La poesía como rompimiento fundacional

Un sonido puede sentirse, o bien podría ser visible. Un sabor, en cambio, ser interpretado por patrones de repetición y asimilarlo, imitando su frecuencia con sutileza, en donde vibran los yunques tras el deleite provocado por un verso que suena engendrado en el silencio, y hace sangrar los oídos de los oyentes sordos. A medida que nos paseamos a través de los portales del pensamiento, antes del signo, llegamos al lenguaje; solo que a la inversa, a veces, suele ser el camino, la excepción. Se tendría entonces un acabado desgarrador de las fundaciones orgánicas que constantemente buscamos, nosotros, las criaturas, para llegar a la verdad o, al menos, aproximarnos. Amanecemos justo en donde nace la palabra. Con ella, en su regazo, y el pecho frío titubeando las cosas que no se han dicho.

Más allá de la belleza relativa sobre ella, cualquiera que fuese, la misma no radica en mimetizar lo ontológicamente comprendido y conceptualizarlo dentro del umbral latente, ni ser apetecible con algún vehículo cognoscitivo que muere con esa continuidad al terminar de leer un poema, sino más bien en trascender. Por ello , éste, debe quebrar cada lígula de enteras hojas agrietadas, alojadas en el alma. Y vive, y sale de los cuerpos, hacia el gran quizás del que hablaba Benedetti, aferrándose a ese corazón caliente que anunció el “primer andaluz”, García Lorca, en su verde cielo gitano, y despidiendo a Juan Antonio el de Montilla con pañuelos que traían ángeles negros hacia su cuerpo inerte que arrastraban con una granada en la sien.

Pero, ¿la significación debe reflejarse en la carne? ¿Hay sacrifico? ¿Dónde quedó la salvación? ¿Qué sería de un pulmón sin la palabra? ¿Por qué la sangre es del color con que se mira? Es pertinente entonces preguntar: ¿y cuál palabra? Sin necesidad de pensarlo, es evidente que el dogma formulado como único es lo más formal que existe. Por ende, equívoco cuando se busca la comprensión de la verdad de un canto sublime, por ejemplo; o la verdad de que un poema sea hermoso o superfluo, vago, inconcluso, imitado, tergiversado, magistral, supremo, incondicional o ganador de un premio.

Acaso esa verdad es perfecta porque así se adecua con la realidad, pero, deja de ser verdad cuando se tiende a asimilar como única sobre millones de concepciones que pasan por el intelecto o saltan por la puerta desde el costado hacia el jardín. Se estaría redundando, pues,  en formalidades de un juicio poco sustentable, porque es de valor, partiendo de la primicia aristotélica, solo que contestando, sin contestar jamás con certeza. Al mismo tiempo, partiendo del método socrático, se preguntaría tanto para responder. Y ese, precisamente, es el arte inherente, por mucho, de la vena poética, novelística y, en general, literaria. En este sentido, la referencia hacia el grupo Boedo y Florida, pudiendo ser distintos, son tan o más similares a medida que iban dejando interrogantes como contestaciones vanguardistas, de revelación para las generaciones venideras que asuman nuevos cuestionamientos como válvula biodegradable del tiempo. De igual forma se ha hablado, aunque muy poco hoy en día, de la Generación del 40 venezolana, como había dicho el antologista reconocido, Pedro Pablo Paredes, en una recopilación de la poesía contemporánea de Venezuela, sobre cómo coincidieron casi del todo con la Generación del 27 española, e incluso cerca estuvieron de la Generación de Piedra y Cielo colombiana. En este sentido, más bien valdría, desde la sensibilidad, dejar una interrogación abierta sobre si los poemas que quedaron fuera, sin pertenecer a ninguna generación cuando fueron escritos, valen menos por factores antológicos que por su misma falta de vanguardia o incapacidad para conseguir adherirse a un papel sin envejecer,  ganando cada día un nuevo lector clandestino, solo tres de otros factores indefinidos  para considerarlos siquiera, mirarlos de reojo, o publicarlos. ¿De qué hablan esos poetas invisibles? ¿Se les pueden llamar así, en realidad, son poetas? Qué complicado convertirse en antologista, pero citando a Paredes: “(…) Todo lector es, sin proponérselo, claro está, antólogo (…)”. 

César Vallejo, en cambio, lo había soñado. Una noche, se levantó corriendo a la pensión de Mansiche, y le dijo a Antenor Orrego: “Acabo de verme en París […] con gente desconocida y, a mi lado, una mujer también desconocida […] Estaba muerto y he visto mi cadáver […]” Y así fue. Se murió en París con aguacero de otoño. ¿Fue acaso una verdadera revelación dentro de su propio rompimiento cuando acostumbraba a recordar versos en la madrugada? Nunca lo sabremos. Solo en su fundación dejó apenas rastro, y quedó inmortal no solo esa visión inquietante, sino su cuerpo en el silencio de su piedra negra y blanca.  De modo que fuere partícipe de la admiración de una belleza que no posee más sí conoce,  llegar a tener un par de versos, y solo celebrar su mera existencia plena, sin querer adueñarse de ello, ni mucho menos de su verdad. Porque no existe. Un poema jamás debe ser intervenido. Solo se concibe el hecho de que está, obviando vagas asociaciones con este mundo del que no formará parte bajo ninguna circunstancia. Huelga decir que, a medida que se logre entregar la cosa proveniente del mundo latente, sin retribuciones, al otro mundo, el patente, se pueda llegar a trascender. Lo mismo ocurre a la inversa, condicionando, claro, que no se vaya a poseer sino a admirar por su propia naturaleza de ser.

Hay distintas formas de leer un verso. No caben similitudes así como en su transferencia. Por ende no admite a una verdad, y no hay ni puede haber concepto que valga, ni signo que encamine. ¿Puede llegar a desaparecer un poema de la tierra? Las criaturas no pueden alcanzarla, pero, en cambio, revisar en su hontanar extractos de ella. Se escapa de su intelecto, a pesar de haberla fundado; jamás el ente puede llegar a conocerlo, sino más bien en parcialidades, fragmentando su propia creación, en el rompimiento mismo engendro de los niveles animales sobre la razón. Nuestra sustentación.

De donde venimos.

 

 

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