Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Francisco Ramírez (Chile)

SUEÑO POSTMORTEM

"Estoy muerto. Finalmente, decidí dar el paso al otro lado, como se dice."

“Nos movemos en nuestro ambiente diario

sin entender casi nada acerca del mundo”

(Carl Sagan)

Estoy muerto. Finalmente, decidí dar el paso al otro lado, como se dice. No me emocionaba mucho la idea, pero hace rato venía dándole vueltas al pensamiento del suicidio, así es que cierta noche decidí concretarlo. No fue nada difícil. Pensé en arrojarme desde las alturas, pero mi natural pudor me hizo evitar tamaña publicidad gratuita. Además ¿para qué hacerle la vida aún más amarga a mis congéneres? Con el mero hecho de haberme conocido ya habían tenido su suficiente dosis de condena.

Bebí bastante, pues, hasta sentirme cercano a desvanecer y tomé algunas pastillas que aumentaron mi insensibilidad. Luego fui deslizando el cuchillo por mi cuello hasta que comenzó a brotar sangre. Ni siquiera fue tan doloroso. Seguí bebiendo para asegurarme de dormir hasta que todo estuviera finalizado. Le di un poco más al cuchillo hasta que, en cierto momento –creo así fue- perdí el sentido. Y así sucedió. Me desangré. De las circunstancias posteriores no tengo ningún registro, como es de suponer: supongo que rompieron la puerta de mi habitación al notar mi ausencia en el mundo de los vivos y, como añadido, constatar un hedor pestilente proveniente de mi último hogar en la tierra. Era demasiado obvio: tras las puertas, había un muerto. Debieron pasar muchos días hasta que alguien decidió intuir la realidad de las cosas y tomar una resolución. Esa fue, se lo confieso ahora, una de las cosas que me impulsó a terminar con todo: lo lento que transcurren los fenómenos humanos. La “paciencia” no había sido inventada para mí. Siempre tuve ansias de tener respuestas rápidas, ciertas y eficaces: al tratarse de una apuesta irrealizable, opté por el acero que, al menos, no me defraudó.

Lo que me decepcionó, en primer término, fue la falacia de la vieja promesa: la muerte no es la anulación de todo. Ni negrura ni luz infinita que todo lo anulen. De hecho, estoy igual de “vivo” que antes, salvo por algunas “carencias” que pronto contaré. Mejor dicho, estoy “peor” que antes. Siempre tuve una mala suerte proverbial. A menudo —en la Tierra— mi sola aparición en un lugar desataba “incomodidades climáticas” sin explicación. Abundan los ejemplos de esto: una nube tempestuosa parecía seguirme siempre. Y conste que no me refiero a mi propia vida, que eso ya sería un relato sinfín de desgracias inexplicables.

Ahora que medito en ello ¿por qué digo “en la Tierra”? Aún no tengo idea de “dónde” estoy. Se trata, por cierto, de un espacio indefinible, y es hasta probable que no me haya movido un centímetro de donde estaba al morir. En efecto ¿cómo podría saberlo? O sea, según dictarían las buenas costumbres, mi cuerpo debería estar bajo tierra, enterrado quién sabe dónde.

Respecto a estas líneas, el sistema es muy sencillo: me infiltré en el cerebro de un escritor novato que cree, ilusamente, redactar un relato impresionantemente “novedoso”. Por supuesto, lo dejo hacer. Pero ¿cuánto tiempo, hacia atrás o adelante, ha pasado desde mi muerte —qué cantidad de “tiempo humano”— hasta la aparición de este escrito en lengua española?

Obviamente, tal desconcierto e ignorancia no es algo que me agrade mucho: acá, donde estoy, tengo un completo desconocimiento del paso del tiempo. Una hora o mil millones de años los percibo de igual modo. Imagino que eso es lo que hace a los muertos “inmortales”, pero me fastidia no poder guiarme por las viejas nociones espacio-temporales. He pensado, seriamente, que no fue una buena decisión el suicidio.

No sé si fue por interés morboso o mera curiosidad, pero antes de decidirme leí cuantiosos textos literarios, filosóficos, metafísicos, históricos, religiosos, científicos, médicos, periodísticos, confesionales, etc., sobre la muerte. Hubo algunos con cierta intuición positiva de lo que esto era, pero ninguno se acercaba en lo más mínimo a lo realmente extraño que es “vivir” como lo hago al presente. ¿Qué me indica esto? Que ninguno de mis colegas tuvo la suficiente “dedicación” para encontrar un adecuado transmisor de carne y hueso para exponer su mensaje. Pues, por supuesto, somos muchos los que estamos desde este lado —“más acá de la muerte”, por llamarlo de algún modo— tratando de contar al mundo de qué va este asunto. Una verdadera legión de escritores de ultratumba que buscan corporizarse para contar lo que saben. ¿O, quizás, les inundó la pereza, simplemente? Otra alternativa es que cierto resentimiento les haya impulsado a la inacción. Es tan molesto eso de “el muerto al hoyo, y el vivo al boyo” que, tal vez, optaron por dejar a los humanos a su suerte, y a su “día a día”. Y que hicieran lo que quisieran con su “libre albedrío”, del que tanto les gusta afanarse.

Creo, entonces, que este texto está destinado a hacer historia: son, verdaderamente, las PRIMERAS PALABRAS DE UN MUERTO que se difunden a nivel humano. El logro no me emociona, pero tampoco lo desprecio. Alguien tenía que hacerlo, y si fui el elegido, pues bienvenido sea. Además, redactar estas líneas me ayuda a llenar —¡qué ironía!— los tiempos muertos.

Bien ¿por dónde iba? ¡Ah, sí! Recuerdo cierta vez en la Tierra. Estaba en…

(Esta historia

TAL VEZ continuará…)

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