Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Isaias M. Creig (Argentina)

Con un gesto pide una cerveza con dos vasos

— Llegamos temprano, por suerte – le digo a Lau.

— Sí, vayamos pidiendo algo – responde mientras se sienta en una de las banquetas. El lugar es chico, íntimo. Nosotros sacamos entrada para el sector de arriba, uno con mesas altas. El escenario esta casi enfrente. A nuestro lado hay una mesa todavía vacía.

— Buenas noches, ¿Qué van a tomar? – nos pregunta una chica de repente.

— Tráenos dos cervezas – le digo. Ella asiente con una sonrisa y se va.

Al rato estamos con nuestros vasos llenos. El lugar se va completando poco a poco. Hay mezcla entre treintañeros y cincuentones. David no es como Charly, el alcanza a dos generaciones, tal vez algunas personas de una tercera pero no con tanta magnitud.

— ¿Vos decís que está invitado Charly? – me pregunta Lau.

— No creo, por ahí viene Pedro pero Charly es muy difícil.

De repente se apagan las luces, la gente aplaude y aparece David entonando los primeros acordes de “Quiero regalarte mi amor”. El ambiente se transforma en un nuevo universo. Nos miramos con Lau y sonreímos. A ella le brillan los ojos y a David la sonrisa.

— Buenas noches, gracias por venir – dice y hace un enganchado con “El tiempo es veloz”. Las personas suspiran. En eso aparece un hombre y se sienta en la mesa antes vacía. Con un gesto llama a la camarera y pide una cerveza con dos vasos. Luego, se saca la campera y la coloca en el respaldar de la silla. Lebón empieza a tocar otro tema. El hombre saca su celular y envía un mensaje de voz.

Las canciones transcurren una tras otra como si fuesen fabricando un puente hacia alguna salida más allá del ahora, hasta que sobre mitad del recital David llama a Pedro Aznar.

— ¿Qué te dije? – le digo a Lau que asiente con la cabeza sin prestarme mucha atención. Arrancan con “Si me das tu amor”. Entonces es cuando de casualidad miro hacia donde está el hombre, quien toma un trago de cerveza y cada tanto chequea su celular. Luego mira el escenario aunque sus ojos están enfocando hacia otro lugar. Perdida, su mirada está perdida. La canción termina y el aplaude sin convicción, como si estuviera pensando en otra cosa. Su lenguaje corporal me dice que no quiere estar ahí pero se mueve como si tuviera que justificar su presencia ante nosotros o quizás ante el mismo.

Mientras Lebón entona “Seminare” observo nuestros vasos: ya vacíos con restos de bebida en sus paredes. Mi compañera me toma de la mano y sonríe. Miro sus ojos y noto que en ellos se refleja una especie de túnel luminoso. Me dejo llevar hacia allí, olvidando todo a mi alrededor – la realidad es tan finita; es preferible todo lo demás – pienso.

El recital termina. Miro hacia la mesa de nuestro vecino pero el ya no está. En su lugar dos vasos duermen; uno tiene restos de cerveza, el otro se mantiene vacío y limpio. Tomo a Lau de la mano y salimos. La noche está despejada y algunas estrellas se dejan ver por sobre los edificios. Las personas se amontonan en la vereda, nosotros quedamos varados en medio del tumulto hasta que una mujer corriendo en sentido contrario comienza a abrirse paso. Todavía recuerdo sus ojos, iban llenos de lágrimas.

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