Escritores de Letras & Poesía Isaias M. Creig (Argentina)

El Beso

La textura de sus labios, la sensación mojada al sentir su lengua dentro de su boca y de introducir la propia en la de ella. Los movimientos de ambos rostros buscando adaptar las posiciones de sus narices para que calcen y compartan la respiración armonizando todos los movimientos. Los ojos cerrados y su aliento a menta mezclándose con el propio chicle que bailaba bajo sus lenguas inexpertas y sin ritmo. Así es su primer beso: un acto preestablecido desnudo de sentimientos, ajenos a las pasiones profundas. Solo un acto, había sido solo un acto. El acto de besar, la acción de dar un beso. El contexto, la chica y el corazón habían quedado relegados, alojados bajo aquella acción chata, limpia y rígida, sin movimiento interno, sin calidez alguna.

Después de aquel beso se sintió diferente, algo aturdido y confuso. Todos aquellos movimientos, todo aquel acto lo había excitado sí, pero solo por un momento. ¿Así era? Sintió que había besado solo una boca sin la persona detrás. Había realizado una acción que como cualquier otra le había provocado reacciones físicas acordes a ella. ¿De eso se trataba el primer beso? ¿Aquello era lo que lo transformaba en un ganador? ¿Ganador de qué? ¿No era necesario sentir algo por la otra persona a la que besaba? Al parecer eso solo pasaba en las películas. Lo único que lo constituía como hombre era el acto, solo el acto. ¿Por qué no se negó a las presiones de sus amigos? Tal vez por perderse ser el primero en besar a una chica más grande, tal vez por miedo a quedar relegado de ese grupo. Por la noche se acostó y al cerrar los ojos se encontró con sus trece años y  una sensación incómoda, como una picazón, algo que le decía que le hubiese gustado que las cosas hubiesen sido de otro modo.

A meses de cumplir treinta años está en la vereda de un bar sentando frente a una chica. La noche es cálida, una luna gigante se alza sobre sus cabezas y sobre los miles de edificios que los rodean. Tienen una cerveza de por medio y un plato de papas. Él mientras la mira se lamenta haberse cortado el pelo justo dos días antes en una peluquería en donde le hicieron un corte moderno que no iba con su identidad. Se siente incómodo y torpe. Le transpiran las manos. Pero sostiene una postura relajada a fuerza de tragos de cerveza. Ella habla suave y rápido. Por momentos se toca la nariz, como una especie de tic nervioso. Tiene el pelo iluminado con reflejos rubios y la piel tostada. Sus ojos están delineados al estilo pin up y sus labios llevan brillo. Al cabo de unas horas se van caminando porque están cerca de su casa. Lleva puesto un vestido celeste que marca su figura y deja desnudos sus hombros. El se da cuenta de que, debajo de la clavícula,  tiene tatuado algo y le pregunta. Ella le comenta que son huellas de gato, de sus gatos que ama. Entonces él desea ser un gato. Al llegar a la puerta él solo habla buscando las palabras que le sirvan de puente hacia su boca. Hasta que por fin lo hace: le da el beso más torpe y feo de su vida. No coordina ni un movimiento, su lengua es un mástil inmóvil, la saliva se le escapa por los costados y la mandíbula se mueve como la de un pez fuera del agua buscando vivir. Luego de un par de intentos frustrados por mejorarlo se despiden. Mientras emprende la vuelta solo piensa en aquel terrible acto: no fue un beso, fue cualquier otra cosa pero no un beso. Al entrar a su monoambiente lo ve más vacío  y desordenado que nunca.  Se acuesta tratando de no pensar. Tarda horas en poder dormirse y cuando lo hace tiene los dientes apretados.

Suena la alarma del celular despertándolo con treinta y un años, casi treinta y dos. Se levanta, se baña y se viste. Toma una taza de café mientras piensa en que tiene que llamar al flete y conseguir cajas grandes para meter todo lo que falta. Deja la taza sobre la mesa y recorre los pocos metros que hay hasta la cama donde ella duerme. Acaricia su frente y luego su pelo. Ella se mueve dejando ver el tatuaje de las patitas de gato y sonríe. “Acordate de llamar al flete, mira que tenemos que hacer la mudanza este viernes”  dice entre sueños. Él asiente en silencio y sonríe. Se besan. Es el primer beso del día, otra vez.

Por:  Isaias M. Creig (Argentina)

lacolumnadelarquero.blogspot.com.ar


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