Cuentos Escritores de Letras & Poesía Santiago Angarita Yela (Colombia)

Rattus sapiens

Por Santiago Angarita Yela

Como todas las grandes ciudades, esta no fue planeada. Un deficiente alcantarillado que ataviado de desechos urbanos funcionaba como única línea de escape para las alimañas. Por eso cuando pudieron defenderse en vez de deshacer la plaga, la condensaron en lugares públicos. Porque cuando quisieron escabullirse rompiendo las rendijas con sus monstruosos cuerpos, se ahogaron en basura, envoltorios de frituras, escombros, periódicos de ayer y hasta cuatro cuerpos inflamados por la podredumbre. Se tomaron la superficie, porque les quedo pequeña la cloaca y eran los ciudadanos tan ratas, que los roedores escalaron en la cadena evolutiva. Si el desagüe hubiese funcionado como debía, el fluir de las aguas negras las hubiera llevado al Cauca.

El ejército se encarga de la plaga, ya que como es considerada extranjera, no es deber de la policía contrarrestarla. ¿Cómo se puede determinar la nacionalidad de semejante monstruosidad?; la muerte de fronteras no conoce, y tanto la zurda como la diestra han desaparecido, sin dejar atrás ni la sangre de las heridas. Unos afirman que es una purga gestada por la misma madre naturaleza, otros defienden que si un animal es dotado de inteligencia es cuestión de tiempo para que, en él, germine la necesidad de violencia, de muerte, de poder. Diego corre con un grupo de niños siguiéndolo en fila india, en la retaguardia, una mulata en sus primeros años de señorita defiende la espalda del grupo, atenta contra cada movimiento de la noche, al latigazo de una cola bastarda, al chillido infernal de la muerte hecha alimaña. La alcaldía cercada por grandes cercas alambradas y unos cuantos hombres uniformados custodiando la entrada contigua al parque lineal.

—Buenas noches, yo soy el hijo de don Ferney —dice Diego, asumiendo que solo basta mencionar su alta cuna para adquirir protección.
—Y a mí que me importa —responde el guardia escupiendo a los pies de Diego—, a mí los políticos nunca me dieron nada, la alcaldía ahora está a cargo de mi general Méndez, y no pueden pasar civiles.
—Usted no nos puede dejar en la calle, yo tengo que ver por estos niños, déjenos entrar que si se hace de noche esas hijueputas ratas nos vuelven mierda.
—Ya le dije que no. Si quiere refugio hay un campamento para civiles en el colegio de monjas, como a unas trece cuadras de aquí, si corren alcanzan a llegar a tiempo.

Diego se llena de ira, empuña el gancho derecho y trata de clavarlo en la cuadrada mandíbula del uniformado. Este detiene el golpe sin esfuerzo y le propina un rodillazo en las costillas. Diego cae de rodillas, los niños gritan y María, la mulata, lo ayuda a ponerse en pie. Otro militar a unos metros observa la nefasta escena; pero decide ignorarla. Son tiempos difíciles, un estado de excepción, es primordial guardar recursos y salvaguardar la vida de los grandes líderes, aquellos que podrían gestar un plan, una estrategia contundente que diezme el voraz ejército que en las tinieblas avanza. Roedores del tamaño de un lobo prehistórico, arrastrando entre sus fauces a los desdichados que en la hora del juicio se encuentren desprotegidos. El uniformado está a punto de asestar el segundo golpe, su compañero se acerca y lo detiene. Dice que solo se pueden quedar los niños, que a los que ya están grandes les toca ir al refugio de las betlemitas. Diego asiente satisfecho, es un triunfo poder salvar vidas inocentes, infantes, huérfanas. Los niños habían sido hallados llorando en un jardín infantil vacío, en alto estado de deshidratación, oliendo más a muerto que a vivo. Ya solo ha transcurrido un mes desde que Diego y María los rescataron, les brindaron alimento y compañía, a cambio de abrazos e inocente amor. Era la obligación de mantener a los pequeños con vida lo que los aferraba a la esperanza de ver el día en que las ratas abandonaran el asedio.
—Diego, no te vayás a ir —dice el mayor entre los niños, se llama Luis, pero debido a sus enormes ojos le asignaron un particular apodo.
—Tengo que hacerlo, bichito, ustedes van a estar más seguros con el ejercito que conmigo. Yo no tengo armas, no tengo como protegerlos de las ratas.
—Pero diego, vos sos el matarratas, yo me acuerdo como le clavaste el tubo en el ojo a la rata negra, la que nos quería llevar del jardín.
—Fue solo suerte, bichito, haceme caso, andate con el señor, da ejemplo a los otros y cuidá mucho de Sofía, ustedes no están solos. Son una familia, son hermanos.

María no puede contener el llanto, suelta la mano de Sofía y se aleja de la escena. Diego da instrucciones al uniformado que decidió ayudarlos, el que lo golpeó se aleja indiferente. Diego le indica que a pesar de no estar bien nutridos los niños están bien hidratados, que Sofía se levanta a las seis llorando y que a Mateo le gusta que le cuenten relatos después del almuerzo. Ruega al hombre por el bien de los niños, por la memoria de sus padres desaparecidos. Por la preservación de la herencia del pueblo tras la gran plaga. Mateo y Sofía gritan y patalean. Tratan de seguir a Diego, quien se dirige lagrimeando hacia María, dejando atrás la alcaldía, a los uniformados y al bichito, quien sin gesticular trata de calmar a sus hermanos de orfandad, aprendiendo desde temprana edad que en tiempos de guerra no hay lugar para ser niño.

Diego y María corren por el parque lineal. No pueden ir al refugio de las betlemitas ya que de allí los echaron porque los encontraron teniendo sexo en la capilla del colegio. No queda más que escapar. No hay lugar para ocultarse, el viento susurra entre las calles diáfanas del pueblo fantasma. ¿Dónde están los autos? ¿Dónde está la gente? ¿Dónde están los Dioses? No hay ley que regule a las alimañas de cola larga, que cada noche corren por el pueblo, llevándose en sus roedoras fauces cuanto fulano encuentren corriendo o reposando. María cae al terminar el parque, está cansada y su deficiente corazón no aguanta más carrera. Diego la ayuda a ponerse en pie, le pasa una mano sobre el hombro y la ayuda a caminar hasta una casa que en los tiempos antes de las ratas servía como expendedora de vicio.
—¿No te parece chistoso? —dice diego derrumbándose contra una de las paredes ajadas por la humedad.
—La verdad no. Acabamos de perder a los niños y sabemos bien que si esta noche no encontramos un buen refugio nos van a comer esas malparidas ratas —responde María despojándose de su sostén.
—Hablo de la casa, del barrio. Nosotros nunca nos hubiéramos metido a este barrio, ni porque nos pagaran, mi papá me mataba.
—Vos que sos un burguesito atembado, yo acompañaba a mi tía a mercar cada semana sin falta. A la galería, subiendo por esta calle dos cuadras. No, ese brassier me tenía mal oís, sentía que me iba a explotar el pecho.
—A mi papá le gustaba venir de vez en cuando, él podría ser el alcalde, pero no siempre estuvo rodeado de lujos. Pues vos ya sabés la historia, a mi abuela le tocó criarlo a él y seis más por su propia cuenta. Relajáte, te ves mejor sin brassier.

El sol se oculta de a poco tras la cordillera y con cada minuto menos de luz crece la incertidumbre de la joven pareja. Piensan en usar la casa como refugio, pero esta carece de puerta, lo que la convierte en la trampa perfecta para ser atrapados por las alimañas. Diego piensa en que pasara sus momentos finales junto a María, la mujer de sus sueños, quien no se hubiera fijado nunca en un marginado como él de no ser por la plaga. María era el tipo de mujer que levantaba miradas y envidia al contonearse por la villa. Hermosa, labrada con maestría no de barro sino de mármol. Bella como un navío antiguo. Era inverosímil la unión con Diego, un burgués de cara brusca y pasatiempos sosos, aficionado a los videojuegos y con unos cuantos kilos de más. Aun así, no había besos más sinceros que los de la dispar dupla, y la escasez de comida se les hacía deliciosa, entre arranques hormonales y anécdotas urbanas. Antes de dormir, Diego hacía prometer a María que si la plaga pasaba se quedaría a su lado. María sonreía sin responder, como si supiera que la plaga no pasaría sin arrebatarles antes toda razón de vida.

Los jóvenes se duermen abrazados, muy juntos, espalda con espalda para tratar de defenderse. María sueña entre el cansancio con los niños, con los abrazos de Sofía y las incesantes preguntas de Mateo, los niños estaban seguros, tan seguros como podían estar en manos de hombres armados en medio de una guerra desde el inicio perdida. La noche alborota a las alimañas, salen en manada de los caños y cañaduzales. Las de menos tamaño logran entrar en las alcantarillas, destrozando las cañerías de los inmuebles. La basura que en tiempos de paz inundaba las calles con cada aguacero es la que ahora las alimenta. Porque no se las ha visto devorar humanos, solo los sostienen en sus fauces, para luego desaparecer entre la niebla de madrugada. Una manada de cuatro, pasa corriendo junto a los abstraídos jóvenes, están a punto de cruzar la esquina, pero una de ellas se detiene. Ha escuchado un ruido peculiar; los ronquidos de Diego. El resto de la manada continúa su carrera, la curiosa rata olfatea cada casa hasta llegar a la que carece de puerta. No cabe por el umbral debido a su tamaño, introduce su cabeza y su cuerpo se retuerce hasta logran encajar en el marco. María grita al verla, Diego grita con más fuerza y corre a buscar con que golpear a la rata. Ya no tendrá otro golpe de suerte como el del tubo, su título de matarratas no es más que un accidente. María se apuntala contra la pared como si esta fuera a ceder ante su peso. La rata chilla haciendo vibrar los cimientos de la edificación. Se escuchan dos disparos y el animal rompe la pared de la fachada al girar con brusquedad para identificar al atacante. Los disparos continúan y con cada uno de ellos la rata mengua su marcha, al sexto, cae sangrando sobre el asfalto.
—¡Ah! Esta gonorrea me hizo gastar más bala de la que pensaba.
Un hombre delgado, de bigote incompleto y cubierto de tatuajes caseros, se guarda el arma entre la sudadera, la oculta con su camiseta de la mechita y se arregla la visera de la gorra, para que le tape los ojos, para poder intimidar.
—¿Se van a quedar ahí gritando o qué?
El hombre sale de la estancia atento a los sonidos de la noche, Diego y María lo siguen de cerca, él no se los impide. Así se inicia una silenciosa procesión, el pistolero rompe la quietud escupiendo al pavimento cada quince pasos y Diego se aclara la garganta en busca de conversación. Se detienen junto a una panadería abandonada, el hombre toca tres veces la puerta y una voluptuosa mujer maquillada en exceso los deja ingresar.
—Yo pensé que no ibas a encontrar más sobrevivientes, ya iban como cuatro noches y nada —le dice la mujer mientras le planta un beso en la mejilla.
—A estos me los encontré por donde vendían bareta, por la veintisiete. Los maricas estaban en una casa sin puertas acostados como si este moridero no se estuviera cayendo a pedazos —le responde el pistolero subiendo las escaleras que dan a un segundo piso.

Diego y María esperan junto a la puerta, la mujer les indica que pueden pasar y al subir al segundo piso se encuentran con seis jóvenes en ropa interior, sirviendo cerveza a hombres cuarentones sobre mesas de plástico. Las jóvenes son todas voluptuosas y de salvaje andar, Diego piensa que se parecen a María. La pareja ha arribado a un burdel, el único que aún funciona a pesar de la plaga, las ratas no se acercan, cada tres días repintan los bordes de la casa con tiza china. Las trabajadoras del lugar, prestan sus servicios a cambio de bienes básicos, comida no perecedera, agua y noticias del exterior. Los clientes son todos sobrevivientes, que se ocultan de la fatalidad en las casas vecinas o militares que custodian la alcaldía y que no han podido salir del pueblo debido a las órdenes del ministro de defensa: “A Palmira nadie ingresa y de Palmira nadie sale”. El pistolero que los salvó de la rata se llama Kevin, es hermano de Estrella, la hermosa mujer que les abrió la puerta, la misma que les indica donde dormir y donde comer. Kevin le comenta a Diego su nueva labor dentro de la casa, si quiere permanecer bajo techo y que nadie más que él toque a María, deberá acompañarlo todas las noches a patrullar la villa. En busca de sobrevivientes o recursos. Antes de la plaga Kevin trabajaba como sicario, a veces le jalaba al microtráfico, nunca ejerció un oficio fuera del hampa. Hoy, en tiempos de crisis se reivindica salvando la mayor cantidad de almas de las fauces de las ratas.

La primera noche en el burdel no es amable con los agudos oídos de María. El relinchar de los catres desquebrajados hace tronar las paredes de las delgadas divisiones de panel de yeso que dividen las habitaciones. María escucha improperios que ni en su barrio pronunciaban, cómo invocan a todas las deidades y exigen con desespero que no amainen las embestidas. Diego arriba tarde de la patrulla, sin encontrar sobrevivientes y con unas cuantas latas de atún en buen estado. Kevin exalta su gran sigilo ante todas las chicas de la casa, una de ellas lo premia con un beso. Diego se sonroja, si María se enterara preferiría pasar una noche entera peleando a puño limpio con las ratas, que tener que soportar su cantaleta de mujer del Valle. Las semanas transcurren sin mayores altercados, un contingente del ejército ha sido aginado a patrullar las calles con más flujo de sobrevivientes, de vez en cuando dejan cajas con donaciones a la vista, no interfieren con la población, no es lo que les ordenaron. El país trata de ocultar la situación de Palmira tras la fachada de una toma paramilitar, que la ciudad está aislada, que no pueden entrar periodistas, los colombianos se han comido el cuento. Circulan por las redes cadenas de oración por los desaparecidos de Palmira, la corte suprema de justicia reinicia procesos penales contra los fundadores de las autodefensas. El continente entero se indigna ante tal muestra de violencia en pleno postconflicto. Se equivocan. Todos se equivocan, son las ratas, ratas gigantes, de varios metros de envergaduras, las más grandes del tamaño de una pantera. Estrella le comenta a Kevin que un cliente vio una gran caja de donaciones a dos manzanas del burdel. María y Diego se encuentran desnudos, abrazados, observando el violáceo techo de la que una vez fue la suite de lujo del afamado burdel. Kevin irrumpe sin tocar y se tapa la cara al ver la desnudez de los amantes.

—Papi, vístase que toca cargar un cargamento a unas cuadras. Espero que esos brazos no estén solo llenos de grasa porque según lo que me dijeron está como pesado.

Diego se viste y despidiéndose de María abandona la habitación. Mientras cierra la puerta, piensa en los niños. Con el corazón en la mano se enfunda el revolver que le regaló Kevin como símbolo de camaradería. Se acomoda la gorra que lo hacer ver más intimidante que su pinta de burgués taimado y sigue al ex sicario a pasos largos. Observando cada esquina con recelo, como buen matón. Si sus viejos amigos lo vieran jamás reconocerían al único hijo del alcalde. Si su padre lo viera, lo acusaría con los grupos de limpieza social que solía financiar. Extrañaba a su padre, a su porte de chafarote, sus grandes aspiraciones, sus escoltas bonachones y sus múltiples novias. Extrañaba a su madre, su pasividad latente, su vocación de mártir, su tendencia a perdonar injurias, los cachos que no le cabían ni por la puerta de la alcaldía. Esa vida había quedado atrás, ahora era sobrevivir a las ratas lo que importaba, la rutina de toda la villa se había interrumpido con la primera invasión, cuando la fuente del parque Bolívar explotó, emanando agua pútrida, meados de indigente y ratas descomunales. Los primeros en sucumbir fueron los feligreses de la catedral, misa de seis, que embarrada, les cogió la noche y la muerte de rodillas, ¿dónde está su dios? Tal vez es al cielo donde los llevan las ratas, tal vez son ángeles de la peste. Kevin señala la pesada caja de plástico negro, le dice a Diego que la coja del lado izquierdo, que él se encarga del derecho. Los jóvenes tratan de moverla en vano, su fuerza no les da para moverla hacia el burdel. La abren y se dan cuenta de que pesa tanto debido a la gran cantidad de botellones de agua y un sinfín de enlatados.

—Hasta que esos desgraciados se dieron cuenta de que existen para cuidar al pueblo —dice Diego cerrando el contenedor.
—No, pana, no se dieron cuenta de nada, seguramente les dieron ordenes, o todo esto era fachada para mandarle foto a la prensa. Marica, te voy a contar un visaje, pero esto queda entre vos y yo. Hace un mes traté de salir de Palmira. Me fui por la vía hacia pradera, por las flores, donde queda una pesebrera vieja. No pude avanzar, había controles militares, como una gran cerca humana que no deja que nada salga ni entre a la ciudad. Los malparidos quieren esconder el problema, nos quieren dejar con las ratas, pa´ ver quien se muere primero. Yo solo te digo una cosa, manin, prefiero darme un balazo que dejar que me lleven las ratas.
—¿Vos a donde creés que se llevan a la gente? —pregunta Diego sin levantar la vista del pavimento.
—Pa’ mí que bajo tierra. Ahí guardan a la gente y se los tragan en el día, por eso solo cazan de noche. ¿Sabés qué? No hablemos más de eso. Esperame aquí yo voy y le digo a los de la panadería que nos ayuden a cargar esta mierda y les damos unas cuantas latas de atún.
—Breve —responde Diego mientras observa a Kevin alejarse.

Antes de doblar la esquina Kevin se devuelve de golpe al ver seis militares armados para matar acercarse trotando. Los uniformados le gritan que pare, a lo que Kevin responde huyendo con su característica carrera de gamín. Diego observa la escena escondido tras el contenedor negro, ve a Kevin acercarse a toda velocidad y a los militares plantarse en posición de disparo. Antes de lograr ocultarse tras las provisiones Kevin tropieza y cae de cara contra el asfalto, se pone de pie cual látigo y continua su carrera. Su traspiés ha dado tiempo a los militares para apuntar y accionar el gatillo. Una ráfaga corta rompe la quietud de la ciudad fantasma, dos cortinas se mueven, pero nadie se asoma a la ventana. Kevin cae a un metro de la caja de víveres, Diego se esfuerza por no gritar, por pasar inadvertido. A los militares no les interesan los víveres, les interesa eliminar a los testigos de la plaga, a los sobrevivientes. Órdenes, solo siguen órdenes. Diego tiembla y se contiene de mirar a su compañero de lucha abatido y desangrándose. Los militares continúan su ruta, pero Diego no puede moverse presa del pánico, media hora después logra arrastrase hasta Kevin, lo toma en sus brazos y con delicadeza lo despoja de su escapulario metálico. Tres balas, una ráfaga corta en el centro de su torso, le han de haber profanado los tatuajes de la mechita, por respeto, Kevin se abstiene de comprobarlo. Es la primera vez que Diego ve un muerto, que toma un muerto en sus manos, es el mismo Kevin, pero sin el brillo en sus ojos, sin la sonrisa de gañán orgulloso. Le toman dos horas más decidir si regresar al burdel o quedarse ahí tras la caja de víveres. Se pone de pie, abre la caja y con el botellón al hombro para no regresar con las manos vacías, se dispone a correr de vuelta a la seguridad de los brazos de María. Por estar mirando el cadáver de Kevin, no repara en la presencia que se toma la calle vacía. Escucha el chillido, pero no se atreve a levantar la vista. Es imposible, es medio día, las ratas solo salen de noche, se cree que la luz del sol las lastima. Una rata enorme avanza por la misma ruta que llevó a su compañero a la muerte, trata de retroceder, pero a su espalda dos ratas más cruzan la intersección que antes de la plaga ostentaba el título de ser el cruce con mayor accidentalidad de la ciudad entera. No había un solo carro, pero sí ratas, muchas ratas, no moriría por un accidente de tránsito; moriría por la mordida feroz de un roedor de seis metros de envergadura.

Diego suelta el botellón y trata de huir, es muy tarde, las pútridas fauces de cuatro ratas manipulan su humanidad indefensa, orina sus pantalones y ve la muerte cerca. Sin embargo, no siente mordida alguna, como si las ratas se contuvieran para no lastimarlo, como si lo quisieran llevar a algún lugar. Siente como lo lanzan por los aires y es atrapado por la rata más grande, le introduce la cabeza en las fauces, los pies quedan colgando, contoneándose cual borracho triste al compás de sus captoras, el olor a cloaca de la boca de la rata, los dientes malolientes y el miedo a ser engullido hacen que su fachada de macho se derrumbe, piensa en María, en su padre, en los niños, en cómo Luís, su bichito, se armó con valentía y sentido del deber, al enterarse de que estaba ahora a cargo de sus dos hermanos de tragedia. Los ojos de jaguar de Luís zarcos y contundentes observándolo alejarse con pena hacia María le sirvieron de gancho para aferrarse a la vida y no perder la razón en el largo trayecto que soporta con la mitad del cuerpo dentro de la horrible rata. El animal se detiene y pensando que es el final, Diego sonríe, mientras su cabeza es golpeada con violencia contra el asfalto frío.

**********************

Diego despierta adolorido, con las piernas y brazos plagados de hematomas. No logra ponerse en pie y lo único que sus oídos perciben es un leve sonido, apenas audible que se hace insoportable a medida que sus sentidos se recuperan. Se arrastra por el suelo frío de lo que parece ser vidrio, nota que cuando se detiene el sonido alcanza decibelios de tortura. Gatea, se tropieza, se pone en pie y cojeando avanza para que el sonido calle. A su alrededor solo hay estrechas paredes, estrechas paredes con flechas de indicación. Es un laberinto, lo sabe por la distribución del espacio, lo sabe porque de pequeño jugo con roedores caseros en mazmorras construidas de cartón y tabla. Es ahora el juguete, deshumanizado, humillado, y magullado. Sigue avanzando por el laberinto. Sin saber que atravesarlo le tomara más de dos horas. Sin percatarse de las ratas gigantes que lo observan expectantes, vestidas con batas de laboratorio y tomando apuntes. El laberinto de Diego es solo uno entre cientos. Diego morirá debido al agotamiento en las próximas semanas, sin entender que las ratas de la plaga no devoraban a sus víctimas, las traían al laboratorio para experimentar, tal como han experimentado con ellas, una roedora vendetta. Al terminar su primer laberinto lo premian con un trozo de queso, lo manipulan sin tacto y lo abandonan en una jaula antiséptica. Llora en un rincón, sintiendo el peso de la miseria sobre su espalda, deseando ver a María muerta, antes que capturada por las ratas bípedas, por los fenómenos de largos bigotes y cola amorfa. Le viene a la mente la imagen de su padre siendo forzado a cruzar laberintos, siendo inyectado con un sinfín de virus con fines médicos. Sonríe desesperanzado, el pensamiento lo ayuda a dormir.

Por: Santiago Angarita Yela (Colombia)

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