rojo, la arena húmeda y el aire olía a tiempo. Antón no sabía dónde estaba. Hace un momento, estaba columpiándose y ahora se encontraba en un mundo extraño. No había rastro de personas ni siquiera de vida. ¿Qué es lo que había pasado? ¿Por qué se encontraba allí? Sus movimientos no eran normales. Cada vez que se movía era como si dejara de existir y volviera a nacer en el siguiente paso que daba. Como si le estuvieran pintando en diferentes momentos de su vida. Y así era. Antón cambiaba de edad cada vez que se movía. Un paso adelante y era un joven de veinte años dispuesto a caminar por el cielo. Otro paso más y era un viejo de ochenta años con ganas de hundirse en la tierra. Su vida, hecha lienzo.

De repente algo se movió en aquel mundo. Antón se dio cuenta de que no era muy grande y que solo con su vista podía alcanzar a ver todos los limites. Figuras de hierro surgieron de la nada y empezaron a marchar en círculos por todo el paisaje. Ellos también cambiaban cada vez que se movían. Ahora eran negros. Ahora rojos. Ahora azules. Todas las figuras se pararon y como vieja alquimia se convirtieron en un gigante. Un gigante del color de universo. Este pronuncio unas palabras: “Somos espectros de luz en un lienzo tan oscuro que quema…”

“Qué extrañas palabras” dijo Antón. Y del corazón del gigante exploto un ave fénix, blanco como la nieve, tan pequeño como una miga de pan. Las lunas de sangre que habitaban el planeta se vistieron de negro ante su presencia. Sus ojos se clavaron en Antón. “Tú, espina del tiempo, vacío incoloro. ¿Por qué vienes aquí? Soy el ave de la vida, soy el caos de la muerte. Vete, tienes viajes que cumplir. He visto tu destino. Dejarás de existir, dejarás de volar. Serás la reencarnación misma de una pregunta sin contestar que el mundo lleva haciéndose milenios. Ahora vete, yo también necesito avanzar”.

Antón se fue alejando de aquella escena, perplejo por lo que acaba de ocurrir. Y según se fue marchando, el ave fénix también explotó y de él, surgió el nuevo sol de aquel mundo. Según iba volviendo al arenero, nubes negras de ceniza amargaron su alma. El agua, teñida de rojo, se precipitó por los pliegues del mundo. Las flores le susurraron que jamás iba a volver. Antón miro hacia atrás una vez más antes de entrar a la arena. “La isla del tiempo es el camino de mi muerte”.

Por: Sergio Álvarez Torres (España)

artyfactory.com


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