De cómo descubrí mi poder

Es una historia simple que ocurrió más o menos hace quince años. Se llamaba Juan, habíamos compartido aula desde primer grado hasta séptimo en la Escuela Domingo F. Sarmiento Nº 1 de América, un pueblo de Buenos Aires. Nunca tuvimos una relación estrecha, pertenecíamos a grupos diferentes pero Juan era querido por todos. Era alto, desgarbado, de tez morena y brazos largos. Caminaba pausado como si la vida fuera un medio sobre el cual trasladarse y nada más. Vivía en los barrios marginados del pueblo, a las afueras, en una casita humilde y llena de dignidad trabajadora. Lo que más recuerdo de Juan es su sonrisa, una sonrisa brillante y amplia, de dientes parejos y algo manchados. Juan siempre estaba mostrando aquella sonrisa y cada vez que lo hacía transmitía una especie de paz, una tranquilidad especial; era como si te dijera sin decir “Tranquilo, esta todo bien por acá”. Creo que aquella sonrisa se reflejaba en el brillo de su mirada porque cada vez que sonreía sus ojos adquirían una intensidad especial. Se sentaba en el último banco junto a su primo, casi nunca hablaba y cuando lo hacía masticaba tímidamente sus palabras con aquellos amplios dientes. También utilizaba la sonrisa para ocultar su desesperación ante la ignorancia respecto a alguna pregunta hecha por la maestra. Pero en general aquella sonrisa era una mezcla de picardía mezclada con alegría y paz que se mantenía constante durante todo el día. No recuerdo que hayamos tenido alguna charla intensa y tampoco de haber compartido momentos especiales, lo único que quedó pegado en mi inconsciente fue aquella sonrisa.

En séptimo grado mis padres me cambiaron de colegio, lo público ya no compartía de la misma manera los conocimientos, así que consiguieron una beca y me anotaron en un instituto de educación secundaria. Pasaron cerca de seis años sin que Juan apareciera en mis recuerdos, definitivamente había quedado en el oscuro olvido sin rostro, sin cuerpo y sin habla. Empecé la universidad en Buenos Aires y fue durante mis primeras vacaciones que ocurrió el suceso. Un domingo de tarde, el sol estaba pleno y el verano se hacía sentir cuando recibí la llamada de mi mejor amigo:

–Che, que haces. En cinco minutos te paso a buscar en la chata, vamos al parque. –Su voz era presurosa, no era necesariamente nerviosa pero dejaba sentir un dejo de preocupación.

–¿Al parque? ¿Por qué? –dije algo confundido. El parque era un espacio de recreación municipal que contaba con dos piletas de natación y dos lagunas artificiales alimentadas de algunos desagües del pueblo. Nosotros casi nunca íbamos allá y me extrañó mucho la proposición del Beto.

–¿Te acordás de Juan Manillas? –Entonces poco a poco en mi mente se dibujó primero la sonrisa y luego todo lo demás.

–Sí me acuerdo. ¿Qué pasó?

–Te paso a buscar y te cuento.

A los diez minutos estábamos los dos en el lugar. Juan estaba en el medio de la laguna, con el agua tocándole la barbilla. Su rostro no tenía aquella sonrisa, sus ojos estaban asustados y miraban hacia todos lados implorando ayuda. Resultó que como muchos de los vecinos Juan iba a pescar, era una costumbre entre los chicos del barrio. Un anzuelo quedó enganchado en vaya saber qué y Juan desoyendo los consejos de su entorno se metió a librar la tanza, no podía permitirse perder nada, todo costaba por más pequeño que fuera. El barro succionó primero un pie y luego el otro. Ante cada movimiento desesperado más se hundía. Los bomberos no llegaban y los vecinos improvisaron una balsa pero al llegar junto a él pero no pudieron despegarlo del suelo porque era contraproducente: cada intento de sacarlo lo empujaba más al  fondo. Para cuando los bomberos llegaron Juan solo tenía la nariz afuera, mirando al cielo buscaba ese oxígeno que se agotaba. La madre gritaba y lloraba haciendo temblar nuestro mundo mientras yo observaba impotente: Juan “el de la sonrisa” se estaba ahogando, se nos estaba yendo tan lento y tan cerca que parecía un estúpido rebusque del destino, de la vida o de lo que puta sea. El cuerpo de mi compañero iba poco a poco desapareciendo, ahogándose desesperadamente. Hasta que se hundió en lo más profundo. El silencio lo invadió todo, un silencio punzante y negro. Solo el llanto de la madre traspasaba aquel muro de dolor. En la superficie ya no había burbujas de oxígeno. Una calma aterradora cubrió las aguas verdosas y ya nada pudo hacerse.

Entonces ocurrió: una fuerza estremecedora en todo mi cuerpo y un impulso incontrolable se apoderó de mí obligándome a saltar hacia el agua. Nunca había nadado a tal velocidad, atravesaba el agua como la sierra de un carnicero atraviesa el hueso de un costillar y por un momento sentí que tenía escamas en mi cuerpo y aletas en vez de brazos . Llegué a Juan, el agua emitía un olor nauseabundo y su color era verdoso. Al apoyar los pies en el barro sentí la presión pero la fuerza y el poder que sentía impidieron que me tragase. Tomé a mi compañero de la infancia de las axilas y lo levante con un movimiento violento y seco. El cuerpo salió a la superficie y Juan comenzó a toser. Lo llevé a la orilla donde la madre lo recostó sobre el césped. Al cabo de unos minutos Juan se calmó y  me miró; entonces pude verla, otra vez ahí estaba como siempre, como en aquellos días de primer grado: la sonrisa de dientes manchados, brillante e intensa que me decía “tranquilo, todo está bien por acá”.  Me quedé mirándola hasta que desapareció dejando solo el aire de su ausencia a nuestro alrededor.

Así fue como descubrí mi poder.

Por:  Isaias M. Creig (Argentina)

lacolumnadelarquero.blogspot.com.ar


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