Escarlata

Es de noche y hay tres hombres charlando sobre la orilla del río Paraná. Dos de ellos se conocen mutuamente, el tercero es un invitado. El río parece un espejo reflejándolo todo de manera tal que no se sabe si aquella situación está en el cielo o en la tierra. Los tres hombres rodean una mesa con restos de comida. Acaban de terminar un asado y de empezar otro vino.

—Qué lindo que es el río de noche, che —dice el invitado, que se llama Rechi. Y mira hacia el agua como buscando el punto a su afirmación.

—Sí, puede ser. Pero a mí me gusta más de día —apunta Roberto, que es el dueño de la mesita y los vasos.

—Sinceramente, a mí el río me gusta en todo momento. Aunque le doy la derecha a Rechi: de noche tiene otro brillo —esboza su opinión Don Roque, quien es el más viejo y puso los vinos.

Cada uno habla y calla, esperando el intercambio del otro. Sus tonos de voz son suaves pero decididos. Roberto y Don Roque tienen la voz ronca y gastada mientras que Rechi habla con una tonalidad suave y armónica como si recitase cada opinión. Los tres manejan una tranquilidad acorde a la calma del agua.

—La verdad es que en estos momentos yo disfruto de mis ochenta años. Estar así: tranquilo tomando un vino, mirando al río, sin futuro por el que preocuparse —expresa Don Roque mientras apura su vaso.

—Vos estas loco, Roque. Ser viejo no tiene nada de bueno. Es más: yo en cierta forma estoy lamentando de estar acá sentado con ustedes. Prefiero estar con pibes, acá hay un olor a jovato que me descompone. Encima hablas de que no tenes futuro por el que no preocuparte, tenes a la muerte cerca, eso para mí: es motivo de preocupación. —Rechi se sincera sin mirarlos. Habla como si estuviera pensando en voz alta con la vista en el reflejo de la luna sobre el río.

—De que te las das, Rechi. Tampoco sos tan joven, tenes diez más que yo y veinte menos que Roque. Acéptalo: ya estamos en otra curva de la vida.

—Yo sé cuántos años tengo, pero también sé cuántos no quiero tener. La vejez es de lo peor de la vida, hermano. Te vas apagando, no hay caso.

—Al menos nos queda la sabiduría, como dicen algunos.

—Roque, con los años me fui dando cuenta que todo lo que aprendí ya me lo olvidé.

—Rechi, vos te quejas de la vejez pero siempre usaste mocasines y los mocasines son de viejo. Me han contado que hasta a la playa lo llevas.

—La arena me molesta en los pies, se te mete entre los dedos y esa sensación es desesperante y ni que hablar de las ojotas: no hay nada más ridículo que andar chancleteando —responde Rechi estirando el vaso hacia Don Roque que tiene la botella cerca.

El viejo le sirve el vino y quedan los tres en silencio. Las chicharras y el sonido del agua al chocar contra la orilla es lo único que se escucha. Hasta que Roque interrumpe el estado semiconsciente de los otros dos.

—Conozco una historia —dice—. Es una historia rara pero que por ahí puede llegar a ser cierta. Yo no puedo dar fe, pero conozco gente de confianza que asegura su veracidad.

—¿Ahora te vas a poner a contar cuentos de terror, Roque? Te pido que no sea de fantasmas, esos me dan una cagazo bárbaro. —Pide Roberto acomodándose en la silla.

—Parece que en este río existe algo. No se sabe bien qué es ni de qué tamaño. La mayoría dice que es un pez enorme. De grande como un auto…

—¿Qué modelo?

—No sé, Roberto. A ver, dejame pensar: Un Fiat Duna, ponele. Bueno, esta cosa o pez sale de noche. Los que pocas veces lo han visto dicen que tiene unas escamas únicas, brillantes, de color escarlata. Siempre que lograron ver algo de este bicho fue de noche y con la luna bien redonda. De esas lunas que enfocan bien grande al río.

—Como esta, justamente. —Rechi señala a la luna que en ese momento es un reflector a cargo de Dios enfocando hacia ellos.

—Como esa, sí. Parece que esta cosa vive en el río desde hace años, así que debe ser muy viejo ya.

—Como vos no creo, Roque. —Roberto se ríe de su ocurrencia.

—Muchos intentaron agarrarlo —sigue Roque sin hacerle caso a su amigo— pero nadie ha podido. Parece que el animal no es ningún boludo.

—No creo que se pesque con cualquier carnada —dice Roberto pensando en voz alta.

—Intentaron de todo, te digo. Hasta tiraron perros al agua pero no sirvieron. Conozco personas que ofrecen de todo a cambio del bicho. Pescarlo es como ganarse la lotería.

—¿Y por qué nunca fuimos a pescarlo? ¿Por qué recién ahora contas esto, Roque? —oberto habla con tranquilidad pero entre cada palabra deja escapar un soplo de ansiedad. Mientras Rechi, mete un “mira vos…” pero nada más.

—No lo dije antes porque estaba averiguando que tipo de carnada íbamos a necesitar…

—¿Y qué averiguaste? ¿Ya sabes? —El soplo de ansiedad ya era un viento en la boca de Roberto. Don Roque saborea un trago de vino disfrutando su momento de fama. Rechi lo observa y de repente se da cuenta de que si la vejez tuviera un rostro sería la de aquel viejo: millones de arrugas surcándole la cara, arrugas que se profundizan ante el más mínimo movimiento de sus facciones. Sus dientes son grandes y amarillentos, algunos un poco manchados. En sus manos tiene muchos lunares y la piel, ya transparente, deja ver las venas. “Qué mierda es la vejez” piensa y se sirve más vino.

—Sí, la sé. —En ese momento: en la parte que emite la “e” de su sé, lo mira a Rechi y en sus ojos se enciende un brillo extraño. Alguien experto en miradas podría decir que el brillo es “malicioso”. Rechi: es experto en miradas. Roque continúa— Esa cosa vieja, de escamas escarlatas solo se acerca cada vez que alguien canta un tango bien cantado —sabe, al igual que todo Posadas, que Rechi canta y toca tangos como ninguno.

—Don Roque, la cosa es esta: hoy no tengo ganas de cantar —le dispara Rechi adivinando las intenciones del viejo, hablando con la verdad porque para cantar tiene que sentirse abandonado o bien acompañado y esa noche no sienta ninguna de las dos cosas.

—¿Cómo que no queres cantar, Rechi? Si cantas en cada asado que vas. Sos capaz de estar toda la noche cantado y tomando. Dale, no jodas.

—Sí Roberto pero hoy, justo hoy no quiero cantar – Ya la situación se estaba poniendo algo tensa, no del todo pero el aire se hace un poco más pesado.

—Si no queres cantar no hay problemas, Rechi —dice el viejo, que a esta altura ya tiene un tono más semejante a la confrontación moderada que a la búsqueda de amistad.— Pero el tema es que yo sí quiero que cantes— agrega, ahora con la vista sobre el vaso de vino.

—Rechi, es al pedo que te niegues. Es un tango nomas, acá tengo la guitarra, tomá —le dice Roberto mientras le alcanza el instrumento que un rato antes dormía sobre una silla vacía. Rechi la toma más para tener algo de donde sostenerse que para obedecer. Si algo lo caracteriza son las convicciones. Cuando se le mete una postura en la cabeza no hay fuerza que lo doblegue y si lo obligan es peor porque la ira se apodera de él. Al tomar la guitarra observa por primera vez a Roberto: un hombre pasado en kilos, con una prominente papada cubriendo su cuello. De ojos achinados y manos que parecen guantes de boxeador chiquitos. No hay nada interesante en él, nada que exprese algo más allá de la cotidianeidad. Se podría decir que es de las personas que tienen una existencia a medias, que viven la vida sin vivirla, solo existen y nada más. “¿Cómo es que llegue acá?” piensa al mirarlos. A veces se lamenta por caer en asados con personas que no eran de las esperadas. Pero Rechi es así, valora los encuentros aunque a veces le pifie con algunos.

—Saben qué muchachos, ha sido muy linda noche, muy rico el vino pero yo me voy. Ya es tarde.

—Epa, Rechi, ¿cómo que te vas? Deja de embromar, che. No queremos que te vayas. Servile otro vaso de vino, Roberto —ordena el Viejo con una amabilidad irónica.

—No, Roque. Yo me voy. Estoy cansado.

—Me parece que el amigo, acá, no entendió la partecita esa en la que le pido que se cante un tango —dice el viejo y acto seguido saca de su bolsillo un revolver corto. La punta del arma lo señala a Rechi en el medio del pecho.

—Así que así son las cosas —dice Rechi taladrándolo con la mirada.

—Así son, mi amigo. Cuarenta años sirviendo al ejército, tenga presente que sé cómo se dispara uno de estos.

—Linda experiencia. ¿A cuántos pibes más valientes que vos apuntaste? —le responde Rechi, asustado pero caliente.

—A los suficientes. —Don Roque, de repente adquiere una compostura firme, lejos de la de un viejo débil y cansado— Dale, enfila para la orilla si no queres perder la capacidad del canto de un balazo.

Se acercan los tres a la orilla. Roberto se sienta a la izquierda de Rechi y el viejo a la derecha.

—Vamos, cante de una buena vez y dejese de mariconadas —le dice el viejo, con un tono de voz marcial. Rechi cierra los ojos y comienza a acariciar las cuerdas ganando tiempo. Trata de elaborar un plan de escape. Pero no se le ocurre nada. Entonces decide recurrir a sus años de juventud, años en donde todo era velocidad, en donde cada paso era como deslizarse hacia un futuro que estaba lejos, muy lejos. Poco a poco va encontrando la melodía y la acompaña con un silbido suave y armónico. “Ser joven es lo más parecido al momento en que estrenas mocasines: todo se ajusta a tus formas, todo se luce, todo es más cómodo y fácil. Uno tiene fuerzas para pelear, no como ahora que un revolver de un milico viejo me tiene paralizado”. Piensa y apretando los dientes se larga a cantar. Se olvida del río, del viejo y del gordo. Se olvida de la vejez pero se acuerda de sus compañeros de juventud. Entonces, en medio de su introspección, ocurre algo: el agua comienza a agitarse, poco a poco la superficie se llena de ondas hasta que aparecen burbujas y detrás de ellas el lomo de lo que parece ser un pez inmenso. Las escamas color escarlata brillan a la luz de la luna. Rechi, presiente que algo ocurre y abre los ojos.

—¡Dispárale, boludo! —Roberto es el primero que sale de la rigidez provocada por el asombro. El viejo dispara tres, cuatro, cinco veces pero el animal desaparece.

—¡Seguí cantando, hijo de puta! ¡Canta o no la contas más! Dale, ¡canta te digo! —Ahora el viejo le pone el revólver en la cara, justo debajo de uno de sus ojos. De su boca chorrea saliva, como si tuviera rabia y sus ojos son negros, sin brillo, cargados de una espesura profunda y oscura. Rechi se da cuenta de que aquel hombre ya no quiere al pez: tan solo está disfrutando de lo que alguna vez fue. Las arrugas se contraen, la mano sostiene firme el arma. Rechi decide no hacer nada. Aprieta las mandíbulas y espera su momento.

—Roberto, atale las manos. A este lo vamos a hacer cantar quiera o no. —Ordena el viejo olvidándose del pez. El gordo agita su papada y cumple. Le ata las manos con fuerza—. Ahora, ponelo de rodillas. De espaldas al río. —Sigue el viejo, disfrutando. Se lo nota algo agitado pero exultante. El gordo lo empuja y Rechi siente un pinchazo de dolor en ambas rodillas. El viejo se coloca a sus espaldas. El agua vuelve a su silencio, las chicharras ya no cantan.

—Sabes la de pendejos como vos que me comí en mi época, Rechi. Todos a la larga o la corta terminaban cantando. No tangos bonitos, pero cantaban otras canciones muy lindas.

—Roque, hace lo que tengas que hacer y no me rompas las pelotas. —Rechi sabe que esos tipos son inseguros, son débiles de alma. Son básicos. Pero también sabe que no quiere morirse más allá de lo que haya dicho y de lo que odie hacerse viejo. Trata de pensar en el pez, en su lomo lleno de escamas escarlatas. Piensa en que al menos pudo corroborar que su río tiene cosas muy bellas por mostrar. El viejo apoya el caño en la parte alta de su cabeza.

—Te voy a decir algo, Rechi: la idea no era matarte. Yo quería que cantes y llevarme el pescadito. Pero me di cuenta que el pescado puede esperar. Esto me gusta más, esto me rejuveneció —dice y acto seguido le pega con la culata en la cabeza. Rechi siente un estallido de dolor en todo su cerebro y cae. Las patadas en las costillas se suceden, de un lado las siente más débiles y adivina que son las piernas del viejo y del otro son como mazazos provenientes de las piernas gordas de Roberto. Aprieta los dientes con fuerza y cierra los ojos preparándose para resistir. Pero de pronto los golpes se detienen. Escucha un lamento en boca del viejo, un grito por parte de Roberto y luego ruido en el agua. Con cautela abre los parpados. Ya no hay nadie. Mira por sobre su hombro y solo ve al río, oscuro y callado. Se incorpora como puede y comienza a buscar un cuchillo para cortar el trapo que ata sus manos. Es cuando logra salirse de las ataduras que lo ve: sacando su cabeza enorme por sobre el agua, tiene unos ojos grandes y expresivos. Las escamas lo rodean emitiendo un brillo rojizo metalizado que provoca un aura brillante a su alrededor. Rechi se queda mirándolo hasta que entiende. Entonces toma la guitarra y comienza a cantar como cuando era pibe y estaba todo por hacerse.

Por:  Isaias M. Creig (Argentina)

lacolumnadelarquero.blogspot.com.ar


Únete a nuestras redes:

facbook             twitter-icon-circle-logo             instagram-icon-3cd2e3790075e545be9ea3a14fe12baf             tumblr_256             social_youtube_63

4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Genial relato, me genero mucha tensión.
    Gracias por compartir.

    Le gusta a 1 persona

    1. isaiasmcreig dice:

      Gracias a vos por leer y comentar! un abrazo grande y me alegra haber generado sensaciones. Es lo que se busca.

      Le gusta a 1 persona

  2. Noel Coll dice:

    Este cuento es tremendo. Pude ver escena por escena como si de una película se tratara.
    La parte en que el viejo dice que había hecho cantar a muchos, eriza.
    Muy bien contado, haces que sea imposible dejar de leerlo.

    Me gusta

    1. isaiasmcreig dice:

      Muchas gracias Noel, es realmente muy agradable leer comentarios en donde me cuentan sus sensaciones. Te agradezco tomarte el tiempo para leerlo y comentar. Un saludo!!

      Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s