Mr. Migraña (I): “Hola, Sr. Psiquiatra”

Estoy en la antesala de la consulta del último psiquiatra que ha tenido la desdicha de verme en su lista de pacientes…

Personalmente, le tengo alta estima y respeto profesional: casi no ha tenido escrúpulos –ninguno, para ser preciso– al momento de revelar a su paciente (o, mejor, “impaciente”) las mayores atrocidades respecto a su “condición” –como uno de sus colegas denominó al estado general de mis angustias y extrañezas funcionales–: estar medio loco, acercándome a ser un demente en lo absoluto. Desconoce –lleva años en este circo– todo remordimiento.

Me pregunto con qué maravilla saldrá ahora. Es capaz de ingenios que ya se quisiera cualquier guionista de Hollywood. “Amigo, afuera lo esperan efectivos de Interpol que le ayudarán a ponerse una camisa de fuerza para llevarle a Guantánamo, donde tal vez puedan brindarle un tratamiento efectivo. Yo, me doy por vencido”.

Luego de cuatro consultas, ya sabía que no debía asombrarme: podía pronunciar las frases más atroces sin que se le moviera un músculo de la cara. Un talento histriónico infravalorado, obviamente: Al Pacino habría aprendido mucho de él para estructurar a su inmutable Michael Corleone.

Para el doctor, soy un paciente como otros. Nada especial. Uno de aquellos rostros olvidables y tan anodinos que ni siquiera se reflejan en los cristales de las puertas del Metro. Lo que me parece un tanto insólito es su falta de empatía y ver una cara de desprecio cada vez que me ve entrar a su consulta. La escena es así: abro la puerta y me observa,  cabizbajo, como si fuera a enfrentar una tortura insufrible. “Aquí viene de nuevo este idiota con sus dolores de cabeza y su búsqueda de sentido a la vida”. Creo que algo de razón tiene: si  no, no gastaría la cantidad fabulosa que desembolso cada vez que voy a su consulta. Pero ¿qué ha de importarle a él eso? ¿CUÁNDO un doctor ha estado interesado en algo tan banal como “el dinero…”? No: él ha de cumplir el juramento hipocrático y que el sistema capitalista se joda. Salvar vidas y mentes: ESO es lo importante. “¿El dinero?”, qué es eso, diría cualquier médico.

Me llaman por altavoces.

“Absolutamente normal”

Entro.

Nuestro hombre no levanta la cabeza, como se suponía. Percibe mi avanzar débil, vacilante. Pero ahora me mira a los ojos: pocas veces he sido analizado con tanto menosprecio. No sé por qué pero me siento bien. Al menos, para él, ESTOY VIVO.

Le entrego el examen que solicitó: un escáner cerebral para tratar de definir la causa y naturaleza de mis reiterados (y horribles) dolores de cabeza, dolencia que sufro por años, casi a diario.

—Espéreme afuera.

Salgo y pongo una canción en el celular. No alcanzó ni a terminar un viejo tema de Bauhaus, cuando abre la puerta.

—Pase.

Advierto, de manera preocupante, que tiemblo. Sé que el examen –había leído las conclusiones previamente, ya que algo comprendo de terminología médica– no indica nada grave, pero sucumbo al temor. ¿Y si el doctor puede inferir algo del CD con imágenes que acompaña al informe? Para mí es obvio que debo tener algo malo y muy malo en la cabeza: además de los dolores jaquecosos… no es posible que un humano piense tantas idioteces a diario impunemente.

Pero no: nada. Nada. Nada, nada, nada.

—He revisado su examen. Usted está absolutamente normal.

Siento náuseas debido los nervios acumulados y aquella respuesta tan inesperada. Casi vomito. Estaba tan sorprendido como cuando a la Virgen María le dijeron que esperaba al niño Jesús. Si no tenía “nada” ¿entonces qué explicaba mis dolores craneanos y, en segundo término, la distorsión de mis pensamientos? Me consideraba listo para extra de “Atrapado sin salida” y el doctor decía que estaba “normal”. (Francisco ¿lo estrangulamos o no? Tú me dices. Yo te sigo…).

—Sus exámenes no indican nada de que preocuparse. Son del todo normales.

Titubeo, pero hablo:

—Doctor, mis dolores de cabeza no son normales.

—Usted tiene una jaqueca tensional. Está estresado y se le ve. Lo advertí la primera vez que usted entró por esa puerta.

—Doctor, soy adicto a la ergotamina.

Veo alrededor a ver si alguna mosca se compadece y rompe el silencio.

—Tratemos, primero, de solucionar su problema de falta de sueño. Luego vemos lo de la ergotamina. Tome los medicamentos que le voy a indicar. Por favor, hágalo y en la dosis que le indico. Creo que, además, se reducirán sustantivamente sus dolores de cabeza.

—Doctor, disculpe: quiero pedirle ayuda para dejar la ergotamina y de manera urgente. Soy adicto, le reitero. Si no lo hago pronto, creo que moriré y en cualquier momento. Lo de no dormir me tiene sin cuidado.

Durante unos 15 o 20 segundos –imaginen qué eternidad de tiempo es eso en el despacho de un psiquiatra– guarda un silencio abrupto, agresivo, negro. Como un búfalo herido de muerte. Pensé que me iba a golpear. Esperaba el golpe.

—Tome los medicamentos que le estoy dando. Después de un mes volvemos a hablar.

Eran dos. Uno para dormir; el otro, un compuesto destinado a aminorar el dolor físico tensional. O sea, un pasaje en primera clase para vivir un mes en las nubes. (“¿Quisiera algo para beber, señor? ¿Té, café, una gaseosa?”. “Un whisky, por favor, señorita azafata”).

De todas formas, no me dejé intimidar. Estaba seguro de que mi adicción tenía mucho que ver con todos mis males. Y debía dejar esa basura química, siquiera por una cosa de honor: de mí podría decirse cualquier cosa, incluso que en mis tiempos libres le conducía la limusina a Satanás, pero llevar el estigma de “adicto” me enfermaba.

—Doctor, tomo dos pastillas de Migreñol cada mañana, todas las mañanas, por el dolor de cabeza con que despierto.

—Tome lo que le indico. Por favor, siga mis indicaciones. Si duerme bien es probable que no despierte con dolores tan intensos. Que duerma bien es lo primero. Poco a poco, iremos solucionando lo otro.

Franky Morrison

Me vi como Martin Luther King segundos antes de ser asesinado. “Hombre, macho, parece que algo está dificultando la correcta interpretación de tu mensaje. Hay gente que no quiere que sigas en este mundo…”. El doc., no estaba entendiendo. (“Doctor Brown, doc., escúcheme doc., ¡he venido de 30 años en el futuro para salvarle y evitar que haya un trastorno completo de los hechos del mañana!”. “Sí, Marty, como no. Lo que tú digas”). El respetable galeno hacía oídos sordos. Si le hablaba de dos pastillas de ergotamina cada mañana, hablaba de un índice aterrante de adicción, la que no se reducía si dormía bien o no. Quería recordarle que el prospecto del medicamento hablaba de un MÁXIMO de 8 comprimidos al mes. El ejercicio matemático era simple en mi caso: 2 pastillas (promedio) x 30 días = 60. Si a ello se añadía el incremento exponencial de Migreñol que requería para paliar las “resacas” de fin de semana llegábamos a una cifra superior en ceros a la velocidad que Einstein entrevió para un rayo de luz. Ello, por más de 10 años de consumo sin pausa, cada día. En un documental sobre el mítico poeta rockero Jim Morrison, uno de sus amigos declaró: “Uno no podía entender cómo podía mantenerse en pie con las cantidades exorbitantes de alcohol, drogas y cigarrillos que consumía todo el día. Era un verdadero milagro. Sencillamente, no era posible”. De eso se trataba. “Doctor, en el barrio, los chicos me llaman Franky Morrison ¿me entiende ahora? La verdad –le seré sincero- me gusta la ergotamina. Es más, me encanta. ME INYECTARÍA EL MIGREÑOL si fuera posible. Me lo comería. Lo inhalaría. Me lo metería como supositorios, pero como no lo he encontrado aún ninguno de esos formatos…”.

Tales eran mis reflexiones, pero Búfalo Herido, tenía otras opciones de tratamiento para “tomar a su pariente toro por las astas”: la inducción del sueño. Discrepaba, pero él era el capitán de aquel barco: yo debía obedecer sus órdenes. Él creía que el sueño aminoraría mis migrañas, pero, al parecer, había pasado por alto un antecedente: los dolores comenzaban, justamente, cada mañana al despertar. ¿Quién querría “dormir” así? Ni el distinguidísimo Sacher-Masoch dedicaría su tiempo a una causa tan perdida y poco gozosa. ¿Cuál era la idea, entonces? ¿Hacerme una “cura de sueño”? ¿Que tomara mis “medicinas” para que al despertar me sintiera “mejor”? Para que eso funcionara, debía intentar suprimir el elemento causante de la adicción –la ergotamina–lo que no tenía en mente. Para que un adicto a la morfina deje el vicio, tiene que dejar la morfina. Elemental, mi querido Watson.

“Siga mis instrucciones”

Un compilado de “Greatest Hits” de Rimski-Kórsakov ululaba en mi cabeza día y noche, comenzando por el célebre “Vuelo del moscardón” en todos los tonos y velocidades posibles y he aquí… que mi cerebro estaba “normal”. Quién sabe, tal vez no era algo imposible. ¿Y si la ergotamina aún no me había destrozado a nivel cerebral? Podía ser, mas no estaba tranquilo, para nada. Por otra parte, harto caro que había costado realizar el escáner para no tener ningún resultado definitorio. Claro, para los doctores el dinero nunca era “un problema”. (“Hazme caso, Franky, hazlo ahora: reviéntale el cráneo con el pisapapeles. Y después me echas la culpa a mí…”). No podía irme así. Aprovecharía hasta el último peso invertido en la consulta:

—Doctor ¿usted cree que no existe riesgo de aneurisma ni de ningún tipo de accidente cerebral grave? ¿Estoy en lo cierto?

—Sí, su cerebro está perfectamente normal.

Y dale…

Le devuelvo una mirada tan agresiva, que intuye que debe decir algo, justificar muy bien sus dichos. Involuntariamente, me llevo la mano derecha a la boca y me muerdo el índice, conteniéndome. Debo dar miedo.

—A usted no le pasará nada. Los accidentes cerebrales no suceden de un día a otro. Toman años en desarrollarse y de acuerdo con su examen, al día de hoy, no tiene de qué preocuparse. Quédese tranquilo. Lo principal, como le digo, es que ahora se relaje. Que duerma. Está muy tenso.

—Doctor, disculpe, se lo pregunto de otra forma. “Algo” debo tener… Algo debe haber. Sobre todo, esto no se lo había comentado,  pero tengo miedo de que suceda algo a nivel del corazón. Mi padre murió de un paro cardiaco. No quiero ser el siguiente en la familia.

El profesional muestra un ligero signo de sorpresa: no esperaba tal “petit bouche”. Entiende que le hablo en serio. Le estaba diciendo y claramente: DOCTOR, NO QUIERO MORIR AÚN.

—Se lo voy a decir una vez más: siga mis instrucciones.

—O sea, ¿usted me asegura que no tendré un aneurisma?

—No, no le he dicho eso –bueno, ahora al menos iba mostrando signos de sinceridad–. Le dije que al menos en los próximos cinco años usted no debería experimentar un aneurisma. Eso puedo asegurárselo. De todas formas, nadie, nadie está libre de padecer uno, pues no son previsibles. Cualquier ser humano está expuesto. Usted no es la excepción.

—Doctor, estoy tomando vasodilatadores y muchos. ¿Puedo  sufrir un paro cardiaco?

—Eso es otro asunto. Puede tenerlo. Es más, según veo, y de acuerdo con los antecedentes que me entrega, tarde o temprano USTED TENDRÁ UN PARO CARDÍACO. Es más o menos inevitable. Usted me había comentado que fuma dos cajetillas de cigarrillos al día ¿no? Se está matando. No duerme. Come mal. Lleva un régimen de vida irregular. No me corresponde decirlo, pero si sigue con el estilo de vida que lleva, le dará un infarto al miocardio en unos 10 años más.

No levanta la cara al decirlo y mantiene un aire indolente, por lo que intuyo dice la verdad. Habla de modo tan serio y con un tono tan cavernario que no puedo sino que pensar que me está dando 10 años de vida. No tengo miedo: siento terror. Es la primera vez que me hablan tan explícitamente. 10 años… Y me iré del mundo. No podré siquiera despedirme. Saldré por la puerta trasera. Probablemente, no tendré hijos. ¿Casarme? Sería una canallada de mi parte, ante semejante pronóstico. ¿Qué me queda? Dos de tres: “Plantar un árbol” y “escribir un libro”. Lo del árbol no parece muy difícil, pero tampoco lo veo muy excitante. Respecto al libro, tal vez consiga algo, aunque hay tal cantidad de escritores –mucho mejores que yo– que es factible que no reciba respaldo editorial, ni siquiera en una década. Moriré antes de los 50 si no cambio el estúpido sinsentido de mi vida. Y como es bien poco probable que eso suceda… Tengo que pensar que haré: en 10 años –o quizás hasta menos- todos mis proyectos… se irán a buena parte.

10 años. 10 años. 10 años. 10.

Como “Literatura”, el chiste no deja de tener “gracia” y le daría un cierto “malditismo” a mi “acción creadora”. Pero, como la vida no es Literatura…

Debo actuar con prisa: a ver si, al menos, alcanzo a escribir el bendito libro. Y plantar el árbol, claro.

 

(Continuará)

Por: Francisco Ramírez (Chile)

framirez2015.wordpress.com


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