Escritores de Letras & Poesía Francisco Ramírez (Chile) Novela

“Reagan era nuestro Dios” (adelanto de Los elegidos, primera novela del autor)

«Estimados(as) colegas escritores(as): junto con saludarles, les cuento que tras años de vacilación —y preguntas varias— he comenzado a escribir mi primera novela, la que se titula “Los elegidos”.

A continuación, comparto un capítulo, a ver qué les parece. Una breve síntesis de la novela: es una biografía (ficticia) de una banda de rock (también ficticia) con un discurso de ultraderecha en el Chile de los 80. Pero se trata de un Chile “diferente” al histórico: para 1973 Salvador Allende alcanza a convocar a elecciones y nunca tuvo lugar el golpe de Estado ni la dictadura de Pinochet. En estos 80`s el país es gobernado (es una novela distópica) por un grupo de civiles también de ultraderecha. Los “valores” del país son: nacionalismo, consumismo, catolicismo exacerbado, y una fuerte “influencia” de USA… En este contexto, la banda de rock –sin quererlo- se convierte en la más importante del país… y en “voceros” (no oficiales) de este gobierno de derecha y “un tanto” fascista.

Entonces aquí les dejo un adelanto del libro. Ojalá les guste. Saludos.


“REAGAN ERA NUESTRO DIOS”

“En otras palabras, la Segunda Guerra Mundial
no es un hecho histórico sino un texto”
(John Sutherland)

 

Agosto de 1986. Lo que generó un antes y un después en la vinculación de Chile con su “nave nodriza” —USA— fue la histórica visita del presidente Ronald Reagan. Si Dios tenía un representante en el planeta… debía ser el Presidente de los Estados Unidos. O, al menos, “este” Presidente. Tenía todo lo que se podía esperar de un enviado de la divinidad: un infinito amor por los hombres, condescendencia, sabiduría, un potente y elocuente Verbo y, para hacerlo aún más Todo Poderoso  contaba con un añadido a prueba de críticas: la simpatía y  apostura de un galán de cine. ¡Qué más se podía pedir a un ser humano!

Reagan unía a estas virtudes una aún más deslumbrante: su raciocinio altamente práctico y eficaz. No por nada había sido el único capaz de enfrentarse directamente a los aniquiladores de la Humanidad: los bolcheviques de Rusia. De pasada, aprovechó de ponerlos en su sitio con una frase que el mundo agradecería por siempre: la URSS, nos dejó muy en claro, era el “Imperio del mal”. El Presidente llegó incluso a predecir con total certeza la  desintegración comunista a fines de esa década. Como era de esperar, una ola de alegría y optimismo recorrió todos los rincones libres y puros del planeta.

Batallando con los rusos y su nefasta ideología fue de una clarividencia metódica como la de un adiestrado cirujano con su amado bisturí. Sabía que para aniquilarlos podía muy bien acudir al uso de la bomba atómica, haciéndolos desaparecer de la noche a la mañana. Pero ¿qué costo tendría tal acción? El Pentágono sacaba cálculos y llegaría a la conclusión de que tal medida demandaría el sacrificio de, al menos, 150 millones de vidas inocentes, solo en Estados Unidos, considerando, además, que de seguro detonaría un conflicto a escala global. Y después de esa confrontación demencial ¿qué quedaría? Un mundo devastado, corroído por la pesadilla de la radiación. Astuto como solo él podía serlo, les propuso a las bestias comunistas un tratado de desarme nuclear bipartito, sabiendo ya que el comunismo agonizaba de muerte. Ellos creyeron en la “buena fe” de esta propuesta y se debilitaron aún más. Ya casi neutralizado por la nación más poderosa del mundo, el comunismo terminó por caer. Reagan lo sepultó sin derramar una gota de sangre. Tal proeza hizo que su “poder terrenal” creciese aún más. Si ello era posible.

Reagan era un hombre de orden. Como tal, sería un firme partidario de que los criminales debían pagar por sus delitos y de modo contundente. No le tembló nunca la mano, incluso cuando le correspondió manifestarse a favor de la pena capital, algo que no dejaba de tener detractores “humanitarios”. Pero ¿qué tipo de “humanidad” se puede tener con basuras que solo han dedicado su vida al crimen? ¿Los delincuentes han de tener, acaso, “derechos humanos”?

A la vez y mostrando una total coherencia con su visión del mundo, era un firme defensor de la vida. Se oponía, sin dudarlo,  al aborto, salvo cuando este atentaba contra la vida de la madre. ¿Existe una visión más humanitaria y sensible que esa? Fue por eso que cuando en 1987 Estocolmo le otorgó el “Premio Nobel de la Paz”, todo el mundo celebró tan merecido galardón, el que reconocía toda una trayectoria vital. Era como un trofeo cuyo lema dijera con letras de oro: “¡Misión cumplida, Presidente!”

Reagan también fue consistente en su lucha contra las drogas. Había visto como muchos maravillosos y prometedores jóvenes de su país habían sucumbido, mientras sus intelectos se pulverizaban por el consumo de sustancias prohibidas, el que comenzaba, indefectiblemente, como algo casual, “recreativo”.

El Presidente de la nación más poderosa del mundo no se engañaba respecto a que el carácter eufórico, enloquecido e  hiperactivo de los 80 —todas características que explican, en gran medida, el auge radical del país en esa década— no podía concebirse sin las drogas, en particular la cocaína. Pero eso no significaba que se quedaba de brazos cruzados viendo como el tráfico y el consumo se expandían como un cáncer por el país. Y no solo en Estados Unidos. Se trataba de una “Enfermedad Social” —así denominó una vez a este desdichado conflicto en un discurso de mayo del 87, celebrado en una reunión con universitarios en Massachusetts— que se expandiría por el mundo si no era frenada a tiempo. En aquella intervención —que con los años se volvería histórica— aseguró que Estados Unidos haría “todo lo posible” por evitar que el tráfico de drogas “se tomara Latinoamérica”. Se trata, aseveró, “de una misión histórica que nos corresponde como nación líder del continente”.

Con su invaluable experiencia como actor —como se recordará, obtuvo el primero de sus tres premios “Oscar” por su alucinante rol protagónico en “La venganza de Otelo” (1962)— sabía que toda palabra es indisoluble de la acción. Por ello fue que encomendó a sus servicios armados y policiales atacar directamente el flagelo, el que incluía drogas de relativo consumo común en Occidente —marihuana, anfetaminas, cocaína—, con otras muy duras, como la heroína, la morfina y otras semejantes. La guerra sería sin cuartel. En aquellos años, además, nunca olvidaría recordar a los latinoamericanos que debían aportar a la lucha contra este mal, mediante todos los medios que estuviesen a su alcance, como, por ejemplo, la delación (compensada) de narcos o incluso su linchamiento público si se daban las condiciones seguras para ello. La coordinación del pueblo con las policías sería un factor decisivo en este conflicto, nos dijo.

En diversas ocasiones, Reagan abordaría este mal social, tratando de concientizar a la población del poderoso (y silencioso) antagonista que enfrentaba. “Las drogas están amenazando nuestra sociedad y nuestros valores, perjudicando así a nuestras instituciones. Las drogas están matando a nuestros hijos.”, dijo, en el “Discurso a la Nación” de 1986, cuya versión integral con subtítulos fue transmitida vía satélite para toda Latinoamérica y gran parte del orbe.

Nancy Reagan, su amada esposa, tendría un lugar protagónico en este arduo combate, sobre todo como cara visible de la campaña “Just Say No”. Su idea central era muy precisa: influir a los más jóvenes respecto a cómo mantenerse alejados del vicio. Las críticas a la campaña —muchas de ellas, no más que alegatos falsos de los detractores políticos de su esposo— estuvieron a la orden del día, pero la Primera Dama de Estados Unidos nunca cejó en su esfuerzo. Por todo ello ¿quién no podría amarla, seguirla e idolatrarla? Ella representaba lo más puro y emblemático de la quintaesencia de lo americano: el esfuerzo y el compromiso por cumplir exitosamente una tarea. Como corolario del talento y carisma de Nancy, relucía su carácter fino, desenvuelto y cordial con todo el mundo. Ataviada siempre con vestidos de los mejores diseñadores de la época era —digámoslo de una vez— la Primera Dama más chic del mundo.

Por todas estas razones, queríamos tanto a Reagan. En los años 80, si bien todo Chile veneraba a Nuestro Padre en las Alturas, Ronald Reagan era nuestro Dios en la Tierra.

(Continuará)

Por: Francisco Ramírez (Chile)

framirez2015.wordpress.com


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