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Arboleda

ADVERTENCIA:

Estimado navegante del mar de las letras,

Por favor absténgase de leer las siguientes líneas en caso de no comulgar con alguno de los siguientes credos: La Familia, La Magia, El Cariño, La Ternura y, sobre todo, El Placer de La Lectura; pocas cosas me parecen más aberrantes que leer por compromiso. Un saludo,

El Autor.

Arboleda

El abuelo, desde su sillón bajo de profundo sesteo vespertino, preguntó a su atareada nieta, que jugaba en el suelo de la habitación a reinos imaginados con juguetes igualmente confeccionados de brisa y voluntad:

—¿Qué quieres ser de mayor?

—¡Alcornoque! —respondió la despierta chiquilla sin vacilar.

—Conque alcornoque… —musitó el abuelo entre una sonrisa pícara y complacida.

—Claro que sí, abuelo. No hay nada mejor. Un alcornoque vive cientos de años, además…  —y procedió a enumerar las virtudes de tan longevo ser.

Comenzó puntualizando la incomprensión que sentía ante aquellos que utilizaban el nombre de aquel árbol como un insulto hacia sus semejantes. ¿Era acaso insultante ser alcornoque? ¿Acaso no proporcionaba oxígeno, sombra, cobijo y alimento a decenas de otras especies, sin discriminación alguna?

El alcornoque era especial; consentía cada nueve años que arrancasen su piel a tiras sin dolor o queja perceptibles, a sabiendas de que, con ello,  protegería las endebles carcasas de otros seres, conservarían su alimento y bebida, les aislarían del calor, el frío y el ruido. Además, como ave fénix sin alas ni cenizas, reinventaba su corteza de nuevo sin morir ni un poquito. Tenía aquel árbol un porte regio, surcado de arrugas, aleatorios símbolos de la sabiduría eterna, servía de hogar a musgos y líquenes, a decenas de insectillos, alacranes inclusive, aves diversas, vida infinita… Daba sombra a los rechonchos gorrinos que, a sus plantas, se amontonaban en cada estación para su descanso diario tras atiborrarse de la dulce bellota de la encina de al lado.

Era amigo, ya lo ven, de la encina y el roble, del jaral y el romero, de la piedra gris o roja que, en ocasiones, se enroscaba entre sus raíces elaborando piezas de arte tan natural como abstracto.

Tenía unas vistas privilegiadas, de arroyo y pedregal, de monte y dehesa salpicados de retinta ternera y ovejas de crema, gallina impresionista o pelirrojo guarrito, alazanes negros y yeguadas árabes, toro negro y ceniciento pastor; cielos sin fin, quedos y secos a veces, a veces atronadoramente empapados.

Y él se limitaba a existir. A ser; a pensarse en su belleza simple y barroca, a servir a la existencia sin pedir nada, que ya todo lo tenía…

“¡De mayor quiero ser alcornoque!”. ¡Qué agudeza la de aquella niña menuda que hacía castillos en el aire!

—¿Y tú, abuelo? ¿Qué quieres ser de mayor?

—¿Yo? —respondió con una pizca de sorpresa el abuelete— … ¡Yo quiero ser encina! Esa vecina del alcornoque, para estar, para ser, siempre a tu vera.

—Pues no está mal… —espetó distraída la nieta, mientras fundía todo el armamento de sus intangibles reinos en una caldera que era capaz de transformar el metal fundido en frondosa arboleda…

Mamen Monsoriu%2Fmamenmonsoriu (8).png

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