Flores amarillas

— Turco, ¡dejate de joder viejo! Te dije mil veces que adentro del auto no se puede fumar – le dice mientras ve como su amigo enciende un fósforo y luego su cigarrillo.

— Alberto, no me jodas vos a mí. Abro la ventanilla y ni cuenta te das – responde pitando profundo y luego largando el humo hacia afuera. El viento frío se mete adentro del auto.

— Que tipo pesado que sos. Menos mal que ya llegamos a tu casa. Pero ahora me queda todo el auto lleno de olor a veneno.

— No te enojes, Betito.

Por fin llegan. El Turco se baja con el pucho en la boca y pega unas palmadas en el techo en forma de saludo. Alberto aprieta el acelerador y sigue camino al bosque. Tiene que buscar leña para la estufa. Un par de troncos y listo. Ya se ve al lado del fuego tomando unos mates con Eugenia. Acelera un poco más y se pierde entre los pinos cargados de nieve espesa y blanca.

 

Hace mucho frío. Un frío de esos que te congelan las tripas, como decía su abuelo cuando salía para el campo a arreglar algún molino. El paisaje blanco que lo rodea sería hermoso si estuviera en su casa frente a una estufa y un café con leche o el mate que tanto deseaba hacía unos minutos. Pero ahora es un infierno helado que lo abraza con tanta furia que casi lo deja sin poder respirar. Las manos, la boca, los brazos, las piernas; todo tiembla en una dolorosa tensión provocada por el viento gélido que con sus dientes monstruosos de hielo y nieve va mordiendo cada parte de su ser.  Tiene o cree tener las costillas rotas y una quebradura en la pierna izquierda, más precisamente en la tibia. Pudo sentir el “crack” cuando el auto se estrelló contra el árbol. No fue un choque fuerte,  pero los golpes habían sido de la intensidad necesaria para provocarle aquellas heridas. En la frente varias gotas congeladas de sangre forman una especie de corona color rojo opaco. Se abraza frotándose, tratando de darse calor, pero no funciona. El frío ya entró en su cuerpo y no hay nada que pueda sacarlo. “Una vez que se te mete el puto viento frío, solo lo podes sacar con whisky. Si señor: emborrachas al frío y este sale a los tumbos de adentro en forma de vómito” proclamaba el Gordo Rodriguez, su amigo de la infancia, justificando sus borracheras diarias.

Debería haber sido un viaje simple y corto pero la dirección del viejo Peugeot 504 no resistió los embistes del camino y se cortó. El auto siguió su curso acelerado sin darle tiempo a nada. Un pino alto y de tronco grueso funcionó de freno. Así que ahí estaba, cubierto de nieve, con el viento colándose por  cada rincón del auto, pegándole en las costillas y ya casi sin aliento caliente. De pronto se le ocurre que si logra hacer chispas con los cables del encendido, tal vez pueda encender un papel o algo que lo caliente al menos por un rato. Con las manos temblorosas y casi ya sin articulaciones aceitadas saca los cables desde abajo del volante pero al verlos se da cuenta de que eso solo pasa en las películas. Se resigna con un suspiro y luego comienza a llorar desconsoladamente. ¿Es así como va a morir? ¿De frío? Al menos no va a ser de viejo. Aunque últimamente estaba empezando a querer a la vejez, tiene cincuenta años y a los treinta no quería por nada del mundo llegar a los ochenta. El solo hecho de pensar en la vejez lo dejaba tieso de miedo. Bien, dios lo había escuchado y ahora va a morir durante unos cómodos cincuenta. Pensó en su mujer, ahora bañándose quizás, sin imaginarse que su esposo estaba a punto de morir. ¿Por qué no tuve hijos? ¿Qué clase de egoísta soy? se pregunta mientras mira su celular, sin señal y con el reloj marcando las cuatro de la tarde. Una hora ya pasó desde que salió. Todavía no lo están buscando, dos horas es un tiempo considerable en ese tipo de viajes que el hace. Su mujer en dos horas más comenzaría a preocuparse, en tres estaría desesperada llamando a todos los que pudieran ir a buscarlo. Pero tres horas sería demasiado, no aguantaría. Ya no puede casi mover el cuerpo, la mandíbula no tiembla más, ahora solo se cierra apretando diente con diente con tanta intensidad que su boca parece que va a estallar en mil pedazos.  Con esfuerzo busca (otra vez) algo que pueda servirle para encender una mínima chispa de calor. Cada detalle de su auto se vuelve significativo como se van a volver sus últimos actos de ese día. Un par de pañuelos descartables en el asiento del acompañante, una botella de agua vacía en el piso. Un rosario colgado de la palanca de cambios. Restos de cenizas de cigarrillo que le recuerdan la discusión con el Turco. Mil veces le había dicho que no se podía fumar adentro de su auto. Ya no siente las piernas, las costillas parecen perforarle los pulmones y una parte del alma. De pronto comienza a tener sueño, mucho sueño.  En medio de ese sopor ve a su mujer que llega y lo rescata. Luego ve nieve, mucha nieve. Es todo muy blanco y brillante, su compañera lo besa y lo abraza mientras el siente el calor de sus brazos que lo ayudan a sobrevivir como siempre desde que la conoció. Pero todo se desvanece y el frío vuelve a su cuerpo de manera repentina. Se despabila. “Todavía no estoy muerto”, piensa y no sabe si festejar o lamentarse. Intenta salir del auto pero un dolor intenso lo martilla en la otra pierna inmovilizándolo. Desde donde esta puede ver una montaña y un lago que funciona de espejo. Más allá unas flores amarillas adornan la costa. “Qué paisaje hermoso para verlo mientras uno se muere”, piensa justo cuando por el rabillo de uno de sus ojos la ve: una pequeña astilla debajo de la alfombra gritando que la rescaten. Con toda la rapidez que su cuerpo le permite usa la fuerza que le queda para estirarse. Sin ya nada de sensibilidad para sentir cualquier textura, saca aquello desde donde se esconde y para su alegría resulta ser lo que pensaba que era: un fósforo. ¡Bendito seas Turco! grita para sus adentros. Con los ojos desorbitados busca alguna textura para rasparlo. Hasta que  se descubre gritando “¡el jean!” y la boca suelta el último pedazo de aliento con calor que por instantes queda sobrevolando el aire. Con una de sus manos temblorosas comienza a rasparlo contra su pantalón. A la primera no pasa nada, tampoco a la segunda ni a la tercera. Cierra los ojos y se encomienda al destino en el cuarto intento.  Un chasquido inicia una revolución dentro suyo: la chispa nace envolviendo con ardiente felicidad la cabeza del fósforo preparándose para convertir todo ese infierno helado en uno ardiente.  La pequeña llama ilumina sus ojos y calienta la punta de sus dedos justo antes de que el viento en forma de silbido penetre como un fantasma por algún espacio oculto del auto y apague con firmeza aquella pequeña cabellera de fuego naciente en su mano. El sol comienza a caer, la nieve se opaca. Hace frío, mucho frío y las flores amarillas allá a lo lejos, rodeando el lago desaparecen de repente pero el las sigue viendo mientras esboza una sonrisa de dientes apretados.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s