Nuestro adiós

Estás de pie frente a la puerta del tren que te llevará consigo. Quiero verte con claridad, pero no puedo por más que intento. Las lágrimas que se han ido concentrando en mis ojos me dificultan la vista y no quiero humedecer este pañuelo que recién me has obsequiado. Debería alzarlo para despedirte y desearte un viaje seguro, pero mis manos lo aferran con desesperación frente al abrigo negro que abriga mi pecho. Realmente te estás yendo. Te vas sin darme una noción de cuántos días habré de esperarte, dejándome en un estado de incertidumbre repleta de agonía. Era dulce quererte aun sabiendo que no te quedarías, pero siento amargo el verte irte mientras te quiero con aún más fuerzas. Te volteas para sonreírme con tristeza. Qué guapo estás con esa camisa almidonada sobresaliendo de tus pantalones y con tu cabello rubio despeinado con rebeldía. Sé que para ti tampoco es sencillo tener que decir adiós. Sé que te duele quererme y verme de esta manera. Sé que también extrañarás nuestras conversaciones en la mesa apartada de algún café que quería aparentar ser parisino. Extrañarás mis preguntas curiosas y tus respuestas espontáneas, las risas ahogadas por la noche en mi ventana para que nadie te descubriera, las canciones que tocaba para ti frente al piano antiguo que había en el salón de tu casa y nuestras caminatas con los pies descalzos a la orilla de la playa. Ahora te veo tan cansado que me quiebro. Ellos te apresuran para que subas, que no hay manera de que te quedes debajo de esos vagones, que se hace tarde y en otro lado les esperan. Yo corro hacia ti para abrazarte con el miedo alarmante de que esta vez sea la última. Evoco el recuerdo de nuestra primera mirada furtiva, de mis mejillas sonrosadas al oírte el primer día que nos vimos diciendo que era hermosa, de la primera foto en blanco y negro que nos hicimos afuera de una heladería, de los primeros besos robados a escondidas, de mis manos temblorosas rozando con timidez por primera vez tu espalda expuesta y de tus dedos abotonando mi vestido con cariño y con cautela. Me hago daño pensando en lo posible que parecía ser un nosotros eterno, en lo mucho que luchamos para que nadie nos quitara lo nuestro y en lo poco que duró la dicha de tenernos. Porque tú me rodeas con tus brazos y me elevas en un giro que no consigue más que romper mi corazón en mil trozos pequeños. Porque te beso con prisa y tú tomas mi rostro para que te observe y te prometa que no olvidaré cuánto nos quisimos. Porque me pides que trate de querer alguna vez a alguien más de la misma manera, que no te espere por toda la vida privándome de amor y cuidado, que merezco que alguien me entregue todo lo que a ti te ha quedado por entregarme. Me dices que me amas y que me tendrás latente en tu recuerdo, que ninguna sonrisa se igualará nunca a la mía, que me escribirás y que me extrañarás con demencia. Me ruegas que te perdone por no poder hacer que las cosas se dieran de otra manera, por no haber podido contra ellos, por no poder quedarte o huir conmigo, pero que algún día entenderé los motivos. Vuelven a llamarte con enfado. Vuelven a decirte que el tren tiene que partir. Vuelven a escupirnos en la cara nuestra desgracia. Así que retrocedes para apartarte y yo me cubro la boca con angustia. Te volteas en dirección a sus rostros expectantes y te subes para unirte a ellos. Me buscas rápidamente desde las ventanas, pero el tren arranca, dándonos solo un par de segundos para despedirnos con la mirada. Y así de pronto, te has ido y he quedado destruida en la estación de ferrocarriles más triste de todas. Duele como nunca habría imaginado. Vivo con sinceridad e intensidad el dolor que en este momento me inunda. Mañana tendré que cuidar las apariencias. Tendré que ponerme el mismo labial rojo y los mismos anteojos negros de siempre para que nadie se dé cuenta. Tendré que poner alrededor de mi cabeza este pañuelo color crema que aún sostengo con firmeza y fingir que no me atormenta el hecho de que un día antes estuvo en tus manos y se empapó de tu aroma. Tendré que sufrir en silencio tu ausencia y simular que estoy bien. Mañana seré la niña alegre de padres prudentes que no puede escoger quién ser ni a quién amar. Mañana tendré que recostarme entre las flores más bonitas de la pradera y pretender que en ese mismo lugar no me volví una sola contigo alguna vez. Mañana tendré que pasar frente a tu casa con la espalda erguida y el corazón punzante, deshaciéndome de la esperanza de verte por ahí. Mañana seré valiente, pero ahora no. Ahora te lloro y me lloro a mí, porque merecíamos más que lágrimas incontenibles, más que voces masculinas torturándonos y más que promesas que no sabemos si podremos cumplir. Nos merecíamos más que esta despedida, más que un amor oculto, más que un beso fugaz y más que palabras cargadas de aflicción. Nos merecíamos más, muchísimo más que una guerra sucediendo a trece mil ochocientos seis kilómetros de distancia de por medio en nuestra historia de amor.

Tomado de las memorias de una vida pasada que habitan en mi corazón.

 

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