Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Isaias M. Creig (Argentina)

Cleotilde Leonor

– No me gusta, Alberto. Nos faltan el respeto. Estaremos grandes y machacados pero esos chicos no deberían tratarnos así-.
– Tranquila mujer, son chicos. Ya sabes como son los jóvenes-.
– Lo sé, pero estos jóvenes no me gustan-.

Cleotilde Leonor tiene ochenta y cinco años; Alberto Rubén ochenta. Son pareja desde hace cincuenta. Ya casi es mediodía y acaban de salir del supermercado. Siempre van al mismo porque es el que más cerca les queda y ellos no están para caminar mucho.

– Vos deberías decirles algo, Alberto. Poner un poco de autoridad al menos –. Clotilde camina lento, con la columna curvada hacia abajo.

– Leonor, querida. ¿De qué sirve ponerse a discutir con unos chicos? Ya sabemos como son. Déjalos. Algún día se darán cuenta –. Alberto es alto y su columna se mantiene recta pero su piel es un amasijo blando que cae hacia abajo surcado de miles de arrugas profundas. Habla tranquilo, algo desganado. Resignado se podría decir. Todavía no entiende como su mujer mantiene esa energía para pararse frente al mundo. Un mundo, que según él, ya los dinamitó y los dejó en el límite de la vida, soportando esos huesos quebradizos, esa piel casi transparente y ese cansancio constante. Pero Leonor no se da por enterada y sigue luchando. Solo por ella él se mantiene en el camino. De lo contrario hace tiempo se hubiese rendido.

– No sé, pero te digo algo Alberto: algún día alguien les va a hacer entender como son las cosas-.

– Tranquilízate Leonor, ya pasó. No estamos para andar por la vida discutiendo – dicho esto, sin perder tiempo, Alberto cambia el rumbo de la conversación-. ¿Querés que pasemos por la panadería y compremos unos bizcochitos de grasa para los mates de esta tarde?

– Sí quiero, pero ojo: no soy tonta, me doy cuenta de que querés comprar mi silencio con unos bizcochos – dice ella en tono conciliador. Alberto se sonríe porque sabe y siempre supo de sus reacciones. Adivinarlas antes de que se produzcan es un juego que hace internamente y al día de hoy nunca se ha equivocado.

Luego del almuerzo se acuestan a dormir la siesta. Dos horas después Alberto se levanta y prepara el mate. Clotilde duerme hasta que le lleva el primero a la cama. Ella se despierta y sonríe al verlo. Los ojos todavía achinados por el sueño brillan igual que hace años. Alberto al mirarla es consciente de que fueron los miles de momentos sencillos y especiales como ese, los que en el transcurso de los años se convirtieron en los cimientos más importantes del puente que los llevó hasta este momento de sus vidas.

– ¿Descansaste, querida? – pregunta mientras ella sorbe el primer trago.

–  Dormí muy bien, corazón – dice soltando un suspiro.

El día transcurre sin muchas estridencias. No tienen hijos, y los pocos amigos fueron despidiéndose uno a uno. Por la noche preparan la cena que acompañan con el televisor encendido. Generalmente miran alguna serie menos los días en los que Alberto encuentra una repetición de Duro de Matar 2. Esta noche es una de esas noches en las que Leonor debe escuchar las exclamaciones nostálgicas de su pareja.

– ¡Mirá esa parte! ¡Cuánta acción, Leonor! Ya no se hacen películas así, ahora son todas maquilladas. Llenas de esos efectos especiales de porquería que no dejan ver el verdadero arte-.

– Si Alberto, qué bien – responde Leonor siguiéndole el juego como hace años. Ella lo disfruta porque solo en estos momentos es cuando ve a su marido como lo que alguna vez fue: un hombre lleno de energía, sueños, fuerza y con ganas de cuestionarlo todo. Con el tiempo aquel Alberto fue consumiéndose, los días lo pusieron a dormir y en su lugar nació un hombre callado, tímido y predecible. Lo sigue queriendo. Sigue gustando de su compañía pero añora aquellos años.

– Mirá: la famosa Beretta 92FS. Fijate como la empuña. Parece que de verdad pega los tiros. No hay caso: este tipo de películas tiene esa textura mágica; capas y capas de construcción de un momento. Uno sabe que es una película, que es ficción pero tiene la libertar de decidir creer. Ahora no, ahora quieren imponerte la historia. Te la meten en los ojos, te los perforan para que te entre la historia a la fuerza-.

– La famosa Beretta, sí querido. La magia se perdió hace rato. ¿Vas a tomar té? – le pregunta mientras comienza a retirar los platos.

– No, está bien Cleo – dice y se levanta con su plato. La película termina y van a la cama.

Se duermen abrazados para luego desprenderse y continuar sus sueños cada uno por su lado. Durante la madrugada Leonor se levanta, camina hasta el cuarto que funciona como una especie de depósito donde con los años han dejado morir ahí todo lo que no quieren tirar pero tampoco usar y luego de un rato hurgando entre los trastos viejos, vuelve a la cama con la tranquilidad de haber encontrado lo que estaba buscando.

Por la mañana Alberto repite el proceso del mate. Se sienta a los pies de la cama y ceba el primero. Clotilde se despierta no sin esfuerzo y vuelve a sonreír. Toma el mate y se levanta.

– ¿Qué pasa Leonor, estas apurada por algo? – la mira desconcertado, hace mucho que ella no rechaza un segundo mate en la cama.

– Nada, querido. Solo que  tengo un poco más de energía y quiero aprovecharla-.

– Está bien, me voy poniendo los zapatos entonces. Tomamos unos más y vamos al supermercado. Hay que comprar carne y una cebolla: hoy te voy a cocinar una pasta que cuando termines de comerla vas a sentirte de veinte años-.

– ¡Ja! Eso quisiera verlo – grita ya desde el baño.

El día tiene el sol alto, la humedad baja y sopla una brisa fresca. Alberto se siente bien, de buen humor. Clotilde Leonor camina como puede. Cada día parece que su espalda busca un poco más el suelo pero ella mantiene el alma recta. Su postura corporal no dice nada de su interior. Absolutamente no tiene nada que ver, piensa Alberto tomándola del brazo para ayudarla a caminar un poco mas rápido.

…….….

– El otro día la vi, loco. No me animé a hablarle ¿Podés creer? – el cajero del supermercado es un flacucho alto. No parece tener más de treinta años. Su compañero, en la caja de al lado es un tipo gordo, de unos veinticinco, con acné en su cara, cejas anchas y ojos como dos botones.

– ¡No me digas que no le hablaste! Sos un pelotudo a cuerda – responde. Hablan en voz alta mientras los clientes van pasando. Hasta que llega el turno de Clotilde y Alberto. Entre los dos van sacando la mercadería del carro y colocándola sobre la cinta de la caja. El joven va marcando los productos mientras sigue hablando con su compañero. En ningún momento los mira.

– Me cagué todo, que querés que te diga. Encima ese día tenía un asado con los pibes, viste. Entonces pensé que por ahí me la encontraba a la noche para hablarle con un poco de escabio encima-.

– Claro, de una. Pero sos boludo igual, tendrías que haberle dicho algo-.

– Sí pero no me salió nada. – dice y toma un pedazo de queso que le acaba de alcanzar Leonor pero el paquete no se marca. Entonces por fin la mira – Señora, este queso no tiene el código del precio. Vaya y busque otro.

– ¿Cómo? ¿Qué código? – Leonor siente que su cerebro comienza a flaquear. Le parece que las cosas cambian de lugar, que nada tiene sentido para ella. Todo ocurre muy rápido. Las personas hablan con palabras que no llega a comprender. Mira al chico con odio y desorientada. Muda. Salir del espacio que comparte con Alberto a veces la deja sin oxigeno.

– ¡El código de barras, señora! ¡Tiene que traerme otro queso! – grita el pibe como si ella no lo oyera. Pero Leonor no es sorda. Solo que no logra comprender qué está pasando.

– Querida, el chico dice que hay que cambiar el queso. Esperame acá que ahí lo traigo – la voz de Alberto la rescata. Ella asiente, desorientada.

– ¡El que sigue! – grita el flaco y agrega sin mirar a Leonor pero dirigiéndose a ella – córrase señora, al costado— Leonor se corre un poco, algo aturdida y espera.

– Entonces nada, me termine emborrachando como un idiota y nunca la vi – el pibe vuelve a hablarle al gordo.

Los clientes siguen pasando, esquivando a Leonor como si fuera un cono en medio de la calle. Un hombre, de unos cincuenta años, la atropella con violencia. Leonor, casi pierde el equilibro pero logra sostenerse. El hombre no dice nada y sigue su camino.

– Señora, por favor, córrase un poco más para allá hasta que venga su marido – le grita el gordo.

– Estos viejos deberían quedarse en la casa, traban toda la cola – le dice el flaco por lo bajo a su compañero. Pero Leonor lo escucha y esa frase enciende sus neuronas. Los chispazos en su cabeza iluminan su cartera.

– Acá encontré el queso. Parece que este tiene el código – dice Alberto, agitado, extendiéndole el paquete al cajero.

– Señor, ahora tiene que esperar. No ve que estoy atendiendo a la chica – y le guiña un ojo al gordo.

– Che, linda, tené cuidado que este que cuando menos te des cuenta te saca el teléfono, el mail…. ¡Y la ropa también, si te descuidas! – le dice el gordo y se ríe con ruido. Con ese ruido que hacen los cerdos cuando comen ; la chica no dice nada y se va casi corriendo apenas le cobra.

– La asustaste, gordo – dice ofuscado y llama al siguiente en la cola. Una señora rubia con una carro repleto.

– Disculpe, creo que nos toca a nosotros – interrumpe Alberto. Pero el pibe lo ignora y comienza a pasar la mercadería de la señora.

– ¿Cómo anda doña Elsa?-.

– Pibe, nos toca a nosotros, estamos esperando desde hoy – Alberto vuelve a interrumpir a costa de un codazo de Leonor.

– Espere señor, ahora tiene que esperar. No puedo cortar porque se acumula la gente. Tenga paciencia – y es esa palabra la que despierta todos los músculos de Leonor. Como si hubiese obrado un milagro sobre su cuerpo la espalda se endereza, las rodillas se aceitan y su mano adquiere una rapidez fulminante adentrándose en el interior de su cartera para sacar una reluciente pistola. Ya no tiene ochenta y cinco años y ya no se siente mareada. Por el contrario: ahora se alza por sobre la vida como un tornado de energía lúcido y avasallante. Con los ojos llenos de fuego apunta al flacucho de la caja. El brazo terso no tiembla. Los músculos se tensan.

– Querida, ¿dónde sacaste eso? – le dice Alberto totalmente desorientado pero reconociendo el modelo tantas veces admirado: una Beretta 92.

– La compré hace un tiempo. Cuando me gané la lotería-.

– ¿Ganaste la lotería? – Alberto, ahora descolocado, se da cuenta de que por primera vez ha perdido su apuesta interna respecto a las reacciones de su compañera.

– Basta Alberto, tengo una vida yo también. Y ahora – dice volviendo la mirada al chico – Vos malcriado de porquería: vas a pasar la mercadería que tenemos o te vuelo las pelotas ¿Me entendiste? – su voz es de acero, salida desde lo más profundo de su ser.

– Está bien señora, cálmese. Ya le proceso todo – dice el chico temblando. Mientras, el compañero solo atina a levantar las manos y quedarse en silencio con los ojos bien grandes, mirando sin querer ver y tampoco sin saber qué hacer.

Alberto observa a su compañera: la columna derecha hace de ella una mujer imponente, sus ojos destellan luz y energía. Su mirada es punzante y filosa. Sus pelos grises se derraman abundantes sobre los hombros como si fueran las Cataratas del Iguazú.

– Dale querido, que no tengo paciencia – dice y le apoya el caño en el medio de los ojos.

Los movimientos del chico son toscos y apresurados. Algunas cosas se caen al suelo. Alberto las levanta y se las alcanza. Cuando termina, aparece el total en el visor de la computadora. Entonces Leonor con su mano libre saca la billetera de su cartera y se la alcanza a su marido.

– Alberto: saca la plata y paga, por favor— Alberto obedece y entonces Leonor aprieta el gatillo. Se escucha el “click” de un arma vacía y hueca. El chico abre los ojos muy grandes y se larga a llorar nerviosamente. Leonor vuelve a guardar tranquilamente el arma dentro de su cartera. Toman las bolsas y salen. Afuera se suben a un taxi.

– Leonor— Alberto la mira con ojos interrogantes mientras el auto dobla en la primer esquina.

– Decirme, corazón-.

– ¿Cuándo fué que ganaste la lotería?

– Cuando me casé con vos – dice y sonríe Leonor. Sonríe joven mientras su pelo vuela dibujando figuras ondulantes sobre su rostro, a causa del viento que entra por la ventana  semiabierta del auto.

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