Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Isaias M. Creig (Argentina)

El árbol nunca debió haber estado ahí

Siempre sostuve que la amistad se mide por momentos. Es algo que se me ocurrió un día, no sé de qué manera, solo apareció el pensamiento de repente.

Ayer fui a lo de  Marcos, nos emborrachamos como todos los martes. Yo siempre lo hago con cerveza y el con vino. Los dos vemos y sentimos cosas diferentes pero entendemos lo mismo. La droga existe para que dejemos de existir en el plano en el que vivimos, es una obviedad, pero es así. Se que no es sano drogarse todos los martes de la manera en que lo hacemos pero también sé que no quiero otra cosa. También tomamos mucho los fines de semana y al final de la noche ya no nos pertenecemos. Todo empezó un día en que mi novia me dejó, soy un adolescente en cuerpo de viejo, por eso comencé a beber desaforadamente. También consumo cocaína, codeína, heroína y una droga nueva que usaban los vietnamitas. En fin: no quiero enfrentar a la soledad y por eso me drogo.

Nunca imaginé que Marcos iba a morir, hace un par de horas me avisaron que lo encontraron en la casa o en la calle o bien yo lo vi muerto y lo olvidé. No sé muy bien, estoy confundido. A veces solo escribo preso de mí para escapar de mí, es tan simple como eso.

Marcos ya no está ¿Qué sigue? No sigue más nada, la muerte es la única respuesta acertada a todas las preguntas del hombre. Marcos es más sabio ahora, pienso mientras veo como el monitor se dobla, la silla se estira como si estuviera desperezándose, el televisor se apaga y yo sigo acá, en silencio, pensando en Marcos. El dolor no pasa por el cuerpo, el dolor se queda en el cuerpo y segrega sustancias que poco a poco van tomándolo, apresándolo, devorando cada músculo y hueso que lo compone. Si quisiera moriría ahora, pero no quiero porque necesito vivir para seguir escribiendo. Me dijeron que soy un tipo inestable pero ¿Quién no lo es? Todos somos un poco inestables.

Un día, mientras mirábamos una película Marcos me dijo – Sabés Juancito: en la casa de mi abuela guardo unos juguetes de cuando era pibe. Ella siempre me los escondía para que no los rompa. Me los daba de a poco, para que me duren. Si querés, te los regalo— le respondí que sí, que los quería. Al fin y al cabo los juguetes son para usarlos

¿Y si se suicidó? No creo, no era de esos. Aunque indirectamente lo hizo, el sabía que si iba demasiado rápido podía terminar así. Lo buscó como yo busco una borrachera cada vez que quiero llorar. El velorio es hoy pero no deseo ir en este estado. Estoy tomando cerveza desde el momento en que me enteré. Cuando sos cobarde y perdiste un amigo el dolor es fuego en tu boca, vomito en tu cabeza y las drogas son inevitables. No voy a ir, no soportaría ver a Marcos adentro de ese cajón, el no era un tipo de los que se acostaba y dormía. El jugaba al fútbol y lo hacia muy bien. Yo, por el contrario, soy un pésimo deportista, pero un gran sentimental. Eso es algo. Un día me dijo que nunca se había drogado más que con alcohol, yo le dije que tampoco y era verdad.  Pero después todo se complicó: esa noche se ofreció a llevarme  en el auto hasta casa, yo le dije que no, qué ya me llevaba Fede. Se fue con otros amigos. El auto iba rápido. Aquel árbol nunca debió haber estado ahí pero estaba y Marcos quebró la parábola de la existencia. La amistad colisionó y se desarmó para armarse. Yo corrí hasta el, estaba borracho y aturdido. Lo ví existiendo en otro plano, iba desapareciendo en aquella camilla. El auto parecía un juguete, uno de los que guardaba su abuela. La vida nos hace conscientes de lo inmensos que somos. Es mentira eso de que somos insignificantes: somos el reflejo del mundo.

Aquel día Marcos había jugado al  fútbol y yo lloraba por la novia que me había dejado. La muerte, siempre es la muerte la que nos interpela y hace que las situaciones por las que pasamos se transformen en ridículas, carentes de significados y originalidad. La vida es maravillosa con la muerte acechándola. No fue un martes, tal vez fue un sábado o un viernes. Tal vez nunca tomamos, tal vez fuimos un error dentro de un acierto. Todo se hace confuso. Tal vez fue de madrugada. Las lágrimas existen para limpiar los rostros que se sienten solos. La soledad viene en el combo junto con lo demás. Los años pasan y vamos siendo. Los dos somos de San Lorenzo, el fumaba, yo no. El manejaba, yo nunca aprendí. La ausencia nos hace presentes. Ya no me quedan palabras. Mi cuerpo esta entumecido, siento como un suave escalofrío recorre mi columna. Poco a poco voy desapareciendo, primero las piernas, luego el torso, mas tarde los brazos y por ultimo la cabeza. Escribo sin existir, el teclado parece ser tocado por un fantasma. Pero no, es Marcos que escribe y yo que miro desde otro plano. Tal vez el nunca jugó al fútbol y yo nunca me drogué. Las historias a veces son la única manera de esquivar el dolor. Las palabras aminoran su velocidad. Marcos se incorpora de su silla, camina hacia la heladera, saca una cerveza y levantándola al aire dice — por vos, Juancito— provocando un brindis tan invisible como yo. Sonríe y toma un trago largo. Se queda ahí, mirando al vacío, inmóvil y callado. La amistad se mide por momentos, este es uno.

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6 comentarios

  1. ¡Me ha encantado el post, Isaías! Como bien escribes, la amistad – igual que el amor – siempre se mide por momentos. Desgraciadamente, no solemos darnos cuenta de lo valiosos que son cada uno de esos momentos hasta que la muerte viene a visitarnos. Me has hecho sentir emociones muy profundas y recordar a una persona que fue muy especial para mí, mil gracias por eso. Un placer regresar a este blog y encontrar textos tan hermosos…

    Un fuerte abrazo ♥

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