Mr. Migraña (II): “Amanecer muerto, drogas y otras interrogantes”

(PREVIOUSLY ON “MR MIGRAÑA”…)

En la antesala de la consulta del último psiquiatra… Para el doctor, soy un paciente como otros. “Aquí viene de nuevo este idiota con sus dolores de cabeza y su búsqueda de sentido a la vida”. He revisado su examen. Usted está absolutamente normal. (Francisco ¿lo estrangulamos o no? Tú me dices. Yo te sigo…). “Tome los medicamentos que le estoy dando. Después de un mes volvemos a hablar.”. Me vi como Martin Luther King segundos antes de ser asesinado. ¿Quién querría “dormir” así? Ni el distinguidísimo Sacher-Masoch dedicaría su tiempo a una causa tan perdida y poco gozosa. O sea, ¿usted me asegura que no tendré un aneurisma? No, no le he dicho eso”. El profesional muestra un ligero signo de sorpresa: “si sigue con el estilo de vida que lleva, le dará un infarto de miocardio en unos 10 años más”.

 

MR. MIGRAÑA (II)

 

     Estoy iniciando el “tratamiento” recetado por el doc., el que consiste fundamentalmente en…

            Don Psiquiatra:

—Estimado señor, quisiera insistir en lo que le vengo diciendo: usted debe regularizar su estilo de vida y sus horas de sueño.

—¿Por qué, doc?

—No le hace bien.

—Lo sé: por eso estoy acá de nuevo.

—¿Cómo le ha ido con los dolores de cabeza?

—Pésimo.

—¿Ninguna mejoría?

—Ninguna.

           Tras una serie de preguntas de rigor, me extiende una nueva receta. No reconozco los nombres de los medicamentos, lo que es extraño: soy un experto en deducir su utilidad de acuerdo a ciertas “sílabas clave” en sus nombres.

—¿De qué se trata, doctor? ¿Calmantes? ¿Paliativos del dolor?

—Necesitamos que usted DUERMA. ¿Me dijo que se dormía a las 4 de la mañana?

—Eso, cuando me DERROTA el sueño. Usualmente es a las 5.

—Eso es malo. En la consulta anterior, creo que me dijo que a veces soñaba con “cambiar el mundo, aunque fuera destrozándolo”. ¿Cree que lo conseguirá durmiendo a las 5 a.m.?

—No lo sé. Al menos, lo intento.

—Eso está mal. Muy mal. Necesitamos que usted duerma. Llevo 20 años en esta profesión, pero hay algo en su caso que me llama la atención.

—¿Por qué, doc?

              Empieza a sudar en la frente.

—Generalmente, mis pacientes me hablan de su imposibilidad de dormir, de insomnio. Lo suyo es otra cosa: usted NO QUIERE dormir. Usted se niega a dormir.

—¿Y si amanezco muerto?

              Me doy cuenta, inmediatamente, de la estupidez que digo: al amanecer MUERTO no me daría ni cuenta de ello. “Sentí” que mi interlocutor apretaba los dientes. Pero como yo había “pagado” su tiempo, DEBÍA escucharme.

—Tiene que intentar reducir sus niveles de angustia. Tome las cosas con más calma. En cuanto lo vi entrar noté que sufre un estrés intenso. ¿En qué trabaja….?

              Le cuento mi vida… Mira al vacío, esperando la desgracia de recibir a un próximo paciente.

—Me imaginaba una historia así.

              Disimuladamente, se ha fijado con detalle en mis gestos secundarios: morderme las uñas, apretarme las mandíbulas con las manos, escalofríos temblorosos, la boca casi babeante, el acercarme por poco hasta su cara al hablar, un hermético cruce de piernas y el pie izquierdo moviéndose compulsivamente, mi insistencia en mirar cada uno de los puntos de su oficina como si estuviera enjaulado, etc.

—Doctor, estoy teniendo pesadillas. Y recurrentemente. El otro día, sentí que me estaban ahorcando y desperté gritando.

—…

—Era mi expareja.

              Mientras hablo, escribe en su computador. Una intensa curiosidad me embarga: ¿QUÉ está escribiendo? Estoy a punto de sucumbir a una acción arrebatada: parame detrás de él, y ver qué escribe. Sin embargo, pienso que hay que respetar a la gente y sus gustos en Internet. ¿Y si estaba chateando con una camgirl con atractivos bastante más agradables que mi insípida historia? ¿Iba a juzgarlo? Yo, pecador: ¿arrojaría la primera piedra… a un colega?

—¿Usted consume drogas?

              No. ¡Aquí vamos otra vez…!

—Solo las que me recomiendan los médicos.

—Debo preguntárselo: ¿usted se inyecta drogas?

—No.

—¿LSD?

—No.

—¿Cocaína?

              Inspiré profundamente:

—No.

—¿Algún tipo de pegamento inhalable?

—No.

—¿Marihuana?

—Eso es distinto. La probé en la Universidad, una o dos veces, pero no me gustó. Advertí que me dificultaba mucho al intentar comunicarme y hacer eso, comunicarme con el prójimo, es algo esencial para mí. Me sumía en un estado de completa mudez. Experimentaba una completa desintegración de mi Ego cuando fumaba esa yerba de efectos psicotrópicos. Si bien no estaba seguro de ello, tenía ciertas intuiciones de que el consumo podría provocarme algún daño permanente a nivel de la corteza somato sensorial secundaria, pero como tampoco tenía plena certeza de ello no sabía muy bien cómo actuar. Entonces, en base a todo lo anterior, me permitiría responder a su respuesta con un rotundo NO.  

          Estaba esperando a que me echara a patadas, pero…

 

(Pronto, el emocionante 

desenlace de esta saga)

Por: Francisco Ramírez (Chile)

framirez2015.wordpress.com


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