Adagio para Mario

Difuminado el dorado en la estancia, resquebraja el preludio de grises que arropan el antiguo estudio. Escarlatas cortinas impiden el paso a la calidez, y los candiles fenecen en el frío inclemente de la ausencia. Húmedas como un sollozante suspiro, las notas de un triste adagio se esparcen, y el amargor en la lengua mitiga el dolor sin dar consuelo a aquél, que no halló más sentido en la vida como en la muerte.

Sus brazos se entumecen, perdieron la fuerza que desesperadamente le ataron por un ínfimo instante a la cintura de su amada, a su más preciosa locura, a su dulzura que ahora entibia un paladar que no era el suyo. En su boca, sólo el amargo recuerdo, de aquel beso olvidado que reposa en las postrimerías de la muerte. Su mirada se pierde en el desconsuelo inefable de no encontrar ya el ambarino brillo de aquellos ojos de ángel; ángel de nacarada estampa y de sempiterno suspiro. Clavadas están ahora sus pupilas en el frasco, que volcado, yace vacío en el viejo escritorio; allí, donde una vez robó el carmín de la boca que ya no es suya; allí, donde en suave suspiro, ella susurró los más secretos gemidos.

El recuerdo de la última tarde revolotea en su mente que se extingue. Aquella tarde, sobre el camino de piedras que cubre las exequias de un pueblo entero hundido por la bravía naturaleza, recorrieron la ciudad muerta, entre caricias y besos sin mañana; entre palabras de dulces sonidos y que tenían la cadencia propia de la tristeza. En esa ciudad ruinosa y vacía, se unieron sus pieles en la promesa del encuentro que no se consumaría.

La respiración merma. En errático ritmo danzan sus pulmones anunciando el más desesperado sollozo, uniéndose en melodía con el moribundo adagio de Albinioni, que se desvaneció en sus últimos compases.

Un estertor remueve su cuerpo, y el ardor en su pecho se hace infierno, el espasmo de su espíritu emergiendo de su esternón lo eleva a la cúspide más alta del dolor, para dejarle caer finalmente en el sillón escarlata donde su cuerpo yacería.

***

Así hallaron a Mario en la lúgubre estancia. En sus manos, un trozo de papel arrugado por sus puños, ahora fríos en la muerte.

 

Por: José J. Acevedo (Venezuela)

poeticaimperfecta.wordpress.com


Únete a nuestras redes:

facbook             twitter-icon-circle-logo             instagram-icon-3cd2e3790075e545be9ea3a14fe12baf             tumblr_256             social_youtube_63

 

 

 

2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Podría decir que la muerte es una ventaja dónde se puede percibir los detalles trascendentales de la vida minuto antes de apagarse 😮

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s