El minotauro

Sucedió una tarde mientras pulía los deformes versos de un poema. Él salió de debajo de la cama, no lo podía creer.  Sí. Lo sé. Cualquiera en sano juicio hubiera dicho que aquello era producto de mi imaginación o de mis muchas noches de insomnio en las que el consumo excesivo de anfetaminas habían apresurado mis alucinaciones; y a lo mejor, ahora lo creo, a pesar de la poca fe de mis doctores, que esta bestia mitológica, después de todo, sí saltó de alguna palabra laberíntica que se me había caído de mis muchas páginas tachadas.

Mi primera reacción fue caerme de la silla en la que me encontraba sentado escribiendo. Los libros, los pocos libros que me esperaban ansiosos por ser leídos saltaron de sus estantes para ponerse a salvo donde pudieran, volaron por el aire, algunos se golpearon en sus lomos de cuero, otros se desprendieron de sus duras tapas y desparramaron sus hojas por el piso, por ejemplo,  Poeta en New York de Federico García Lorca trató fallidamente de ponerse a salvo en el armario de la ropa y, Hojas de Hierba de Walt Whitman, quiso obstinarse en aletear debajo de la puerta para no ser pisoteado por las pesadas pezuñas del minotauro quien, a pesar de sus intentos, quebraba repisas, tumbaba cuadros y porcelanas, y al fin, exhausto, tuvo que sentarse sobre las ruinas que iba dejando a su paso por mi habitación para mantener el equilibrio de su cuerpo de toro.

Al minotauro (ahora que lo pienso, no sé si lo soñé, aunque aún persisto en negarlo), a él, al ser mitológico por antonomasia y  no quien escribe estas truncadas líneas sin suspiros, le bastaron solo unos segundos aprender a hablar mi idioma, para recordar el laberinto de su oscuridad reciente en la que parecía haber dormido la muerte silenciosa del olvido durante miles de años, a él, a esta bestia mítica  los siglos de su edad se le notaban en su piel cubierta de una pelambre teñida por las guerras y la sangre de los combates. Y luego, unos instantes después, al verme tembloroso, pálido, al ver reflejada su monstruosidad en mi pupila me dijo que no esperaba despertar tan pronto, hubiese preferido estar perdido, extraviarse en la conciencia del espacio, decía, lejos del pobre criterio de los hombres, no es el momento de  surgir… No me pareció insólito que por las paredes de mi habitación aparecieran caracteres en diversos idiomas; incluso ni me extrañó que me señalara varias puertas invisibles en mi habitación y que nadie había visto, puertas a otros mundos soñados solo por la imaginación. Yo, incrédulo, intentando despertar, trataba útilmente de no exaltarme, de evitar sorprenderme demasiado ante los eventos fantásticos que mis ojos retenían. Tal vez estoy soñando, pensé, y el minotauro solo decía que todo se iría aclarando con el paso del tiempo, todo se equilibra en la balanza del tiempo, todo corresponde a la medida de las circunstancias, decía, y yo sin entender nada, tranquilízate, he venido a cuidarte, y estaré contigo mientras sueñes.

No comprendí lo que me dijo, pero sí creí que estaba soñando, que incluso yo mismo era parte de este sueño absurdo, debo despertar pronto, pensé, o de lo contrario seguiré eternamente soñando hasta que en la otra mitad del sueño, el minotauro, termine con mi vida o me extravíe en el laberinto de otros mundos; todo es sueño aunque de un momento a otro  deba  despertar, así es en apariencia y, tal vez, aunque con los ojos abiertos recibiendo la luz del día o mi calva aguantando las lluvias anuales de estos lados de la tierra o mis oídos viejos guardando los cantos de los pájaros que nadie jamás ha oído nunca, no obstante ni obstinación por despertar solo seguiré soñando.

Supe en aquel momento que nada podría alterar el cuso de esta realidad ahora mía, de este sueño inalienable, ni lo que yo escribiera ni lo que imaginara, por más poderoso que fuese el olvido o mi tedio.  Mi imaginación no alteraría los hechos que vivía en ese momento, repetía para mí, mientras el minotauro se extraviaba en el laberinto de mis ojos que veían incrédulos cómo se reconstruían los anaqueles, los libros regresaban a su lugar de origen, mi cama volvía a dormirse tranquila e iba desapareciendo el desorden de la habitación. Oí un sórdido bramido que hizo temblar los marcos de las puertas y de las ventanas. Fue entonces que decidí seguir escribiendo estos sueños antes de que siguiesen expandiéndose por mi realidad como un virus por el aire. Pero solo ahora, años después de estos eventos fortuitos, pienso que tardé demasiado en olvidar o que a lo mejor he sido inexacto en mi relato porque ha sido imposible contener dentro de mí al minotauro en el que me estoy convirtiendo.

Por: Elías Ruth (Colombia)

esquinasazules.blogspot.com.co


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