Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Francisco Ramírez (Chile)

“Tus cosas son lo que eres”

(Capítulo de la novela en redacción “Los Elegidos”*)

Para abril del 86, el grupo de rock Los elegidos comenzaron a trabajar en su segundo disco, cuyo nombre tentativo era: Mi vida: mi patria.

La primera composición de Hans para la placa era una canción cuyo título original era: Tuya es la culpa de ser pobre. Sin embargo,  pensó —muy acertadamente— que a nadie le gusta sentirse culpable, ni menos que un cualquiera le apunte con el dedo para responsabilizarle por sus logros (o “no logros”) en la vida. Su progresivo mejor conocimiento de las masas le recomendaba actuar de manera más prudente. Lo que la gente quería era que alguien le hiciera sentir reconfortada, aquel abrazo fraternal que es un “Sí: yo te comprendo. Estoy contigo en tu sufrimiento. Juntos podemos salir de ésta…”. También que les mimaran un poco el ego. Por tanto, el título de la canción no servía para persuadir a los seguidores y, eventualmente, hacerles colaboradores estrechos.

Con la experiencia de un disco previo y cientos de tocatas en el cuerpo, no tenía temor  a expresarse de una manera muy directa o usando recursos metafóricos, si la canción del momento lo requería.

En este caso advirtió pronto que no necesitaba “inventar” nada. La realidad le daba con generosidad material para la canción. Su idea central era una sola: la pobreza es horrorosa. Vivir una situación permanente de necesidad y con la incapacidad de poder lograr (o siquiera aspirar) la abundancia material y la felicidad que depara es una tortura insufrible.

Aunque acabaría por “moderar” su tono, nunca perdió de vista el propósito original del tema: influir en la mente de sus seguidores para que desarrollasen un odio enfermizo, visceral a la pobreza. Y, por extensión, a los pobres. Este último punto era central.

Hans no ignoraba que la mayoría de los seguidores de la banda estaba constituido por jóvenes de “clase alta”. Su identificación se remontaba a la certeza de que el trío era de este mismo segmento social, pudiente y orgulloso de sí mismo. Los fans les sabían “de los suyos”, y que provenían de un sector con buen pasar asegurado desde el nacimiento. Por ello, no conocían la pobreza ni por libros. La indigencia les era tan remota como los “negritos de Etiopía” que por esos años mostraban en la TV, los que requerían de asistencia humanitaria internacional para no sucumbir por la hambruna. (Muy común a mediados de los 80, las madres usaban un recurso para “convencer” a sus hijos a comer, aún cuando no les gustaran los platos que había en la mesa: “¿No te da vergüenza no comerte la comida? ¡No sabes cuántos niñitos etíopes darían la vida por tener un plato como el que tú tienes frente a ellos! Por eso come y no dejes nada. Los niñitos etíopes morirían por tener una comida tan sabrosa como la que tienes…”).

 

Tanta reflexión social sobre la diferencia de clases, terminó por “iluminar” al rockero.

Debía mostrar la pobreza de manera muy acotada, pero precisa. Ser demasiado sincero y minucioso tenía un doble riesgo: no solo resultaba antiestético y repelente; existía la posibilidad de que la canción generase un verdadero trauma generacional en sus seguidores, un choque tan brutal con el mundo que no hiciera más que provocar una huida masiva de sus fans. Eso era lo último que podía permitirse: cada “amigo de sus amigos” (o sea, cada nuevo fan) era su amigo. Los “enemigos” eran otros y estaban en otra parte, no entre el público de sus conciertos. Poco a poco, los iba perfilando mejor: seres abyectos y miserables englobados en distintas categorías, cada una más despreciable que la otra. Sin embargo —creía en aquellos momentos— no podía ceder al odio. Antes que todo deseo personal, como buen patriota, debía anteponer los de Chile y seguir luchando para convertirse en un hombre ejemplar. ¿Y qué es lo que estaba arruinando más  a la Patria y saboteando sus aspiraciones de convertirse en una nación próspera, desarrollada y ganadora? Los indigentes y pobres; vale decir, la clase más baja de los perdedores del planeta. Ellos eran “enemigos de la Patria”. Nunca debía olvidarlo.

Su misión era que sus seguidores lo constataran y lo recordaran por siempre.

 

Al fin, tras desechar como títulos las opciones Un mundo alternativo, Las cosas tuyas y Disyuntiva, la canción fue bautizada como Propiedad registrada. Al preguntarle a Hans el porqué de este título, me lo explicó así: “Las cosas tuyas me gustaba bastante, pero creí que era un tanto infantil. Seguí de todas formas con la idea. De pronto, advertí que para triunfar en este mundo has de ser sumamente egoísta. Debes, ante todo, no darte con nadie. Es preciso que la gente siempre entienda que tú estás a una infinita altura sobre ellos. De esta forma, tus cosas, que al fin y al cabo son tus logros, son lo que eres. Te repito la idea: tus cosas son lo que eres. Entonces, si las registraras a tu nombre, exclusivamente al tuyo, nadie podría penetrar en tu reino. Y, finalmente, nunca te las podrían quitar. Entonces, así, nunca serías pobre…”. Lo reconozco: esta suerte de catecismo abreviado sobre el capitalismo en su versión más caníbal me sedujo, más aún al escuchar la elocuencia con que fue descrito. ¡Por Dios, eso lo decía un cantante de rock de solo 26 años! ¿Quién de nosotros elaboró conceptos de este tipo a esa edad? A mediados de nuestra segunda década de vida, por lo general, las “preocupaciones” humanas más importantes son: conseguir un buen trabajo, insertarse bien en el medio social y amar. No reflexionar sobre que “las cosas son lo que eres”. No sé muy bien por qué, pero pensé que su infancia no fue del todo feliz y tuvo diversas carencias afectivas.

 

Es imposible no ver ciertas reminiscencias de la canción Money de Pink Floyd en esta creación. Hans era gran admirador de la banda británica y especialmente de su placa The dark side of the moon (enloquecía con el efecto final de latidos de corazón con que concluía el disco, así como los versos finales, casi inaudibles, que parecían contradecir el sentido mismo de todo el álbum There is no dark side of the moon really./ Matter of fact it’s all dark.”Es posible que Money le haya dado alguna inspiración, sobre todo respecto a su endiosamiento del capitalismo y el afán moderno de poseer riqueza y lujos mundanos. No obstante, Propiedad registrada hubiese visto la luz tal, de todas maneras, con o sin la intervención (remota) de los ingleses. La maduración del concepto había sido tan  exhaustiva y profunda que el parto era inevitable. Por otra parte, el final de la canción de Hans contenía un giro, una suerte de angustiosa preocupación sólo posible en países en vías de desarrollo; no en una Gran Bretaña real, refinada y tan reconocidamente “flemática”.

 

Propiedad registrada

(fragmento)

Todo eso es tuyo.

Te pertenece.

A ti y a nadie más.

Tus cosas

son tu fortaleza.

 

Afuera hace frío y está muy oscuro

No es agradable caminar por la noche

Como si fueras un ciego

O el resentimiento

Te sumergiera en un mareo inmovilizador.

 

Afuera están las calles

Y las alcantarillas, y la basura,

Y la indigencia y el hambre.

 

Abre los ojos

Y admira la mansión de tu espíritu.

No dejes que nadie la invada

O infecte con su perfume vicioso

 

Si alguien lo intenta

Harías bien en acabar

para siempre con su

dolorosa ceguera.

 

Sonríe:

Tu hogar es dulce y será siempre tuyo.

Sonríe, sonríe, sonríe.

Siempre sonríe.

 

Probablemente, pocos advirtieron lo superfluo (y gratuito) de este último párrafo. Solo tenía un simple carácter utilitario destinado a disminuir el impacto de la subrepticia “orden” que se escondía en las líneas anteriores. Aquí algunas directrices, que el mismo Hans me contó en su momento. Si alguno de aquellos ciegos o resentidos (los pobres) que caminaban en las noches intentaban “invadir” la mansión de tu espíritu (tu vida y “tus cosas”), ya fuese en tanto fenómeno presencial o como una desagradable fantasmagoría  (“su perfume vicioso”), la reacción era clara: “acabar para siempre con su dolorosa ceguera”. Este oculto “11º Mandamiento” de asesinar a tu “prójimo pobre” se volvía más siniestro aún con los versos finales (“Sonríe, sonríe, sonríe/ Siempre sonríe”). De ello no hay duda, pero conociendo el sistema compositivo de Hans puedo afirmar con un elevado grado de certeza que fueron agregados a posteriori para suavizar y hacer pasar desapercibido lo otro: el “mensaje”.

 

Respecto a la musicalización, lo hablaron en la banda con una lluvia de ideas. Llegaron a un concepto que dejó convencidos a todos: un vals. Tal estilo, pensaron, era óptimo para plasmar la opulencia. El resultado —si se escudriñaba bajo aquella superficie fastuosa y señorial— era francamente aterrador.

La canción se estrenó en vivo, en un concierto realizado en junio de ese año en Quito, Ecuador. A la gente le encantó desde el principio. En aquel concierto, Hans estuvo particularmente alegre: la “misión” estaba cumplida. Sus seguidores ya tenían totalmente asumido que los indigentes y los pobres eran una “subraza humana” que solo contaminaba el mundo con su pestilente y lastimera presencia.

De ahí a que se generasen las primeras acciones “reales” de “limpieza” pasaría cerca de un año. Pero en ese concierto, el grupo advirtió que el “gen” podría ser prontamente introducido en la mente de las audiencias. Y el escenario del experimento inicial, por supuesto, estaba totalmente decidido: Santiago.

Hogar, dulce hogar.

 


Nota del autor: Este es un capítulo de una novela ambientada en los años 80 en Chile, pero en el cual no existió la Dictadura de Pinochet. El país es dirigido por una elite política de derecha y el mayor “valor” del país es el consumismo. En este cuadro, surge una banda de rock que encarnaría todo ello y terminaría como “vocera ideológica” de este régimen. Se llamaba Los Elegidos (tal como el título actual de la novela). El “Dios absoluto” de este país de semi-ficción era, como no: EE.UU. y el capitalismo depredador y desenfrenado. Ante tal panorama, ciertos “personajes” aparecían como realmente nefastos y desagradables: los pobres, por ejemplo….

(Foto: http://dancingshs.blogspot.cl/)

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