Dr. Asenjo (México) Escritores de Letras & Poesía

Sobre el origen de la Ética

Uno de los problemas más complejos que la Filosofía —y, en términos más generales, las humanidades— no ha logrado resolver es el del origen de la Ética en el ser humano. A lo largo del desarrollo de las distintas sociedades, se han dado múltiples propuestas a esta pregunta. La primera solución que se encontró a la cuestión fue la del origen en una entidad divina superior y trascendente; la Ética entonces tiene su origen en el dictamen sagrado e inapelable de un dios o una serie de dioses. Posteriormente, ante la inconformidad con esta primera respuesta, se propondrían nuevas soluciones. En el caso de los estoicos, lo propiamente ‘ético’ proviene del logos universal; casi dos milenios después, Spinoza pondría a la Razón como el origen de la Ética, tradición que continuarían Hegel y Kant. A finales del siglo XIX y principios del XX, los filósofos nihilistas tendrían por origen de la Ética a la ilusión psicológica, y en el caso específico de Camus, a una necesidad de evadir el absurdo ubicuo del universo. Para cuando llegó la Escuela de Frankfurt, el tema perdió su anterior relevancia —junto con la búsqueda por respuestas objetivas para prácticamente cualquier problema filosófico—.

Este ensayo no tiene la intención de ser un texto dogmático. Las disertaciones aquí plasmadas van orientadas meramente a teorizar a partir de relaciones lógicas sobre los comienzos de la Ética en el ser humano. Si logra cumplir su misión, este texto no resolverá de una vez por todas al problema. A lo mucho, únicamente aportará a su solución sin llegar a ella.

Antes de hablar sobre los orígenes del concepto en cuestión, es preciso definirlo. La definición más comúnmente aceptada de ‘Ética’ se refiere a las normas de comportamiento de un individuo o colectivo con respecto a sus semejantes. Como disciplina, su objeto de estudio es precisamente el mencionado anteriormente. Dentro de la definición del concepto, hay implícita una noción de corrección e incorrección de los actos, que usualmente cambia según la comunidad e incluso según el individuo. Sin embargo, esta definición es deficiente, ya que solamente toma en cuenta el producto del objeto (las normas) en vez del objeto mismo (la Ética). Para describir adecuadamente a este término, se necesita comprender su origen.

Los hombres, indiferentemente de su época, condición o circunstancia, han contado con únicamente tres certezas sobre su ser: la vida, la muerte y la individualidad, que nos son conferidas de manera natural desde nuestra concepción, manifestándose en potencia durante el estado embrionario y consolidándose al nacer, con la excepción de la muerte, que está en potencia después del nacimiento y solo se consolida en su momento. La única certeza completamente absoluta es la de la vida, ya que esta la experimentamos de manera directa, la conocemos de manera intuitiva, y es demostrable de forma empírica y epistemológica. Un ser humano sabe desde su nacimiento que está vivo, conocimiento que pasa a la mente consciente con el desarrollo del cerebro y sus facultades gnoseológicas, y puede demostrarse a sí mismo y a los demás que existe mediante sus acciones, pensamientos, y desarrollo en la sociedad, dichos actos siendo evidencia de que evidentemente no es un objeto en inerte y muerto, sino activo y en movimiento. El mismo proceso de conocer, incluso aunque fuese de manera intuitiva, demuestra que el ser humano existe, ya que lo inanimado e inmóvil no es capaz de ejecutar ninguna acción por sí mismo. En un segundo plano se encuentran la muerte y la individualidad, que no son igual de certeras que la vida. La muerte —es decir, la negación de la vida y, consecuentemente, de la individualidad— podemos solamente observarla en nuestro entorno, sin experimentarla directamente hasta que, supuestamente, nos llegue la hora. No se puede demostrar con métodos empíricos que necesariamente la va a sufrir uno en su vida sino hasta que se vive el momento. La observación nos demuestra que todo ser vivo eventualmente llega al fin de su existencia, y para efectos prácticos no es incorrecto concluir que; dado que somos seres vivos, que no se ha presentado a la fecha caso alguno de un ser humano inmortal, y que ha sido demostrado por el estudio de la naturaleza biológica que las posibilidades de un ser inmortal son mínimas y solamente se basan en la carencia de información que tenemos actualmente, en algún punto vamos a morir. Un caso similar se presenta con respecto a la individualidad. A diferencia de la muerte, esta es experimentada de manera directa, pero su problema es que el individuo depende de factores externos, percibidos mediante sentidos corporales y cognitivos imprecisos, para demostrarse. Nuestra individualidad es expresada y desarrollada a base de cosas de las cuales no podemos asegurar absolutamente su existencia. Las acciones, los pensamientos, el desarrollo social, y los conocimientos intuitivos solamente ayudan a demostrar que el ser existe y se desenvuelve, pero no demuestran que ambas la existencia y el desenvolvimiento se desarrollen de forma que constituyan a un individuo. La incertidumbre se vuelve más notoria una vez que se analiza la psique del hombre, especialmente en su plano colectivo del cual tenemos conocimientos mínimos (véase JUNG, Carl Gustav, ‘Arquetipos e Inconsciente Colectivo’). La vida es más certera que la muerte y la individualidad porque es autónoma en su demostración empírica, mientras que la muerte y la individualidad no lo son, pero prácticamente, no deberían de eliminarse del plano de las certezas.

De estas tres certezas, la vida y la individualidad son las más preciadas que tiene un ser humano, la muerte siendo su negación. Sin ellas, el ser humano no puede existir como tal, y tiende a llevar una vida miserable si sufre de un desarrollo deficiente de ellas. Las nociones de bien y mal funcionan, en principio, basándose en estas certezas.

Las certezas solamente son demostradas de manera autorreferencial; es decir, solo se puede probar que uno las tiene. Esto se debe a que una persona no puede vivir las mismas certezas en otra persona. El hombre invariablemente vive su vida, y puede llegar a vivir su muerte y su individualidad; pero es imposible para él vivir estas mismas cosas en otros.

Mientras que el hombre tiene una noción inconsciente de comportamiento moral, la Ética propiamente comienza con las primeras sociedades tribales. Al darse cuenta de que son capaces de dañarse entre ellos [1] en su vida y su individualidad de diversas maneras, los individuos miembros de estas poblaciones comenzaron a establecer normas sociales para proteger el desarrollo saludable de sus certezas. Posteriormente estas normas fueron consolidadas por líderes o cuerpos gubernamentales que mantenían autoridad absoluta sobre sus respectivos ciudadanos. Ellos interpretaban las certezas de una manera o de otra y crearon leyes que buscaban proteger estos valores. Así, todo lo que defiende o impulsa el buen desarrollo de la vida y la individualidad es venerado como ‘bueno’, mientras que su opuesto es considerado ‘maligno’; sin importar como sean interpretados sus principios fundamentales (las certezas). No existe ni ha existido ninguna ley, en el sentido ético, fuera de las tres certezas.

En el interior de todo este proceso de formación de normas, existe un principio corolario de las certezas que las sociedades incluyen como si se tratase de conocimiento absoluto para que el resultado sea efectivo: la igualdad. Incluso aunque no existe certeza absoluta de que los seres humanos puedan ser fundamentalmente iguales, todas las propuestas éticas de la Historia manejan este concepto como si se tratase de una certeza más. Este principio corolario tiene su origen en la observación de las similitudes que compartimos con nuestros semejantes —tales como la sensibilidad emocional y el uso de razón— y la intuición de que todos cuentan con las mismas cualidades y además poseen las mismas propiedades certeras. La igualdad se ha desarrollado de múltiples maneras: por ejemplo, en las sociedades esclavistas, los terratenientes y funcionarios gozaban de privilegios mientras que los esclavos vivían en condiciones deplorables. Aunque parezca contraintuitivo, la igualdad existía en estas sociedades, solamente que eran los miembros del un grupo los que eran iguales entre ellos mientras que los otros grupos eran distintos al suyo. La igualdad, en este caso, era ejecutada de una manera hoy considerada falaz.

La igualdad es fundamental en el desarrollo de la Ética, a pesar de no ser una certeza y de parecer contradictoria a la individualidad en todos sus aspectos. Aunque la individualidad sea una certeza enfocada meramente en el yo y la igualdad sea una inferencia que contempla a una organización comunitaria, ambos son conceptos que se complementan. Sin la igualdad, un hombre podría fácilmente posicionarse por encima de sus semejantes, permitiéndole el abuso de vida e individualidad que no le pertenezcan. Debido a que no somos capaces de conferir vida ni individualidad, y que solamente nos es conferida una vida única y una individualidad única de manera natural, no hay forma de justificar la usurpación de estos bienes, lo que restringe a una persona de matar a otro de sus iguales, siendo la muerte la negación de las otras dos certezas, al igual que otros actos dañinos a estas. Es por eso que las civilizaciones esclavistas no ejecutaban de forma adecuada a la igualdad, al igual que diversos gobiernos autoritarios.

Es así entonces como se forma la definición de Ética: la relación contigua de los únicos objetos certeros del hombre —la vida, la muerte, y la individualidad— con el comportamiento de los individuos y las comunidades, usualmente expresada en normas y leyes.

Conclusión

La Ética tiene su origen en los tres principios certeros del ser humano que nos son conferidos por la naturaleza: la vida, la muerte y la individualidad, de los cuales la vida es el más certero. Ante la posibilidad de la maldad en la sociedad y los daños que representa para las certezas, las distintas comunidades diseñan normas con el objetivo de permitir su preservación entre las personas. En el proceso, aplican el principio corolario de la igualdad para hacer que la Ética funcione correctamente. Este principio no es certero, y se deriva de la observación de las similitudes entre los seres humanos y de la intuición de que todos nuestros semejantes cuentan con lo mismo que uno. Pero sin este la Ética no podría funcionar adecuadamente. A partir de esta información se obtiene la definición correcta de Ética: la relación contigua de las certezas con el comportamiento humano.

Nota al pie

[1] De ninguna manera estoy tratando de defender el concepto del Leviatán de Hobbes. El hombre es capaz de mal, pero no es ni malo ni bueno por naturaleza. 

Referencias:

  1. MARTÍNEZ, José A. Lógos Estoico y Verbum Cristiano. Casa Editorial de la Universidad Complutense de Madrid. Madrid, España. Pp. 98-111
  2. ÁVILA, Francisco. Ética de Spinoza. Blogspot. 2011. URL: http://eticafilosoficaises.blogspot.mx/2011/11/etica-de-spinoza.html
  3. CAMUS, Albert. El Mito de Sísifo. Grupo Editorial Tomo SA de CV. Ciudad de México, México. Pp. 48-71, 93-94
  4. CORRADETTI, Claudio. The Frankfurt School and Critical Theory. The Internet Enciclopedia of Philosophy. URL: http://www.iep.utm.edu/frankfur/
  5. JUNG, Carl Gustav. Arquetipos e Inconsciente Colectivo. Ed. Paidós, 1ª Edición (2015). Buenos Aires, Argentina.

Por: Dr. Asenjo (México)


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