Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Isaias M. Creig (Argentina)

Restos de lluvia sobre la mesa

Un lago y los gansos. Una familia les da de comer. Las nenas se ríen extasiadas. Dos perros aparecen y corren a las aves que se van al agua. Mientras, mi novia saca fotos y yo le cebo un mate. Pienso que no puedo imaginarme mi vida sin ella. Puede pasar que en algún momento desaparezca y pensarlo me da miedo. Me devuelve el mate. El instante continúa. Los gansos se alejan nadando y los pájaros levantan vuelo. Al verlos volar me siento viejo.

Mi novia señala una bolsa flotando sobre el agua, quiere que la saque. Entonces me acerco con una rama y la arrastro hacia la orilla. La saco y la tiro en un tacho de basura – a veces somos como esta bolsa – pienso.

Al fondo, naciendo desde los edificios las nubes se pintan en tonos grises y azules. Hace mucho calor y la humedad nos baja la presión. Una tormenta se avecina: la vamos a enfrentar. Luego pasará y quedaremos en paz nuevamente, como los gansos, como los perros y como la bolsa.

Una plaza. Dos días después. Estoy solo, sentado sobre un banco en mi horario de almuerzo, escribiendo sobre un cuaderno. Una mujer y un perro juegan: ella lanza una pelota y el can va a buscarla. El juego se repite una y otra vez.

Un hombre hace ejercicios físicos arriba de una maquina que parece tener esquíes colgantes. Es como si el hombre esquiara sin nieve ni montañas: flotando con un sol abrasador sobre su cabeza.

Un pibe excedido de peso, con un caminar particular como el de un pingüino, se detiene a escribir un mensaje en su celular. Mientras, una pareja de un hombre y una mujer sentados sobre el césped comparten una especie de picnic bajo la sombra de un pino cuyo tronco se encuentra levemente torcido.

Un viejo de ochenta y largos años me mira. Tiene un suéter sobre sus hombros y una camisa dos talles más grandes. Camina lento, muy lento y cada tres pasos se detiene, apoya sus manos a cada lado de la cintura y mira fijamente hacia algún lugar que no logro descifrar.

Dos chicos sentados al sol charlan, uno lleva puesto una remera negra y es pelado; el otro lleva un buzo y tiene el pelo hasta los hombros. Tres pájaros atraviesan el cielo y un disparo se escucha. El viejo cae sin ruido alguno. El pibe pingüino guarda el arma y se aleja con pasos cortos y apresurados. Me quedo quieto pero escribiendo. El eco del disparo todavía sigue sonando en mis oídos. El sol se oculta durante unos minutos bajo una nube. Miro mi reloj:  tengo que volver al trabajo, ya se cumplió mi horario de almuerzo. Me levanto y dejo el banco vacío. Los chicos están rodeando el cuerpo y lo miran con el asombro que tiene cualquiera al ver a la muerte. Desaparezco, ya es tarde.

Al llegar a casa no le cuento a mi novia lo que vi. En cambio, hablamos de la tormenta de la vez pasada en aquel parque con gansos y perros. Todavía quedan restos de lluvia sobre la mesa pero se van secando. La abrazo y las nubes se corren. Ya no me siento viejo.

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