Álex Mayor (España) Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía

Luxemburgo y libertad

Se irguió dentro de sí mismo, se copó y surgió como un hálito cálido a través de la tapa de los sesos, sacudiéndose el tuétano de los pliegues del pantalón y de los hombros, y la primera sensación fue probablemente que Camus y que aquello podría pasarle (sería la atmósfera de humo denso que tendía a generar el jazz en derredor) y que le desagradaban las luces de neón. Enseguida le asaltó un pensamiento que le iluminó la barba y las pestañas, le asedió la libertad y le batió las almenas, las flechas silbaban y se desdecían, y el clamor de la batalla pregonaba la precisa libertad de los niños que recolectaban frutas a pedradas en un suburbio de Algiers, aunque luego siempre volviera el a benidor  y las siestas sofocantes con la abuela, la madre viuda, la envidia hacia las moscas que zumbaban destellos verdes y azulados bajo el cielorraso y la desgracia de arena, a benidor et à bientôtliberté.

Así que huyó por la ventana del patio, chocándose con el aire frío de una noche de marzo y se instaló en un parterre junto al Arno, bajo el sol de un mes de primavera y la libretita de tapas de tela bruna; escribió con letra rápida todo lo que había ido sintiendo desde que se había erguido y copado, el rumor desagradable de las luces de neón, el doble batir de las alas de un cuervo con la chepa grisácea, la inquebrantable caída del agua del cauce y la libertad con la necesidad imperante de escapar hacia el cielo (dado que era lo más lejano que alcanzaba a comprender), donde las nubes discurrían por un río en forma de cúpula, un reflejo ceniciento del duomo que giraba constantemente en la mitad superior de sus retinas.

Todo era verdegrís, no, verde y gris, gris y verde, estaban separados y no se fundían los grises del cielo y el verde de la primavera, pero si entornara los párpados se entremezclarían y entonces sí verdegrís, donde todo fuera gris aparecería verdegrís y danzaba y siseaba un viento que empujaba las nubes que discurrían y ese viento que empujaba las nubes, talladas en mármol, podría arrostrar tan fácilmente los árboles y la primavera, podría tan simplemente hacerlos volar con gorriones y cuervos y palomas si entrecerrase los ojos y fundiera el mundo en verdegrís, el viento de arriba con la brisa de abajo; a esa primavera que tan firme y tan sólida debiera ser, que tan suave y ligera parecía y perecía a la vista de un mundo gris en el que lo verdegrís no duraba más que un cincel entre las nubes.

Lo golpeó entonces la noción de lo efímero y no quiso entrecerrar los párpados para que no se desvaneciera la primavera, de qué valía huir sin descanso si no podía entrever el verdegrís inesperado del mundo, si la literatura había muerto el doce de febrero del ochentaicuatro, si la necesidad imperante de escapar le oprimía el vientre más que el tuétano de su encierro. Acaso en alguna ocasión estar encarcelado dentro de sí, de lo que era, no había sido el espejismo de la libertad ni su más acérrimo enemigo. Ahora que sabía que lo mismo daba observarlo todo desde de la humareda intensa del jazz que humedecerse despacio junto al Arno y el rocío de su corriente, ahora, en aquel preciso instante en que tomaba plena consciencia de que la palabra libertad definía algo inexistente y de que nunca podría cejar en la carrera a través de las ventanas ni de ser embestido por el vaivén impetuoso del aire de las noches de marzo, ahora, ese ahora fatídico de su desgracia, comprendió que daría lo mismo lo que hiciera o probase a hacer: la libertad seguiría siendo una fantasía cruel y eso era una gran habitación sin ventanas de la que no podía escaparse de ningún modo salvo uno.

Ahora que a ella no le importaba su presencia ni le hería su ausencia, que sus palabras eran meras briznas de tiempo desperdiciado y su andar sonaba con el eco de las mentiras sobre el puente más viejo de Firenze, cómo podrían conjugarse la inexistencia de la libertad con su profundo anhelo, el hedor voluptuoso de la añoranza con la persecución inenarrable a que lo sometía la memoria, montada aterradoramente sobre la grupa negra y lluviosa de una noche de marzo, el Leitmotiv de entornar los párpados allí mismo con la noción de lo efímero. Quizá la libertad sí existía, pero sólo consistía en elegir la condena: la prisión de su conciencia o el inhóspito quehacer de la huida constante. La única diferencia entre ambas la marcaba la fatiga insidiosa de la carrera y se preguntó si no sería aquel momento el instante único que le otorgaría la memoria, que ahora se quitaba el disfraz de libertad y primavera, para escoger el justo castigo por sus ignominias.

Deseó correr sin fatigarse y sin sentir la dura grava bajo las plantas de los pies. Deseó vivir enjaulado sin que el polvo del tiempo le fuera velando las pupilas alrededor de la humareda y las cenizas que lo fueran cubriendo como el lodo del cementerio. Ante todo, deseó fundir el cielo y la primavera en verdegrís para siempre, en un verdegrís eterno que repeliera el polvo y que suavizase el camino y que lo salvase de la condena de la libertad. Verdegrís como la voz de sus pupilas, verdegrís como la mirada con que le había prometido tantas cosas cegadoras, con la que le había pronunciado la libertad letra a letra, delineándola y saboreándola en el paladar que había sido de los dos como el aliento que habían compartido.

La libertad no era más que la siesta sudorosa en Algérie, las moscas zumbando en la casa, la carrera asustada de los niños mientras se van encendiendo los faroles en las calles de la periferia. La libertad no existía más allá de donde alumbraban las luces de neón, los láseres rojos parpadeantes, el ruido de la música desde los altavoces en la que un beso borracho lo había condenado, lo había fatigado y le había malparado la arritmia del corazón. No había nada que hacer y, si iba a encontrarse tan atrapado escapando como estando atrapado, no valía la pena el horizonte en el que se desdibujaba la libertad (ahora que sabía que no existía, había llegado a entender que la difusa silueta no era de la libertad, sino de lo que fuera que persiguiera su memoria).

El río lo había empapado con las salpicaduras desde la catarata y a la libretita se le habían agotado las páginas y se le habían agotado el cabello y las mejillas de empaparse con el rocío del Arno y de sus ojos. No había nada que hacer desde aquel beso. No había nada que hacer salvo evitar la tentación de entornar los párpados para que el verdegrís no durase un instante y desapareciese y dejase de existir. Igual que cuando, en sueños, quemaba todas esas fotos de los álbumes y las cartas y en el humo pesado se iban las promesas, el sabor de su boca, los corazones acelerados, la memoria y se desvanecía, fundiéndose en el aire, el verdegrís de su mirada.

 

*(Imagen destacada: fotografía sin título de Nicole Mason obtenida en Magdeleine).

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