Cuentos Escritores de Letras & Poesía Santiago Angarita Yela (Colombia)

El veterano de Ayacucho

Por Santiago Angarita Yela

Yo no sabía del coleo hasta antes de planear el viaje. Ahora sé que se practica en escenarios similares a los de las corridas de toros, solo que más largos y rectangulares. Tarimas a lado y lado, dos hombres a caballo y una pobre res blanca y asustada, corriendo despavorida para evitar ser derrumbada. El objetivo es hacerla caer, con un despiadado jalón de cola y no sin antes darle dos vueltas para que la inercia remplace la débil contextura del jinete. Porque si uno lo ve con unos tragos en la cabeza, da la impresión de que los perseguidores son tan fuertes que pueden lanzar por los aires a un novillo adulto, y uno todo ebrio y atolondrado piensa: qué berracos esos llaneros, algo debe tener la planicie que los bendice con dones sobre humanos. O ha de ser la carne de chigüiro, que bien sabrosa sí que la preparan en el pueblo donde nos hospedamos.

Federico no podía empezar un semestre sin pegarse su buen viaje. Era la primera vez que tenía el honor de ser su acompañante y digo el honor, porque para nadie es un secreto que si de dinero se trata, no hay nadie en todo el valle que supere el capital familiar de Federico. Puede ser muy mi amigo pero creció siendo un pelado mimado y nunca aprendió a defenderse de las malas mujeres. Lo conocí en una taberna a unas cuantas cuadras de la universidad, estaba tirado sobre la mesa, con ese pelo largo empapado en vómito. Los borrachos se reían y la mesera trataba de despertarlo, su decadencia estaba espantando a la clientela, era la decadencia o el olor a vómito tan berraco que emanaba su tusa vespertina. Al ver que dos hombres de panza y carriel amenazaban con sacarlo a plomo, me acerqué a Federico, me presenté como un supuesto amigo de algún primo suyo que conocí en las pasadas ferias y con la excusa de llevármelo de putas logré sacarlo de la taberna, del vómito y de las amenazas del par de lavaperros. Ese día no nos fuimos de putas, yo no llevaba un peso en el bolsillo y desconocía que aquel garabato era Federico Garcés. Terminamos la tarde sentados en un parque, hablando de malas mujeres y bebiendo cerveza costeña, sí, costeña, así de vaciado andaba. El mechudo me contó que estaba mal por una pelada de la universidad, una tal Sarah Fuentes, la describió como una ninfa encarnada y a juzgar por la precisión de los detalles le creí cada palabra. La venus universitaria lo había buscado solo por su dinero, Federico le compró un carro y pagó dos de sus semestres. En su inocencia de burgués entecado pensó que tal inversión auguraba un compromiso matrimonial, con razón le dio tan duro cuando se enteró por boca de la mejor amiga de Sarah que su adorada ninfa salía con otros tres pelmazos. Con lágrimas en los ojos y acabándose la costeña de un solo sorbo me contó que lo más duro fue que la delatora solo lo iluminó con la verdad, para poder cortejarlo o más bien a su dinero. Al caer la noche, intercambiamos números, Federico cogió taxi y yo caminé hasta la estación del transporte público. Dos meses después de ser su amigo fue que me di cuenta de que aquel desgarbado mechudo tenía la plata suficiente para comprar mi casa ochocientas veces. Mi falta de atención y el mediocre nihilismo que el estrato tres otorga, desbocó la fundación de uno de esos lazos fraternos que ni el tiempo ni los problemas logran acabar. El mechudo sabía que a mí no me importaba su dinero, lo que más disfrutaba de nuestra amistad eran esas incesantes aventuras que vivíamos a lo largo de la ciudad; Aventuras, que nos llevaron a explorar múltiples versiones de Cali, escondidas en el tumulto, salvaguardando magias arcana, pureza de corazón, indigencia, prostitución y trabajo duro. Federico cambió su manera de ver el mundo, esto agradó a sus padres a tal punto que lo dejaron abandonar la universidad y viajar por un buen tiempo, hasta que encontrara su verdadera identidad; la enfermedad del postmodernismo, el vagabundo con dinero.

En el último de sus viajes decidió invitarme, no es que no me hubiera invitado antes, pero a uno de pobre lo único que le queda es el estudio, por eso siempre rechazaba sus ofertas, la academia iba primero. Esta vez fue diferente, me cogió en vacaciones, apenas dijo viaje le dije que sí, sin siquiera saber a dónde. Me decepcionó un poco por esa mala maña de sobrevalorar el extranjero, cuando dijo que el viaje iba a ser dentro del país, a un pueblo del Casanare, Tauramena, que ahí iba a haber un mundial de coleo y que él ni sabía qué era eso, pero donde hubieran ferias bovinas había viejas con tetas falsas. Por su condición de burócrata se acostumbró al plástico; no pude quitarle la maña por más amigas que le presenté.

El avión aterrizó en Yopal y después de dos horas y media en bus llegamos a Tauramena, ahí nos recogió un amigo del papá de Federico, un coronel del ejército que vivía en el batallón ubicado en una hermosa meseta a pocos metros del casco urbano del municipio. Los primeros días se dividieron en comer carne oreada, presenciar el mundial de coleo, intoxicarnos con aguardiente néctar y levantar provincianas de piel cobriza, ojos de estrella y fuego en las entrañas, siempre ataviadas con un andar tan profundo como el horizonte llanero. Una semana de excesos después, decidimos que el viaje no estaría completo hasta caminar sin rumbo en el lomo de un corcel y acampar bajo la bóveda celeste en el lugar donde nos coja el sueño, bien adentro, donde la tierra se besa con el sol, donde el llanero se da en la jeta con el diablo.

El Dios dinero es benévolo y misericordioso, Federico alquiló dos caballos y un guía. Trazamos una hoja de ruta, nos atiborramos de provisiones y llevamos ya dos días sin saber de ninguna urbe, solo pequeños caseríos y fincas en el camino. Me arde la entrepierna, tengo soltura estomacal y las manos infestadas con picaduras de mosquitos. Pero jamás había estado tan a gusto en la intemperie, ni siquiera cuando en Cali subíamos con los parceros a explorar los farallones. Aquí también hay farallones y según el guía es nuestro destino, el parque natural San miguel, ubicado a 40 minutos del casco urbano de Aguazul. Yo sé que en auto nos hubiéramos demorado mucho menos, pero si nos pegamos el viaje hasta aquí, es para vivir la experiencia completa. Federico no ha renegado desde que se le pasó por completo el guayabo, de hecho, lo noto pensativo y lúcido, como si el aire fresco le limpiara las culpas. El guía es enjuto, moreno, porta un sombrero de copa alta, que le cubre la cara y el cuello de los indómitos rayos de la gran estrella. Habla bien golpeado, nos ofrece agua y aguardiente parejo cada que paramos a descansar. Es un experto guindando hamacas y hoy antes de desayunar nos enseñó a quemar una hierba extraña para que no se nos acercaran los mosquitos. Curioso ante los conocimientos medicinales del nativo, le pregunto por marihuana a lo que el vaquero responde con una risa ahogada. El caballo de Federico se desboca, mi buen amigo cae como un costal de papas sin hacerse mucho daño. Nos vemos obligados a parar en una posada arcana, erigida en madera y con establo para las bestias. El guía frunce el ceño al tener que ingresar en la instancia. En el interior un par de contrabandistas se abastecen de alimento para el viaje, al ver que somos turistas nos ofrecen mercancía, Federico les gasta una botella de aguardiente, pronto se hacen dos y el arpa suena dando paso a muestras de virilidad etílica. Pasamos la noche en la posada, escuchando historias sobre cargamentos de whiskey y lo difícil que es cruzar la frontera con Venezuela ahora que las FARC han firmado el acuerdo de paz. Les pregunto por qué toman esa ruta y me responden que es porque vienen de Bogotá, de dejar un cargamento. El guía se muestra reacio a participar de nuestra conversación, pasa el tiempo junto al establo, acariciando a las bestias y tomando a regañadientes el aguardiente que Federico le envía.

Despierto con la cabeza abombada, babeando sobre una banca de madera rústica. No veo a Federico al interior de la posada, así que decido salir a buscar en el establo. Lo encuentro dormido junto al heno, echo un ovillo, profundo e indefenso. De un puntapié lo despierto, indicándole que ya es hora de irnos, que tenemos que llegar al paso de los farallones antes del anochecer. El guía no me responde el saludo, desde la reunión con los contrabandistas se muestra hostil y huraño. Nos indica el camino a seguir con gestos y mugidos. Federico le solicita parar a descansar pero este lo ignora y metros más adelante dice que no para porque el camino es culebrero. No logro ver ni una sola culebra, sé que es mierda del guía, que está enojado y ya no nos soporta.

Es bello el amplio llano, belleza enfrascada en la monotonía de sus formas, es bello como una mujer de porcelana, bello, como un lago congelado. Almorzamos carne oreada sobre dos grandes rocas y a eso de las tres Federico avista el gran arco natural que anuncia la entrada a la reserva. Es hermoso y ante nuestra vista los farallones se alzan majestuosos imitando la espina dorsal de una gran bestia, indómitas extensiones de la cordillera, santuarios inexplorados de selva y magia. El guardia dice que tiene ganas de cagar, es burdo y certero. Se lleva el papel higiénico, una pequeña pala y se pierde en la maraña. Federico fantasea con que lo muerda una serpiente en el trasero desnudo, para ver si así se le quita lo amargado. Reímos un buen rato con la imagen, pasan quince minutos y después cuarenta, por más soltura estomacal no puede demorarse tanto en la letrina. El guía ha desaparecido y con él uno de los caballos. No nos dimos cuenta por andar mariqueando con bromas insulsas. Federico llora y golpea un árbol cercano. Trato de mantener la calma a pesar del miedo que siento ante la magnitud del camino que nos separa de toda civilización. Recuerdo que el maldito guía nos mencionó algo sobre un puesto de guardabosques en la entrada del parque natural. Le comento a Federico y este con fluidos en sus fosas nasales sonríe aliviado. Nos quedan dos caballos, carne oreada y varios costales con agua en cantimploras, es un alivio porque mi sentido de ubicación es nefasto y Federico decide designarme como guía. El primer día transcurre lleno de esperanza, cantamos para no dormirnos, temas de David Bowie, siendo el mayor Tom sin recibir respuesta de la base en tierra. Extraviados en el espacio, extraterrestres en la inmensidad de los farallones. Cenamos carne oreada y dormimos tiritando junto a una fogata mal armada, reviso las cantimploras y el agua aun abunda. Al segundo día encontramos una quebrada de corriente cristalina, jamás he presenciado líquido de tanta pureza, al sumergirse y mirar hacia arriba da la impresión de ver a través de un suave velo. El baño nos sube la moral, Federico ya empezaba a apestar a cadáver. Olvido quitarme la ropa interior al entrar a la quebrada, por lo que el resto del día dos tengo molestias con el rugoso pantalón de jean. Al caer la noche, el particular sonido de un perro mal herido nos obliga a dormir espalda con espalda, valiéndonos de los cuchillos para cortar carne como única arma contra las adversidades. Me despierto a media noche hambriento, a escondidas de Federico como un trozo, rompiendo el pacto de no comer más de tres comidas. Hago cuentas y el alimento alcanzará solo para un par de días más. Entendemos que el agua no será problema alguno, cada cierto espacio un arroyo rompe las intrincadas marañas del parque natural. Federico me comenta que creyó haber visto antorchas a lo lejos la noche anterior, me señala los riscos escarpados de los colmillos de piedra, le respondo que es peligroso creer en los delirios de su desnutrida imaginación.

El tercer día es un rosal sin horizonte, como el llano. Encontramos una cueva en el piedemonte del pequeño valle. Al ingresar en ella nos sorprende encontrarnos con una red de túneles que emulan escaleras. Amarramos los caballos a dos troncos, los alimentamos e iniciamos el trayecto al interior de la cueva, subiendo las escalinatas con cuidado de no resbalar. Voy delante, cualquier paso en falso supondría la muerte para Federico. Por suerte la pared del risco cuenta con pequeños agujeros naturales, que iluminan el interior de la cueva cual bombillas. Después de subir hasta que los pies palpitan, Federico me dice que es inútil lo que hacemos, gastando energía en vano, arriesgándonos a una herida imposible de sanar en nuestra condición de extraviados. Me siento estúpido por haber siquiera entrado a la cueva. Estoy a punto de retroceder, pero observo que uno de los haces de luz de la pared indica una cavidad de mayor tamaño. Federico maldice, aun así me sigue y nos encontramos ante una gran cámara iluminada, con una ventana rústica que rompe la roca, me acerco a la ventana y diviso el pequeño valle que nos encierra. Un cinturón de colmillos afilados, aislándonos cual barrotes en una prisión de hierba. Prisión que podría ser paraíso si tan solo supiéramos cómo cazar, conseguir recursos o sobrevivir sin las comodidades infundadas de la vida moderna. Federico se sienta en el piso de la cámara con el rostro entre las manos, sollozando.

—Parce, yo no me imaginé que el paseo fuera a terminar así. Perdóneme viejo Gustavo, perdóneme por todo, usted no ha hecho más que alegrar mi miserable vida y mire como le pago. —Dice Federico rompiendo en llanto.

—Aquí el único culpable ese ese hijueputa guía, no usted, usted ha sido el mejor amigo que he tenido y no diga que es el final, porque de esta salimos porque salimos. Hemos salido de situaciones difíciles juntos ¿se acuerda esa vez que le tocó la cola a la esposa del mafioso ese?

—En la fiesta de quince de mi prima —responde Federico limpiándose las lágrimas—, ese desgraciado nos iba a matar ahí mismo, si no es porque mi tía llega y me cachetea en frente de todos nos hubieran pelado encorbatados y borrachos.

Logro hacer que Federico sonría ante el recuerdo, se pone de pie y camina hacia la ventana natural de la cámara.

—Como rara esta cueva, es como si la hubieran tallado. La naturaleza es una cosa hermosa, un visaje serio. Hace días nos moríamos por vivir a la intemperie y hoy vivir a la intemperie nos está matando. Al menos vimos el mundial de coleo y un par de buenas tetas.

Bajamos con cuidado las amplias escaleras, Federico se resbala un par de veces pero las heridas no van más allá que simples raspones. Al llegar a la entrada de la cueva no encontramos a los caballos amarrados al árbol, ni cuerdas, ni el costal de carne, ni las cantimploras. Río ante la perdición inminente, un par de monos aulladores saltan sobre nuestras cabezas y rezo a los Dioses en los que no creo para aprender de repente las artes del cazador. Moriremos de hambre, con una despensa variada reptando, saltando y volando sobre nosotros. Federico ya no llora, solo mira desconsolado hacia la nada. Le sugiero que tratemos de encontrar otro arroyo, si no podemos suplir el hambre, podemos intentar no morir deshidratados.

Dos canciones de Bowie y una de The Clash después, arribamos a uno de los más grandes arroyos de todo el recorrido. No quedaba muy lejos de la cueva, así que le sugerí a Federico trazar una ruta a seguir y regresar a dormir en la seguridad de la cueva. El mechudo acepta y me pregunta acerca de la posibilidad de atrapar uno de esos monos aulladores, le respondo que podríamos iniciar por atrapar algún roedor pequeño. Decido darme un baño en al arroyo antes de iniciar nuestro experimental intento de cacería, Federico se queda afuera, se sienta en una gran roca y veo como de apoco su mirada se extravía en la desesperanza. Me sumerjo para relajarme, Federico frenético se lanza al arroyo sin despojarse de la ropa, con violencia me saca del agua, no para de gritar que ha escuchado un galope, múltiples galopes, que si no son nuestros caballos deben ser otros exploradores. Aguzo el oído y alcanzo a percibirlos, como puedo me visto y emprendemos la persecución hacia el sonido, gritando desesperados, con un nudo en la garganta, expectantes y asustados. Por momentos el ruido se hace más fuerte, luego parece desaparecer para regresar intempestivo. Corremos hasta desmayar de cansancio, frustrados y ahora sin el arroyo ni la cueva a la vista. Me arrastro con las ultimas fuerzas hacia Federico, sus ojos cerrados pero aun respirando. Me recuesto en su brazo derecho y doy media vuelta, observando con desgano las copas de los frondosos árboles, los párpados se cierran sin permiso. Una figura antropomorfa se cierne sobre mi campo de visión, del torso para arriba es un bello hombre, donde finiquita la espina dorsal un indómito corcel, es un centauro, han de ser los delirios del hambre, cierro los ojos y siento como mi cuerpo es zarandeado con violencia.

Despierto en una bolsa para dormir manufacturada en palma trenzada, a mi lado reposa Federico, está despierto y sonríe anestesiado.

—Casi que no se levanta pana, ellos vinieron y me dieron un agua como verdosa y espesa, solo sé que jamás me había sentido más cómodo —dice Federico mientras se acaricia el cabello.

—¿Ellos? ¿Agua verdosa? ¿Usted de que está hablando? Por favor dígame que los que nos encontramos son guardabosques.

El mechudo no alcanza a responder, un centauro de colosales proporciones se acerca a las bolsas de dormir, ubicadas en una artesanal cabaña incrustada en el piedemonte. Me levanto de la bolsa de palma y salgo a correr despavorido. Es inútil. El centauro de gris pelaje me alcanza y con una sola mano me levanta del suelo. Regresa en un trote suave, plantándome junto a Federico.

—No vaya a salir a correr de nuevo compadre, que primero se cansa usted que yo, si quiere más tarde vamos a dar una vuelta, ahí le tenemos los corceles bien afinaditos. Hace rato no veíamos un caballo por aquí, para nosotros son un símbolo, un recuerdo de nuestra labor protectora. Mucho gusto, Luis María Campos —dice el centauro y extiende un brazo amable, su voz dulzona me saca de la prevención y como si de un amigo de toda la vida se tratase le devuelvo el saludo.

—Mucho gusto, Gustavo Suárez —digo titubeando.

—Suárez, conocí un Suárez en la batalla de Ayacucho, cuando luché junto al comandante Antonio José de Sucre. Debió haber visto la cara del enemigo cuando en medio del enfrentamiento fueron los centauros los que definieron la victoria. Suárez, ¿usted no peleo en la batalla de Ayacucho?

—Yo creo que usted está un poco confundido —le digo condescendiente—, estamos en el 2017, esa batalla de la que usted habla fue hace como 200 años.

—Quién lo diría, el tiempo en ustedes los humanos siempre me ha parecido un asunto fascinante. Disculpe mi desfachatez, hace mucho no consulto las estrellas, llevo ya bastante viviendo en el refugio. Me sorprendió su expresión al verme ¿acaso no hay centauros en Santa Fe?

—¿En Bogotá?, pues con esa contaminación tan berraca no me extrañaría que mutara algún caballo. —El mítico anfitrión me mira confundido—. No, no hay centauros en ninguna parte, es más hasta hace diez minutos pensé que eran solo un mito y uno europeo, nada ver con nuestras tierras.

—La madre naturaleza no conoce de fronteras. —El centauro observa a Federico con los ojos apocados—. Dígame una cosa, joven viajero, ¿murió el libertador en dignas condiciones?

—¿Bolívar? Murió en Santa Marta o eso es lo que le enseñan a uno en el colegio.

—No estoy hablando de este mequetrefe dictador, estoy hablando del legítimo líder de la independencia, el general Santander.

—No sé de qué me está hablando. —Luís María estrella sus cascos levantando tierra—. No me malinterprete, a uno le enseñan muy mal la historia —le respondo confundido.

—Respóndame una última pregunta joven viajero, después si gusta puedo escoltarlos hasta la salida del valle, ¿quedó algún rastro de nuestra labor en la campaña?

Lo miro con pena, Federico se levanta de la bolsa de dormir y empieza a recitar cual autómata una estrofa del himno nacional.

—“Centauros indomables descienden a los llanos, y empieza a presentirse de la epopeya el fin”. Es un fragmento del himno nacional, no sé si lo alcanzó a escuchar don Luís pero en toda la patria recuerdan a los suyos.

El centauro complacido se aleja, Federico me mira y no puede contener más la risa. La situación es desfasada y de contarla nadie la creería. Regresamos a las bolsas de dormir. Son cómodas y hay que recobrar fuerzas para el viaje de regreso. Observando a los centauros convivir en su pequeño edén, me dirijo al mechudo.

—Ve, ¿a dónde me vas a invitar después?— le digo sin apartar la vista del techo de la cabaña.

— ¿Te suena el mundial de coleo? Dicen que va a estar bueno —responde fingiendo seriedad.

Por: Santiago Angarita Yela (Colombia)

negraobra.blogspot.com.co


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