+18 Cuentos Escritores de Letras & Poesía Juan Sin Ombligo (Colombia)

Sapiosexual library on fire

Ella estaba con un vestido rojo, tacones rojos, labios rojos, como si no hubiera otro color. Claramente el motivo por el que ella quería este trabajo es que quiere library on fire, pensé sin darle tantas vueltas, es más se le notaba que no era de este pueblo, con apenas 1900 habitantes y 850 libros que no suman más de 15000 páginas, es que ni siquiera se podría decir que hay medio libro por persona. Llevo 25 años queriendo salir de acá y no lo he logrado. Olvidaba decirles, de los 850 libros dos son míos.

Bueno me decías que te llamas… ¿Felicidad? Le pregunté aún escéptico. Sí, me llamo Felicidad, creo que mis papás estaban un poco contentos cuando me hicieron o me tuvieron. Felicidad, me podrías decir ¿por qué una licenciada en literatura moderna quiere recluirse a trabajar en una biblioteca de pueblo? Esperaba inquieto su respuesta. ¡Ah! Lo siento me distraje. Le repetí la pregunta. Me responde solloza, a decir verdad estoy terminando, es más busco un trabajo que no me exija mucho para poder terminar mi tesis y pensé que este sería un excelente lugar, mi abuela vivió toda su vida acá. ¿En la biblioteca? Le pregunte asombrado. Se río y dijo —Noooo ¿cómo crees? En el pueblo. Tomó el trabajo y se quedó atenta a mi escarapela, le dije —Marcos, me llamo Marcos. Le faltaba la r a la palabra bordada.

Ella se fue familiarizando poco a poco con las secciones y los títulos que más solicitaban. Un día cambió por completo su distante actitud y decidió hablarme cuando vio mis dos libros en la sección de dramas de la tercera edad. Ahora se sentaba conmigo a la hora del almuerzo, ella había tomado por un par de días mi libro “El sexo de los viejos” sintiéndose atraída por mis conjeturas. Cada vez que le pasaba un libro para contramarcar sentía que ya no era accidentalmente que me tocara la mano por varios segundos, cuando pasaba revista de la biblioteca ella me guiñaba el ojo. Los días jueves que no llevaba almuerzo ella traía doble porción. Ese día la conversación se tornó un poco…

Me decía sin tapujos: —Una de mis fantasías es hacerlo con un escritor en una biblioteca. Me intimidé pero hay muchos escritores (algunos publicados y galardonados) y eso me hizo sentir tranquilo hasta que dijo: —Que trabaje en una librería de 850 libros. Eso ya no era casualidad sino causalidad.  Nos fuimos a la sección de poesía, la menos visitada, y ella me empezó a besar y sin ningún preámbulo me metió la mano entre el pantalón y a los pocos segundos la saco de inmediato. No estaba listo. Ella se dio la vuelta y no dijo nada. Esperaba algo más de mí, no sé si era el tamaño o la actitud, creo que esperaba un Bukowski o Sade.

Esa noche todos se fueron y me quede con el viejo espíritu de la biblioteca. Todas las bibliotecas  tienen su espíritu protector. Leía un cuento de Cortázar, Las manos que crecen, y le dije al espíritu que quería ser un cuento llamado “el pene que crece”, no podía dejar de pensar en Felicidad. Yo que soy un tipo triste debería tener una Felicidad para mi vida. Me quede dormido en la sala de reposo. Desperté en la madrugada y salí para mi casa como siempre en la bici, pero me sentía algo incómodo.

Al día siguiente volví a ser el ignorado de hace unos meses, sin Felicidad en mi vida seguía siendo Marcos el triste. Me escondí en la rutina y en el arrume de libros nuevos por contramarcar, de 850 libros pasamos a tener 1002 libros, los dos míos son los últimos. Pensé en llevármelos para dejar la biblioteca en números perfectos, al fin y al cabo nadie los leía. Cuando fui por ellos ella los tenía y andaba hacía el desván, la seguí para ver qué haría con ellos. Les prendió fuego. No sabía que el no estar listo en un instante de pasión pudiera provocar dicha reacción, era en el fondo comprensible, era su fantasía y yo el único escritor del pueblo.

Al cabo de unas cuantas horas me le acerqué y le pregunté por mis libros, sin excusas me dijo: —Los quemé, sabes tengo un problema, no sé desde que llegó a mi Fahrenheit 451 tengo un bajo instinto personal de quemar los libros escritos por personas conocidas, como si con eso pudiera liberarlos de sí mismos. No supe qué responder, tartamudeaba —No-No-No c-r-e-o queeee sea cierto. Ella me cuestionó —¿Hace cuánto que no escribes? Le dije que hace un par de años estaba intentando encontrar… me cortó y dijo: —Lo ves, ahora podrás volver a escribir, ya no eres preso de tus viejas ideas. Me abrazó como si con eso la perdonará y superara lo ocurrido.

Las noches se me hacían cada vez más largas, terminar solo el turno y cerrar me exponía como un triste predador necesitado. Después de caminar unos minutos hacia el bus me dieron ganas de miccionar y no le vi problema en hacerlo en el poste, como un perfecto animal de costumbres. Al tomar mi pene lo sentí más pesado, más grande. Acabé y corrí a la casa a percatarme de lo que ocurría. En estos temas cualquier centímetro cuenta. Al llegar a casa y notarlo bien, sí, estaba más grande. Igual solo mi mano podría de momento comprobarlo. Me puse el Blue-jean más apretado que tenía, ahora sí que se notaba.

Cada centímetro cuenta me decía mientras caminaba hacia la biblioteca municipal, entre más crecía más disminuía la distancia entre Felicidad y yo. Fuimos a la sección de poesía y después de besarnos mandó su mano a mi entrepierna y estaba confundida. Nunca había tenido sexo de esa manera, decía: —Hazme poesía, llega en mi interior, que tu hombría escriba como pluma de blanca tinta dentro de mí. Llegué, una vez acabamos el acto mi pene seguía creciendo, fui al baño a intentar acomodar y disimular. Ella no disimuló su placer y library on fire. Le prendió fuego a la sección de poesía. No paraba de crecer y los libros de arder.

El joven de oficios varios tomó el extintor y apagó el fuego evitando un incendio, ahora eran de nuevo 850 libros. Yo le adjudiqué el accidente a un lector que regularmente sacaba libros sobre inflamables, él pago una multa y dos noches en la cárcel municipal. Cinco días después volvimos a abrir y ella estaba ahí con su sonrisa descarada viéndome el bulto en la entrepierna que ya se hacía imposible de simular. Me llevó a la salida con una amiga que según ella podría ayudarme. Tenía la vaga idea que sería una doctora o una quiropráctica, mas en el lugar solo había cámaras y extraños objetos fetichistas. La amiga era directora de cine para adultos.

Felicidad me dice sonriente: —Mira este protomacho, amiga. Créeme que no te decepcionará. Luciana espeta: —No si ya veo que tiene lo suyo. ¿Quieres que te hagamos una prueba? Pregunta Felicidad, y yo quedo atónito cuando veo que ambas se me acercan con una sensual mirada y se rompen en risa. Respiro profundo. Ellas siguen conversando y se acercan, unísono me dicen: —Mil dólares por movie. Esa noche en mi cama no podía dormir por tres motivos:

  1.  En los cinco días que no abrí la biblioteca ocurrió algo en el municipio aledaño, sin ser casualidad la biblioteca quedó reducida a cenizas, con el director de la biblioteca dentro de ella. Pensé que corría un grave peligro con Felicidad cerca de mí y tan caliente.
  2. No paraba de crecer y ya no sabía cómo acomodarme.
  3. Mis problemas económicos podrían estar resuelto con tan solo unos cuantos vídeos.

Al despertar la decisión estaba tomada, ya estaba tan grande que era un asunto médico y  no de espectáculo. Ya en el consultorio el Dr. Piper me comenta sobre el síndrome que puedo estar padeciendo y me envía unas cremas, menjurjes y así… pero no era el único que necesitaba ayuda profesional. Apenas tuve ocasión le dije a Felicidad que la acompañaría donde mi primo, un psicoanalista muy reconocido en la ciudad, ella aceptó entusiasmada, más por el viaje que por la posible ayuda que podría recibir.

Íbamos en mi carro escuchando la radio frecuencia municipal, ya por salir en carretera escuché la palabra incendio, dejé a un lado la conversación que estábamos teniendo sobre las cadencias rítmicas en la lingüística diferenciada entre los escritores del caribe nacidos en poblaciones cercanas al mar vs los nacidos cercanos a ríos. Le subo el volumen y escucho “se repite incendio en la biblioteca municipal, tal parece es una represaría del anterior atentado ocurrido ahí mismo, en esta ocasión ha cobrado la vida del director, la ayudante y el joven de servicios varios” miro a Felicidad y ella me dice —Ya eres libre para dedicarte a escribir y además a nadie le harás falta, alguien debía hacer eso para sacarte de ese pueblo. Observo el humo por el espejo retrovisor y siento un impulso por escribir, uno que ya hace muchos años no venía. El joven de servicios varios se tomó el día libre, por cierto— Me decía Felicidad como si me importara.

En la radio la música pasa de gaitas y tambores a contrabajos y saxofones. Llegamos algo cansados y yo no podía aguantar una erección más. En la sala de espera escucho a mi primo jadear y a Felicidad gemir, pensé que se trataría de una terapia de choque  con técnicas de hiper-ventilación, mas al ver que la sesión no terminaba, ese jazz molesto de sala de espera no mejoraba y la decoración freudiana fálico representativa no me ayudaba con mi imaginación, abrí la puerta, es correcto, estaban en una terapia de choque de cuerpos, cerré la puerta haciéndome notar y detrás de mí como perra olfateando estaba ella. Nos calmamos, mi primo me dijo que Felicidad presentaba un cuadro de piromanía post sapio-sexualidad, es decir se ponía muy caliente si había cerca personas inteligentes, o entornos con conocimientos, y eso la llevaba a literalmente querer arder e  incinerar todo a su paso.

Recuerdo cuando mamá me dijo: —Búscate alguien que esté detrás de tu cabeza y no tu bolsillo. Espero Felicidad le traiga paz en su tumba. Solo fueron necesarias unas semanas estando juntos para que ambos nos curáramos. Yo no dejaba de escribir, lo que la enloquecía, pero mi pene tampoco dejaba crecer, hiriendo su manía, tarde o temprano el rechazo llegó, le cogió fastidio al sexo con personas con cabezas grandes (también me refiero al glande, que ya era bastante grande). Ella se curó esa noche, fue última vez que le prendió fuego a algo, nuestra habitación ardía,  yo intentaba salir pero mi pene no dejaba de crecer y ya no cabía por la puerta, tuvo que cortarlo. El bombero dijo que el fuego se originó en el estudio, en el manuscrito en el que estaba trabajando, pensé en la camilla del hospital, la mire y ella me dijo con una risa tímida —sabes que era malo, ambos eran malos para ti, tu pene te estorbaba y tu intento de libro ni se diga, más bien deja de hacerte la víctima que ahora eres libre de poder escribir algo realmente bueno, sin el peso de tus huevonadas. Desmaye.

Dicen que las almas gemelas llegan a darle rumbo a tu vida y luego desaparecen. Al despertar Felicidad ya no estaba, seguía eventualmente las noticias para ver si había alguna library on fire, no volví a oír de un “accidente” así. Yo no quede eunuco, es más el seguro pago indemnización (lo mande ha hacer tal cual quería) y mi fertilidad literaria ahora esta en su mejor momento.

Por: Juan Sin Ombligo (Colombia)

juansinombligo.wordpress.com


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