Aproximaciones terrarias al tiempo detenido (III)

Existen muchas maneras de viajar. Uno puede viajar con la imaginación, con una imagen, con muchas cosas. El abuelo de Antón le había enseñado una vez a viajar mirando un reloj de piedra. Cada vez que lo miraba se sentía igual que cuando pisaba el arenero. Se sentía preso de las paredes de cristal y sentía como el tiempo iba cayendo encima de él. Pero eso solo le pasaba cuando era pequeño, aunque ahora que lo pensaba tampoco fue hace mucho. O quizás sí. El tiempo es un concepto extraño. La gente lo estudia como si fuera una ciencia más, pero se olvidan de su carácter etéreo. “El tiempo es tan difícil de comprender…” decía Antón.

Los viajes ya no le pesaban tanto, había aprendido cuáles eran las consecuencias de llevar el universo a sus espaldas. Cada viaje era un momento de paz personal para él. Nunca se había parado a pensar en aquellos momentos dónde se encontraba tendido en la nada, flotando en un vacío esperando saber dónde iba a acabar esta vez. Siempre se sentía perdido, frágil, aturdido, siempre se agitaba como una nube de cristal. Pero siempre al despertar en alguno de estos nuevos mundos, se sentía aliviado de poder contemplar aquella belleza única. Una belleza tan dulce como el beso de una flor en el viento.

Las montañas rodeaban el mundo entero aquella vez. La travesía no se le hizo nada fácil. Antes de sentir cómo entraba en aquel mundo, sintió una cortina de fuego, de dimensión pura y en un momento, Antón se hizo invisible. No le gustaba aquella sensación, las personas invisibles nunca muestran su dolor. Pasan desapercibidas sin que nos demos cuenta, simplemente nos dejan un rastro de melancolía. Aunque en aquel planeta no había nadie con quien compartir la existencia. Todo el planeta era una montaña gigante que se extendía hacia el infinito. El sol parecía una lámpara. Pero la montaña tenía vida. De vez en cuando se tambaleaba y de las piedras que arrojaba salían tesoros. En una de estas veces salieron unos papeles antiguos, como si fueran de un libro. “Historia de la historia de este planeta” decía, aunque las páginas estaban muy desgastadas. Solo se leía una frase: “La lúgubre luz de la eternidad cubrió el mundo de un manto de rosas y jazmín…”. Pero allí no había nada, no había rosas ni había jazmín, todo era desierto. Antón caminó y caminó durante kilómetros pensando en aquella frase. Todos estos viajes le habían hecho más sabio. O le habían hecho recordar lo que ya sabía. No había nada más que ver allí. Entonces, Antón creyó comprender la historia de aquel mundo: “Este planeta no está vacío. El aire huele a odio, huele a terror. Huele a tristeza. La gente de este mundo no puede verme igual que yo no puedo verlos a ellos. También son invisibles. Cargan con su dolor intentando saber que hicieron mal con su hogar…”. Era momento de irse. Antón se dirigió al arenero para marcharse. Del sol emergió una cuerda. Y antes de irse, tiro de ella. “Ayer había luz, hoy hay tiniebla”.

Por: Sergio Álvarez Torres (España)

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