Mr. Migraña (III): “Adiós, Mr. Migraña…”

Ducho con las palabras y gatillo fácil en el arte del interrogatorio, el doctor sigue indagando posibles “causas” de las migrañas que me aquejan:

—¿Se ha hecho el examen del VIH?

—Sí.

—¿Recientemente?

—Yes, y  lo hice por decisión propia. El resultado fue negativo, pero no obstante, le confieso que tenía miedo.

—¿Por qué?

—Yo sabía que no tenía SIDA, pero tengo tan, pero tan mala suerte que esperaba un resultado positivo, solo como respuesta natural a la nube negra que me persigue día y noche. Cuando hubiese regalado todas mis pertenencias y meditara en torno al suicidio, me llamarían para decirme: “Disculpe, señor, ha habido un error en el resultado de su examen. Este es negativo”. A esas alturas, obvio, ya estaría casi irremediable embarcado al Reino de los Muertos, por lo que aquella “disculpa” valdría bien poco. Respecto a demandar al hospital… lo deseché de inmediato: capaz me hubiesen metido tras las rejas porque mi sangre “no fue lo suficientemente honesta con el equipo médico”.

—De todas formas, usted está muy delgado. Creo que se alimenta muy mal.

—No le doy mucha importancia, es cierto. Tengo cosas más importantes de las que preocuparme.

—¿Cuáles?

—No lo tengo claro aún, pero “comer” no es una prioridad. Ni siquiera encuentro satisfacción al hacerlo. No me interesan los sabores. Si fuera por mí, me alimentaría con cápsulas con los nutrientes elementales y ya.

Suspira. Profundamente. Junta sus manos casi en un acto de plegaria, aunque para mí es  la actitud típica de un profesional ante un caso clínico que no le resulta del todo comprensible.

—Le he estado mirando. Estoy casi seguro de que usted no presenta daño cerebral. Dudo que lo tenga. Usted consultó por sentir “agudos dolores de cabeza”. Creo que se trata de una jaqueca recurrente de tipo tensional. Como le dije, usted debe cambiar sus hábitos de vida y, sobretodo, modificar su concepción ante el entorno. Es preciso que enfrente las cosas con mayor positividad.

—¿Lo cree posible?

—Veo una negatividad profundamente arraigada en usted, pero la respuesta es afirmativa.

Traté de comprender sus palabras: “enfrentar las cosas con mayor positividad”. ¿De qué diablos estaba hablando?

—Doctor, me duele la cabeza. Y se lo he pedido honda, profundamente: estoy perdiendo la batalla. Me cuesta vivir con semejante dolor a diario. Le estoy hablando de un dolor intolerable y le pido ayuda URGENTE. Tengo un miedo recóndito, oscuro, respecto a que si no consigo acabar con esta situación, optaré por cortarme las venas.

—Debe calmarse. Ante todo, debe calmarse.

Me dan ganas de insistirle que no se trata de que me calme o no… ya es un dolor físico crónico. Inmediatamente recuerdo eso de que “no hay peor ciego que aquel que no quiere ver”. ¿Resultado? Me enterré la uña del pulgar izquierdo en la palma de la mano y callé. Como no, el doctor me juzgaría “histérico”. La “histeria”: aquel viejo mal decretado a todos aquellos que no podían controlar sus sentimientos a niveles socialmente aceptables. Pensaba en ello, cuando advierto que escribe una receta. Sabía lo que venía: calmantes encaminados a anular al monstruo que había en mi interior. Pero, más allá de un intento fallido de aniquilar a la bestia, lo que harían aquellas drogas sería moler todavía más mi cerebro.

Guardé silencio. Si había consultado a un psiquiatra era para conseguir un “tratamiento”, medicamentos que “atacaran” mis males. (“Doctor, si quiere dígame enfermo, loco, maníaco peligroso, pero firme esa bendita receta…”).

—Usted va a comprar estos remedios y los tomará de acuerdo a mis indicaciones. ¿De acuerdo?

—Sí, doctor.

—Le dejaré unas muestras médicas mientras lo compra.

—Sí, doctor.

—¿Puede comprarlas?

—Ojalá existan versiones baratas. Estoy sin trabajo. Creo que ya se lo había comentado.

Lo veo alejarse mientras se acerca a su despensa. De pronto, siento un deseo casi irrefrenable: acercarme, dejarlo inconsciente y robar todas sus muestras. Luego, huir precipitadamente. Me inunda el horror: ¿por qué pensé aquello? ¿Qué me sucedía?

Dejó dos cajas sobre la mesa. Una de ansiolíticos; la otra…

—Quiero que usted duerma. Para eso, debe tomar una de estas pastillas a las 8 o a más tardar 9 de la noche para que a las 12 esté ya dormido. Usted debe evadirse de su negatividad, en principio mediante el sueño forzado. Es absolutamente necesario.

Casi de manera impersonal me entrega la receta:

—Tome esto según mis indicaciones.

Su expresión final es de un hartazgo IMPRESIONANTE. No me atrevo siquiera a jugar una broma como despedida. Entreveo lo que debo hacer: buscar la puerta, salir y decir solamente: “Gracias, doctor”.

Llego a la puerta. Me tiemblan las piernas. ¿Tan insípido y poco cordial sería el fin de esta particular escenificación entre doctor y paciente? ¿No podía pronunciar ninguna frase FELIZ que arreglara la tensión?

Tras cerrar la puerta, la reabro:

—Doctor ¿cuándo lo vuelvo a ver?

Me mira con una intensidad tal que pareciera que le fuera a explotar el cerebro y los ojos salírsele del rostro.

—Disculpe: pediré hora.

UN FINAL “ALTERNATIVO”

Originalmente, esta historia tenía un desenlace distinto, pero se fue desarrollando según una cadencia propia hasta el fin “oficial”. Sin embargo, la conclusión original comprendía la final internación del protagonista en una institución psiquiátrica. Llevar las cosas a tal extremo, nos pareció, podía restar validación al texto. De hecho, si bien con ciertas exageraciones y uso de recursos humorísticos, es completamente posible un diálogo entre un psiquiatra y su paciente tal como el descrito.

Ahora bien, reseñamos este fin pues juzgamos interesante su carácter contenidamente psicótico. Usted juzgará. Estos son los sucesos:

“El paciente sigue desconfiando del psiquiatra, a sabiendas de que muy pronto le espera la blanca reclusión de un asilo para locos. Ante todo, le inunda un total descreimiento de la capacidad y legitimidad de su examinante, sumado a una rotunda falta de fe respecto a que una institución universitaria pueda entregar mediante un “diploma” la facultad de determinar y dar tratamiento a los males psiquiátricos de otro. ¿Qué o quién garantiza que un psiquiatra lleve una vida equilibrada como para enfrentarse a daños tan graves como los que afectan a un cerebro humano?

—Esto no está resultando —digo.

—¿Qué?

—Desconfío de manera absoluta y categórica en ti.

—¿Porqué?

—¿Quién eres tú para juzgar lo que pasa en mi cerebro?

—Tengo estudios.

—Tus estudios no valen nada. Soy periodista ¿por eso, acaso, grabo nuestra conversación?

—Lo estás haciendo. Precisamente ahora.

—¿Sí?

—Sí, en tu memoria. Y escribirás un cuento sobre esta situación.

—¿Tan importante te crees?

—Seré el ser más importante del planeta mientras escribes tu relato.

—No das para tanto, doctor.

—Insúltame…. Eso no disminuirá ni un ápice mi verdad. No existes tú ni tendrás tu bendito cuento si desaparezco. Querías matarme para adueñarte de mis drogas… ¿Crees que no lo advertí? ¡En qué triste ser te has convertido!

—Tus interpretaciones me son indiferentes. Eres tan ilusorio como yo. Tú, gran psiquiatra, no eres nada sin mí, tu paciente. Pero quiero hacerte una pregunta, antes de que uno de los dos elimine al otro.

—Dime.

—¿Cree que mi comportamiento es anómalo?

—Es muy difícil decirlo. Con mis años de profesión, no puedo determinarlo. Pareces extraño y no puedo entenderte. Eres absolutamente antisocial, pero no “odias” a la sociedad, un recurso que sería muy fácil de aplicar. Tampoco he notado rasgos de agresividad en ese sentido. La gente no te es indiferente y el dolor ajeno te destroza el corazón. Te resguardas bajo una coraza, una impenetrable protección que te mantiene inmune. De todas formas, eres tremendamente cobarde… Además, no deja de sorprenderme tu apatía ante lo real y todo lo que te rodea. Es casi… No sé si lo interpreto bien. Es como si quisieras ANULAR EL MUNDO. Negar su misma existencia. Convertir al mundo en nada.

         Reaccioné con rapidez:

—Doctor ¡máteme! ¡Por favor se lo pido! Si no puede hacerlo, consiga que me recluyan de por vida. ¡Ya no puedo vivir más entre los hombres! No puedo más…

Supongo que me inyectó la droga suficiente y supo deshacerse de mi cuerpo.

El hecho —indiscutible, a estas alturas— es que estoy muerto.

Por: Francisco Ramírez (Chile)

framirez2015.wordpress.com


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