Escritores de Letras & Poesía Isaias M. Creig (Argentina)

Los sábados desayunamos tarde

– Cuando te dormís existe un momento en el que vos podés controlar los sueños –. Le comento a Fiorella alcanzándole una tostada con queso y mermelada.

– ¿Cómo sería? – responde con ojos achinados de recién despierta. Son las once y media de la mañana. Es sábado y los sábados desayunamos tarde.

– Te explico: viste que en las pesadillas existe un momento en el que te das cuenta que es una pesadilla y querés despertarte – ella asiente – bueno, en ese momento es cuando tenés que seguir en el sueño, profundizarlo y ver hasta dónde sos capaz de llegar. ¿Entendés? – me tomo un trago de café con leche.

– Sí, pero no te creo, gordo. ¿Vos podés hacer eso? Digo: ¿podés controlar tus sueños?– Si, lo puedo hacer. Es más: ayer en ese estado se me ocurrió un cuento para escribir.

– ¿Y qué se te ocurrió?— dice con la boca llena, más concentrada en el próximo bocado que en lo que estoy por decirle. No la culpo, a veces me pongo pesado.

– Primero te cuento el sueño: veo a un hombre grande, de espaldas, ponele que me saca como dos cabezas, no sé: dos metros de alto más o menos. Este hombre esta mirando hacia el mar, en una especie de escollera. Entonces,  puedo ver que en el cuello tiene escamas, son pocas pero que con el correr de los segundos se multiplican hasta que de repente, el hombre se transforma en un pez gigante y se lanza al mar. Yo en ese momento soy consciente de que es un sueño pero decido forzar mi imaginación  y hago aparecer a un pájaro pero no cualquier pájaro: es una lechuza, una lechuza blanca que se lanza a volar por encima del mar para cazar a ese pez gigante. Ahora que lo charlo con vos pienso que lo puedo relacionar con mi abuelo, que era de Mar del plata, viste. No era alto pero…

– Como el gran pez – me interrumpe mojando parte de su tostada en el café con leche.

– ¿Cómo el gran pez? – pregunto desconcertado.

– Claro, se transforma en pez como el viejo de la película de Tim Burton – lo dice livianamente, como una acotación al pie. Toda mi teoría se derrumba. No controlé una mierda mi sueño, lo único que hice fue asociar imágenes de mis recuerdos. Como lo hacemos cuando soñamos. Y yo creía que era especial. Siento que me caigo en un profundo agujero. Nunca voy a poder escribir un cuento. Me sirvo un poco más de café. Mis treinta años se me hacen pesados o frustrados, es lo mismo. La miro a ella y se alivianan un poco.

– Tenés razón, es como la película –le digo con un nudo en la garganta.

– Perdóname amor, no te pongas así – trata de consolarme pero yo se que a veces deliro demasiado, deliro tanto que termino copiándome de Tim Burton sin quererlo. Empiezo a juntar las cosas de la mesa. El silencio es abrumador. No me soporto.  Entonces siento una picazón en la axila derecha. Me pica y me duele. Me saco la remera y levanto el brazo.

– Gorda, ¿Ves algo? — le muestro. Ella se levanta y se acerca para observarme con detenimiento. Sus ojos son como almendras.

– No, nada amor. No se ve nada.

– Es insoportable – Tiro platos y tazas en la bacha de la cocina y voy al baño. Frente al espejo acerco la axila lo más que puedo y me estudio. Todo parece estar bien. Pero la picazón me esta matando. Me rasco descontroladamente, no puedo parar. Paso las uñas cada vez más rápido. Y ante cada pasada más intenso es el malestar. “Tengo que bañarme, por ahí es mugre”, pienso; acto seguido abro la ducha y me meto bajo el agua. Me froto jabón tanto como puedo. Cierro los brazos con fuerzas y me quedo quieto, pensando solo en el agua que golpea mi cabeza. Entonces, así como llegó el malestar se va.

– ¿Y? ¿Qué era? – me pregunta Fio desde la cama al verme salir del baño. Los sábados de invierno son así: nos despertamos, desayunamos y volvemos a la cama hasta que nos cansamos de estar acostados.

– Nada, me picaba demasiado la axila pero parece que era sucio nomas -.

– Qué asco, mi amor -.

– Bueno che, que querés que haga. Si ni olor tenía. Aparte anoche me bañé también. – Me acuesto al lado de ella y me duermo.

Al rato abro los ojos a causa de un presentimiento. Fio duerme todavía. Agarro el celular y miro la hora: la una y media de la tarde. Recuerdo la picazón y con un acto reflejo toco mi axila. Entonces lo siento: no es pelo, no es un grano, tampoco es un lunar. Al tacto es otra cosa.  Levanto el brazo y la veo. Es suave y blanca, muy blanca. Es una pluma.

– ¡Gorda! ¡Despertate! –Mi novia abre medio ojo izquierdo y trata de enfocarme y enfocarse. Parece no entender. Así que le muestro.

– Amor, ¿qué hiciste? No me jodas. Dale, te la pegaste.

– No, no estoy boludeando. Tratá de sacármela, vas a ver – Ella estira el brazo, agarra la pluma y tira. El dolor me llega hasta la cabeza.

– ¡Fiorella! ¡Me vas a matar! – Grito con dolor y noto que el color de su piel pasa de rojizo suave a blanco intenso.

-¿Me estás jodiendo? ¿De verdad te salió una pluma? – Dice ahora con los ojos como una ardilla. Entonces empiezo a sentir la picazón pero esta vez en varias partes del cuerpo al mismo tiempo: en la espalda, en la otra axila, en los brazos, las piernas, la panza, el pecho.

– Fio…– la miro.

– Ya entendí – me da un beso y yo me dejo besar.

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