Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Isaias M. Creig (Argentina)

Mi papá es soldado

El sol cae sobre la cancha como fuego. Son las dos de la tarde y Rubén tiene diez años. Por primera vez su tío lo deja jugar al fútbol con los grandes. Así que se esfuerza al máximo. Los cuerpos de los rivales son gigantes, sus músculos hacen que parezcan robots. Su tío lo alienta ante cada embestida de alguno del equipo contrario. El no se achica. Juega bien. Sabe esquivar aquellas piernas peludas. Pero no sale ileso, en una jugada en la que se va solito para el gol el dos le corta la carrera con una patada certera en los tobillos. Rubén cae. Cuando se le pasa el dolor se levanta y copiando a los amigos de su tío: escupe al suelo. Pero su escupitajo no es como el de ellos que parecen pequeñas bolas certeras que aterrizan con violencia sobre el césped, al contrario el suyo es desprolijo, es solo saliva saliendo de su boca hacia todos lados. No tiene nada que ver con lo que hace su tío y los amigos.

– Rubencito, así no se escupe m´hijo – le dice el tío mientras acomoda la pelota para el tiro libre.
– ¿Y cómo es? – pregunta Rubén.
– Así, mirá – el tío aspira fuerte y luego hace como que mastica la saliva. Está un rato amasando algo ahí adentro hasta que lo larga de manera prolija y certera. En al aire parece un cometa de saliva.

Veinte años después en una oficina en algún lugar ocurre este dialogo:

– Sargento, debo felicitarlo. Es un invento soberbio, estamos haciendo historia.
– Muchas gracias, General. Estamos orgullosos y ansiosos por la demostración.
– Bien, muy bien. Ya avisé al presidente. En dos días se hace la presentación oficial.
– ¡Perfecto! El mundo hablará de nosotros. Hemos llegado a la perfección. Esto nos posicionará en un lugar inmejorable ante la guerra que se avecina – responde el Sargento Dominguez.

–  Yo diría ante los negocios que se nos avecinan…- dice el General Szcharman guiñandole un ojo al sargento mientras esboza una sonrisa de dientes amarillos.

–  Tiene razón ¡Se vienen grandes momentos en nuestras vidas, mi general! – El sargento  levanta el vaso con whisky en son de brindis. Dominguez tiene la espalda ancha y las manos grandes cargadas de dedos cortos y callosos. Esta sentado frente al general Szcharman, con un escritorio de roble macizo de por medio. Ambos llevan sus uniformes con las respectivas insignias. Los dos se parecen en el corte de cara: cuadrada, como si una plancha de acero sostuviera sus dientes inferiores, con el mentón hacia adelante y una nariz recta hacia abajo, terminado en punta. Toman whisky y brindan. Ríen, exultantes. La luz que entra por la ventana marca las sombras en su rostro, las marca haciéndolas profundas y oscuras.

Mientras tanto en el colegio primario donde asiste Dolores Guzmán la maestra interroga a sus alumnos de tercer grado.

– A ver chicos: ¿De qué trabajan sus padres? A ver Lucio – dice señalando a un nene de flequillo y ojos grises que levanta enérgicamente su mano por encima del resto.
– Mi papá trabaja de albañil, hace paredes así de grandes – exclama Lucio casi gritando.
– Bien, muy bien Lucio- dice la maestra y mira hacia otro sector del aula – a ver: Carla, ¿De qué trabaja tu papá?
– Yo papá no tengo pero mi mamá trabaja limpiando otras casas de gente que tiene plata – dice una nena de pelos rubios y despeinados, con sus dos manitos apoyadas sobre el pupitre, como si fuera a rezar.
– Está bien Carla, muy bien. ¿Quién más quiere decir de que trabaja su papá o su mamá – corrige la maestra mirando a Carla.
– ¡Mi papá es soldado! – grita Dolores con las dos manos en alto.
– Muy bien Dolores.
– Y el sábado hace una presentación re importante – agrega con una sonrisa orgullosa, interrumpiendo una nueva designación de la maestra.

En la casa de Dolores, en este momento sus padres se encuentran tomando mates, sentados con una mesa redonda de por medio. El sol no llega a entrar por ningún lado porque su casa es un departamento de dos ambientes en un primer piso que da al pulmón del edificio.

– Estoy nervioso Marcela y tengo miedo.
– Tranquilo Rubén, todo va a salir más que bien – dice ella tomándolo de las manos.

– No sé. Me siento mal. Me duelen los pulmones y el pecho. Tengo un ardor en la garganta que ni te cuento y ganas de vomitar todo el tiempo.
– Son los nervios que se suman a tu condición. Los doctores dijeron que lleva un tiempo de adaptación – los ojos de Marcela se posan sobre las manos de Rubén. Manos que siente ásperas al tacto y fuertes cada vez que se cierran sobre las suyas.
– Ojalá se pase rápido todo esto. Yo lo único que te voy a pedir Marcelita, es que si me llega a pasar algo…- pero se atraganta con la angustia y no puede seguir.
– Rubén… – Marcela le toma la cara con ambas manos y lo mira a los ojos – todo va a salir bien. Cuando termine todo acá vamos a estar, esperándote.

Rubén mira a su mujer en silencio sabiendo que en el mejor de los casos va a vivir para morir en alguna tierra lejana. Desea tener plata para no pasar por esto. Desea tener otro trabajo y desea no morir. La certeza de no poder tener lo que desea libera el llanto. Entonces se apoya violentamente sobre el hombro de su compañera, ocultando vergonzosamente sus lágrimas y llora como cuando era muy chico y tenía hambre.

Dos días después se presenta ante sus oficiales. El lugar es una especie de campo abierto, una leve brisa recorre el aire y el cielo esta gris manteniendo un suspenso de tormenta. Hay generales, sargentos, un grupo de científicos, empresarios, una ambulancia con dos médicos y tres enfermos y funcionarios del gobierno. Por último llega el presidente en un helicóptero. Rubén viste con su uniforme de cadete. Esta transpirando y trata de que sus manos no tiemblen. El centro del pecho le arde, por momento siente como si un agujero se estuviera por abrir desde adentro de sus pulmones. Le cuesta respirar y tiene mareos. Un médico se acerca y le toma el pulso. Hace un gesto afirmativo con la cabeza, mirando hacia uno de los oficiales. El oficial le devuelve el gesto y emite una seña hacia uno de los científicos. Este asiente y da un paso adelante.

– Señores, por favor. Necesito que me escuchen – dice levantando la voz y esperando a que el resto de la comitiva se organice frente a él. Luego prosigue – como saben estamos a minutos de que presenciar un momento único. Quiero agradecer al esfuerzo del presidente por su aprobación, a todos los que colaboraron de una forma u otra y por sobre todo a mi equipo que no durmió durante meses. Ah, claro, y por supuesto a Rubén Guzmán, quien prestó su cuerpo para que la ciencia pueda seguir avanzando – todos aplauden. Rubén solo mira al frente, recto, con los brazos pegados a ambos lados del cuerpo, en posición marcial. Por dentro se siente indefenso, algo triste y con mucho miedo. Piensa en su compañera y en su hija. Las imágenes de sus figuras lo ayudan a sobreponerse a los nervios. El científico le da lugar a uno de los sargentos, luego habla uno de los oficiales y por último el presidente. Todo ocurre como si estuviera lejos, inalcanzable a la mente de Rubén.

– Es ahora soldado, por la patria y el honor – le dice de repente al oído el oficial Gonzalez. Rubén obedece como un zombie sin pensar y camina, tal cual lo habían ensayado, hacia la marca en el suelo. Frente a él a cinco kilómetros de distancia un poste se alza sosteniendo la chapa con la clásica silueta pintada que funciona como práctica de tiro. Respira hondo mientras piensa en su familia y la amenaza del oficial se cierne sobre su mente “Haces las cosas como te pedimos y tu familia duerme tranquila. ¿Entendió Guzmán?”. Espanta aquellos pensamientos y se enfoca. El pecho comienza a hincharse. Sabe lo que tiene que hacer. Expande sus pulmones, como si estuviera por lanzarse al fondo del mar, mueve la boca llamando al fuego y apunta con la mirada.

El ardor crece en su interior, pero aguanta. La saliva es lava. Siente que se hace gigante, que se hincha como un globo pero ya sabe controlarlo, los doctores le dijeron cómo y para eso entrenó duramente meses interminables hasta que el dolor pasó. Nunca en su vida había sentido tanto dolor en el cuerpo, fue como si lo hubiesen aplastado por dentro. Fueron en total tres años de soportar en su cuerpo padecimientos de todo tipo. Ni que hablar de su mente, rodeada de pesadillas todas las noches y sus días. Ahora llega la parte en la que siente como llega a su boca la presión.

Una presión imposible de describir, una presión que parece obligarlo a lanzar sus pulmones bien lejos de sí. Pero él sabe escupir. Su tío le enseñó. Por unos segundos se siente el hombre más poderoso del mundo. Y entonces escupe el fuego, y la bala. Una bala que recorre con fiereza los cinco kilómetros, atravesando el aire como una espada e insertándose en la frente de la silueta. Luego otra y otra más. Salen de su boca con un ruido seco, resbaloso, fantasmal. Escupe diez balas en total. Cada una se incrusta en diferentes partes del blanco.

Los hombres a su alrededor aplauden y se dan la mano. Rubén suspira, exhausto. Sus manos ya no tiemblan y en el pecho una oleada de alivio refresca su interior. Su corazón se aplaca y la tranquilidad le vuelve al cuerpo. Rubén mira al cielo esperando descubrir algo que no sabe bien que es. Luego baja la vista y piensa en su tío. De repente un deseo lo invade, un deseo punzante que se mezcla con un dejo de rabia y odio. Pero su paz interior se mantiene. Esto lo sorprende. Podría quedarse tranquilo, esperando la orden para retirarse a su casa y esperar junto a su familia el llamado a la guerra, podría, claro que podría hacerlo como siempre lo hizo,  pero hoy decide que no y escupe como cuando tenía diez años y no sabía cómo hacerlo: esparciendo un montón de gotas de saliva hacia todos lados.

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