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Sobre mis pasos

 

La ciudad se duerme noche a noche mientras la oscuridad cae pesada sobre mis hombros. Camino simplemente. No voy a ningún sitio, sólo camino. Recorro cada calle, cada callejón, en silencio. Si por alguna razón alguien se me cruza, puede que le juegue alguna broma.

Realmente no tengo nada que hacer. A veces pienso que es perder horas de sueño, pero luego, recuerdo que ya no duermo… Así que camino. En ocasiones me siento en la plaza y miro cómo los árboles dan tumbos de un lado al otro empujados por la brisa. Hay noches frías y otras más calurosas pero, para mí, siguen siendo todas iguales: vacías y aburridas.

Los perros siempre aúllan igual…

Siempre recorro esas calles: la seis, la siete… Perpetuamente las mismas. Cuando sale algún borracho del burdel, le sigo un rato —sólo si va por los alrededores de la plaza, no puedo ir más allá—. Luego regreso y espero a Carla que siempre sale a las tres.

Ella se sienta en el mismo banco cada madrugada: fuma y se queja; le escucho; siempre es igual: Mario no le ha llamado en varios días, no le envía dinero; hay noches que se pregunta por qué se ha metido a prostituta, pero no le digo nada; sólo me quedo allí a su lado, sonriendo.

Ella es linda: Tiene los ojos grises y la cara tan blanca que el labial carmín puede verse desde lejos. No es gorda aunque su espalda es ancha al igual que sus caderas. Tiene fino el talle y usa siempre un cinturón. Pero su voz es lo más interesante: es suave y no muy aguda, tiene ese tono tan de familia que es difícil imaginarla gimiendo y gritando a complacencia del cliente.  A veces le sigo si decide dar un paseo… Nunca se aleja más allá de la plaza. Es gracioso verle caminar con su short naranja y el ancho cinturón negro. Tiene buenas piernas: son rechonchas y fuertes, muy pálidas… En la gruesa noche su piel puede iluminar cualquier calle.

Tiene una hija que vive muy lejos. Lo sé porque le veo sufrir cada vez que saca la pequeñita foto del brassier. Llora mucho. Es normal, debe extrañarla. A veces yo también quisiera llorar un rato pero mis lágrimas se han vuelto renuentes, no salen con facilidad… o ya se dieron de baja… No lo sé… Pero quiero llorar cuando pienso en Sabrina, la extraño.

Cuando la noche se vuelve más pesada, y Carla regresa al burdel, y el aullido de los perros se calla. Cuando es evidente que el día se vuelca sobre mis desgastadas huellas, me encamino hasta su ventana y me quedo allí, esperando a que abra, para ver su sonrisa expandirse con los primeros rayos de sol. Ese es el único placer que siento.

Cada nuevo día, cuando Sabrina despliega las hojas roídas del amplio ventanal de su cuarto, y asoma su rostro de quinceañera, y veo sus mejillas rosas de núbil doncellita… Cada día, en ese preciso instante, me hago la misma pregunta que se ha vuelto una especie de letanía…

¿Para qué me di un balazo?

FIN

 

Por: José J. Acevedo (Venezuela)

poeticaimperfecta.wordpress.com


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