Escritores de Letras & Poesía Isaias M. Creig (Argentina)

El silencio

Conecta la pava eléctrica y mientras espera que caliente el agua prepara el mate. Un mate de chapa, de dos manijas, color negro con pintitas blancas. Un poco de yerba y dos cucharadas de azúcar. Un chorro de agua fría, sorbe y escupe. Así lo prepara el. Todos los días, cada una hora más o menos.

Le dicen “Abuelo” porque a su padre le decían así. Se peina hacia atrás, viste siempre de camisa y jeans con zapatillas deportivas impecables. Es vendedor productos lácteos y yo trabajo para él. También es el padre de mi amigo. Yo tengo diecisiete años y casi nunca tengo plata así que me ofreció este trabajo.

Por la mañana preparamos los pedidos y repartimos. Hay días que viene el camión desde Buenos Aires y tenemos que descargarlo. En invierno el trabajo es más duro y en verano nos divertimos en grande. Vamos con Santiago en la camioneta escuchando música, tomando mate y charlando con cada cliente.

A la vuelta de cada reparto Carlos siempre esta con su mate esperándonos. A veces existen momentos en que quedamos solos y charlamos cosas.

—Cuando nos agarró la crisis del dos mil uno yo no tenía un mango. Me encerraba en la camioneta y me largaba a llorar para que no me vieran en casa.

—A mi viejo nunca lo vi llorar, seguro que hacía lo mismo —digo mientras agarro el mate que me alcanza. Es una mañana de invierno. Santiago todavía duerme y yo llegué demasiado temprano.

—Sí, fue bravo. Una vez Santiago me pidió unas de esas zapatillas que estaban de moda: las Nike. Pedí plata prestada a todo el mundo para poder comprárselas. —Su voz es grave pero suave, pausada—. Capaz que me equivoqué. —Reflexiona.

—¿Por qué?

—Porque nunca le demostré cuánto me costaban las cosas. Por eso ahora él por ahí no entiende.

—No sé que es peor. Mi viejo me demostró todo. Yo veía cuánto nos faltaba. Podía ver que no teníamos un peso. Y eso tampoco estuvo bueno. A veces pienso que hubiese querido no saber.

—Sí, es un tema. —Hace un silencio mientras vierte el agua al lado de la bombilla y me lo alcanza—. Tómate otro, Sentencio, y anda despertándolo al otro que ya tenemos que arrancar.

 

Con estas charlas vamos construyéndonos como amigos. Aunque muchas veces las conversaciones eran con el silencio por palabras. Un silencio lindo. De esos en los cuales uno se siente cómodo.

Hace poco nos encontramos. Ya no tengo diecisiete. Vivo en otra ciudad, y mis objetivos son otros. Pero cada vez que vuelvo al pueblo voy a visitarlo.  Aquella vez estaba vestido como siempre: camisa manga corta, jean y zapatillas. Nos sentamos en la vereda.

—¿El Santi? —le pregunto.

—Ahí anda, iba a buscar al chiquito y venía.

—Que bárbaro, Abuelo. ¿Quién iba a decir que el Beto iba a ser papá, eh?

—Qué te parece —me dice con una sonrisa que refleja orgullo y nostalgia. Me pasa un mate, esta vez es uno de madera pero sigue siendo dulce y yo me alegro de que sea así.

—Y tus cosas ¿vos como andas?

—Yo , muy bien, Sentencio. El país se viene a pique pero por suerte logré pagar todas las deudas, y los pesos que me sobraron los puse en un plazo fijo. Por lo menos tengo un respaldo. Pero viste, a veces me agarra miedo.

—Y sí, es verdad: el miedo lo tenemos adentro —digo y quedamos en silencio, hablándonos por otros canales. Es en este momento en que me doy cuenta de que una hora tiene sesenta minutos, que cada minuto son sesenta segundos y que cada medida de tiempo es nuestra. Suspiro. Una gran bocanada de aire sale de mi interior y me doy cuenta, también, de que respiro. Entonces me pasa otro mate mientras el sol se va ocultando tras las casas de techo bajo. En eso aparece un cliente, quiere queso y veinte cajas de leche. Le pide “que lo aguante, que apenas cobre la paga”. El Abuelo asiente diciendo un no te hagas problemay va a buscar las cosas. Luego quedamos de nuevo solos hasta que me alcanza otro mate:

—Tomate el último, Sentencio, que me tengo que ir.

—Dale —digo mientras sorbo el primer último trago y siento que ya está amargo. Eso un poco me entristece. Termino y se lo devuelvo para luego fundirnos en un abrazo de despedida.

—Chau, Sentencio. Que te vaya bien. Me alegro haberte visto.

—¿La extrañas mucho, no? —pregunto sin pensar pero recordando.

—Todos los días, por eso me voy.

Me alejo caminando lento sintiéndome un poco más solo y seguramente el mundo también.

Por:  Isaias M. Creig (Argentina)

lacolumnadelarquero.blogspot.com.ar


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