Claudia G. Rui Gutierre (México) Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía

El peso de la gravedad

“Saber que nadie bajará de los cielos a arreglar las cosas es descorazonador. Pero lo es aún más la certeza de que todo depende de los que estamos abajo…”  

Y esperaba por ese trago amargo de la verdad: otro vistazo de los aspectos insanos, morbosos de mi vida; la cadena de crueldad y veneno que exudaba mi excesiva existencia. El latido infernal del primer aliento en aquella tarde, el día de otro nacimiento, otro entre millones. Millones por segundo, y cada segundo empobrecido. Las infancias y los pequeños pasos, y las primeras risas y los balbuceos y el “mamá” y “papá”, y el orgullo de papá y mamá… y los suelos ordeñados, los terneros mutilados, muertes por asfixia en pañales.

No me quedaba otra opción que resistir. La confusión se adueñaba de mi pobre mente dividida: ya que no podía morir, tenía que vivir. Pensar en otros, pensar en mí. El mundo, la vida, la verdad… ¿se trataba de mí o de ellos? No podía abandonar el egoísmo primario de toda criatura que repta por el jardín del Edén abandonado. Lo mejor, lo único que debía hacer era cerrar los ojos y fingir mi ceguera. Como el resto.

No es que fueran ciegos. El problema es que habían sido mutilados. Ya no podían moverse; no querían. Ver, todavía podían divisar algunas sombras, pero todo era una gran zona gris en la que no les gustaba perder tiempo. Así que mejor invertían los minutos agonizantes en lo mínimo, en lo minúsculo. No es que la diversión fuera algo malo. Si bien resultaba el bote salvavidas de todos, pobres diablos (pues los hacía olvidarse de los miembros perdidos), no significaba que lo demás perdiera importancia. Se replegaron sobre sí mismos y enseñaban a sus hijos a hacer lo mismo, mientras el cieno y las tempestades hacían más difícil la visibilidad, y los pregoneros ensordecían la noche.

Sin otra alternativa, esperaba entre juegos, entre sueños, sentir el peso de la gravedad. Era la única que parecía no haberse adaptado al yacer de la discapacidad normativa. No tenía miembros, aunque quería moverme… no. Los hilos de nuestra sociedad nos cambiaban de postura de forma que las llagas no terminaran provocando inconvenientes. Atestiguaba entonces el Fin, inexorable, al mismo tiempo que sucedía. Aquí. Ahora. De haber tenido, me habría tomado por los tobillos para revolcarme en el pantano de mis propios terrores hundidos. Naufragios emocionales disfrazados de ligereza cotidiana, porque no hay cosa más terrible que mirarse a sí mismo después de muerto. ¿No era eso lo que estábamos? La sociedad era un cadáver y nosotros, los fluidos inmundos que nacíamos en sus entrañas, apestábamos la Tierra.

Entonces me batía en mis propios terrenos. Dentro de mí bullía el agua hirviente, el martirio de los inocentes, la vorágine atroz de los victimarios. ¿Con qué fin? Igual que todos, era yo miasma seccionado, piltrafa viviente, sin objeto, sin derecho.

Porque los derechos hacía mucho habían sido expuestos como una anomalía, y bajo el ala protectora de la comodidad, ¿quién habría querido recuperarlos? Menos aún buscar los derechos del silencio. El silencio que estremece tan solo de pensar en él. El silencio que duele a la distancia si se vuelve uno en su dirección. El silencio perturbador que convulsiona, se disuelve, se vuelve a construir para ser golpeado, rajado, devorado, torturado, violado, coartado, y peor todavía, para ser preservado.

De ese silencio me apercibo todavía al esperar, castañeando los dientes… silencio sin fin, con un inicio tan remoto que parece eterno, indestructible. Me pone en jaque, me persigue por todas las esquinas: no importa que cierre los ojos, no importa que lo vea, siempre está ahí; sobre mí se cierne, me destroza con toda la fuerza de mis billones de semejantes, cuyo único propósito, al igual que sus creadores, es alargar este suplicio.

Mamen Monsoriu.pngmamenmonsoriu

 

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3 comentarios

  1. Gracias por sus comentarios y perdón por la tardanza para dar signos de vida. Es verdad, el mundo está de cabeza. Pero mientras haya vida, no todo estará perdido. 🙂

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