Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Francisco Perlaza (Colombia) Prosa Poética

Negras callejuelas.

Eran las doce de la noche, yo caminaba por las callejuelas perdidas de San Fernando, mirando al cielo, buscando voces traslúcidas escondidas entre los acantilados de cemento y las palabras mal escritas de las paredes.

Que podría esperar yo, un hombre que se pasaba las mañanas enteras durmiendo y las noches y madrugadas bebiendo sobras de licores internacionales, traídos de mis múltiples viajes al extranjero buscando poesía en las calles de esta larga Latinoamérica, fría y caliente, nocturna y sonriente, llorosa después de tanto palo y cansada de tanto volar sobre las altas alas del cóndor majestuoso, que podría esperar, ya estaba flaco de tanto caminar, flaco y loco, cuando mi madre me visitaba solo se quejaba de las latas de atún en el suelo y el desorden desastroso que tenía en mi pequeño apartamento lleno de libros, recuerdos de madera y pipas a medio gastar, no había mucho más que eso.

— Deberías limpiar un poco — decía.

Porque limpiar, si todo se iba a ensuciar de nuevo, como un eterno devenir de mugrosidad y malos recuerdos, ¡pa’ que!, si cada partícula de polvo que salía a las calles a vivir historias volvía cansada a casa, cansada y pobre volvía a sentarse de nuevo en este humilde y pesado chiquero humano.

Las paredes estaban untadas de los cuadros de artistas callejeros desconocidos, escultores de colores que nadie va a conocer nunca, que nunca aparecerán en los libros de la historia, de esos que tanto había leído en la academia, no habrá nunca uno de esos jóvenes en las paredes del Museo del Louvre en París o en el “Metropolitan Museum of Art” en Nueva York, solo serán exhibidos en la majestuosidad de mi triste morada en este barrio perdido de San Fernando.

Cali es tan bella a la luz de la luna, se alcanza a oler el fétido aroma de los borrachos escondidos en los andenes, despreciados por el mundo, atacados por las dolorosas anchas de la normalidad destructora, que puede derretir el alma de cualquier colérico con esperanzas.

La noche era tenue, bella, la brisa y el frío de una tarde, luego de la terrible tempestad de la lluvia en esta ciudad, que se inunda cada que cae, como si trajera consigo las lágrimas de los miles de caleños que quieren ahogar en alcohol y salsa, los sufrimientos y frustraciones de una ciudad tan bella, estancada en noches sin más que cerveza, malos sueños y desorden organizado; ese frío me llegaba hasta los huesos, caminaba cuidándome de los ojos sedientos de oportunidades, aunque qué más da que me los encontrase, si soy un pobre hombre, que no tiene más que las noches por las que ha tenido que pasar para vivir, una bolsa con atún y oleos para poder hacer los cuadros que puedo vender, no creo que aquellos pillos, resultado de la miserable pobreza generalizada, quisieran pintar sus navajas con oleos o ensuciarlas con un atún con descuento a dos días de caducar.

Las calles se hacen más largas cuando camino solo, ¿es mi impresión o las luces de los farolitos nocturnos se apagan cuando voy a pasar por ellos? Quien podría saberlo, pero no me extrañaría, no hay más luz que la de aquella mujer que quizá pueda esperarme sobre mi cama y no solo en mis sueños.

De camino me encontré una gato, un bello ejemplar negro, con ojos amarillos que me perseguían constantemente y me hacían temblar, era otro incomprendido, perdido entre los agüeros de los viejos, que en unos años serán solo polvo y que hoy entorpecen al país con su triste existencia, otro incomprendido que se acercaba a mí, a quitarme el alma, como la suave parca, túnica negra, ojos vidriosos y una bella oz perfecta para rebanar mi cuello sin dificultad, me estremecí tanto que dejé caer la bolsa que llevaba causando un estruendo casi sordo, me arrodillé y extendí las manos, con la sorpresa de que el pequeño gato se acercó a mí y me levantó la mirada, se pegó a mis manos como pidiendo que lo levantara y sin esfuerzo lo hice, estaba flaco, casi tanto como yo, flaco y desaliñado, con hambre, tanta que después de abrazarme se acercó a la bolsa que traía, en ese momento resolví por llevarlo a casa, estaría más a gusto allá entre hojas, lienzos y pinceles, sirviendo de inspiración para este triste hombre, que acá en medio del frío y a merced de aquellos que odian la belleza de las miradas fijas y los colores auténticos, aquellos que solo desean la sumisión de los perros, dependientes, torpes, aquellos viejos que solo quieren sentirse necesarios y que mejor que un perro para ello; los gatos no, los gatos se acercan a ti porque encuentran algo en tu alma que les intriga, algo que los hace amarte, ellos no dependen de ti, ni tú de ellos, pero ese lazo que ofrecen es más bello que cualquier otro.

Lo llevé a casa, me acompañó caminando solo a mi lado y entró como si ya conociera el lugar, se acomodó sobre mi cama, que permanecía desordenada, y se durmió.

Pensé en mi rutina de todos los días, pintar algo, escribir, beber hasta desmayarme, pero ese pequeño animal me miró, con sus ojos profundos como invitándome a dormir con él, le hice caso, dejé un poco de atún en uno de los pequeños platos desechables donde limpio mis pinceles, ya estaba duro de tanta pintura seca, me quité los pantalones, la camisa y apagué la luz.

El pequeño animal se levantó, me miró con esos ojos brillantes y se acercó a mi cuello, caí de inmediato en un sueño profundo.

A la mañana siguiente no estaba, el atún había desaparecido y los lienzos estaban todos pintados con lápiz labial rojo, con forma de garras y yo, con una sensación de descanso y suavidad miré al techo, como siempre sucio…

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…y sonreí.

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