Cuentos/Relatos Escritores de Letras & Poesía Isaias M. Creig (Argentina)

El vecino

El ruido de las hélices se siente a lo lejos. Adivinan de qué se trata al instante, así que solo se abrazan y esperan. Afuera llueve, el helicóptero hace sentir su presencia muy cerca de la ventana. Es domingo. Anoche se acostaron temprano,  pero los fines de semana hacen fiaca. Son las doce y media del mediodía. Hoy le toca a su barrio. Es un barrio por cada domingo. Creyeron que nunca iba a pasar, que solo era un cuento de las redes sociales, un mito que tarde o temprano demostraría su condición de mito. Pero no.

Ahora el helicóptero está  flotando al lado de su ventana del quinto piso. El ruido es ensordecedor. Se abrazan fuerte, como si uno fuera el sostén del otro. Entonces ocurre. Un golpe, ladrillos que se derrumban, acero que fricciona y un grito. Cierran bien fuerte los párpados rezando para que solo sea una pesadilla pero el grito de su vecino es demasiado real, demasiado presente. No son ellos, por suerte no esta vez. Marcos se hace consciente de esto y se levanta de la cama. Espía por entre las maderas de la persiana y lo ve: el brazo gigante de acero saliendo desde la panza del helicóptero. Un brazo que termina en una gran pinza de tres dedos. Dedos de metal que aprisionan al vecino como si fuera un águila agarrando a su presa.  Sus gritos ya no se escuchan, parece desmayado. El aparato se aleja con el cuerpo flotando.

Vuelve a la cama y se acurruca en los pechos de su novia. Tienen sexo. La adrenalina hace que lo hagan con furia desenfrenada. Están vivos y juntos. Un día más en el infierno,  ardiendo.

Desayunan mientras escuchan al lado a la división de reconstrucción que deja todo como estaba. Ladrillo sobre ladrillo. Por la tarde ya no quedará  rastros del agujero dejado por la nave. Tampoco del vecino.

En la oficina dos compañeros ya no están, se  los llevaron hace dos meses. Ahora hay dos chicos nuevos, jóvenes. No hablan. Solo trabajan. No interactúan con nadie.  Casi toda la empresa fue cubierta por esos reemplazos, todos silenciosos, limpios y efectivos. Son humanos, claro que lo son. Al principio creyeron que eran robots, pero con el tiempo se dieron cuenta de que solo eran distintos. ¿Cuándo empezó todo esto? ¿En qué momento? No puede determinarlo. Solo sabe que empezó de manera silenciosa. Y continúa así. Nadie habla del tema, todos siguen con sus vidas mientras estas cambian día a día. Hasta que ellos mismos son reemplazados.

—Mañana nos juntamos en lo de Santiago, conseguí unas cervezas. Venite con Mariana—le dice Roberto al oído.

– ¿Cervezas? ¿De dónde las sacaste?

– Menos preguntas y dios perdona. Mañana a las diez en lo de Martín. Nos vemos.

Santiago lo deja otra vez solo frente a su computadora. El único ser normal que quedaba en aquel lugar. Después está Martín, en otra empresa. Serán ellos tres los que se juntarían a tomar cerveza mañana.

La noche los oculta de los vigilantes y los descubre entre ellos. Están rodeando una mesa redonda, color azul, con una gran estrella blanca pintada de forma desprolija. Mariana y Marcos, Julia y Martin, Santiago y Martina. Las chicas se conocen a través de ellos mientras que ellos se conocen desde los quince años. Tienen treinta.

—Por favor, Santiago, traé esas cervezas. Muero por una.

—Pará un poco, disfrutá el momento. No seas ansioso. Esperaste cinco años, podés esperar unos minutos más —dice mientras abre la heladera y les lanza una a cada uno. Sonríen. Abren y toman sin mediar palabra. Eructan. Luego brindan.

—¿Cómo hiciste? — le pregunta Mariana

—No puedo decirles,  mis estimados. El arte del contrabando se mantiene porque pocos lo hacen. Además, no quiero meterlos en líos. Tomemos como antes: sin preguntas.

—Ayer a la mañana se llevaron al vecino. Por un momento pensé que me venían a buscar a mí. Pensé que era una pesadilla —dice Marcos en medio de un trago y sigue —es un brazo como de un robot gigante que sale desde abajo del helicóptero. Entra en la casa y te agarra mientras dormís. Después, en unas horas tapan todo y ya no existís.

—En mi trabajo ya no queda nadie, casi todo el plantel es de esos zombis —agrega Santiago mientras aplasta una lata con la mano.

—¿Qué es lo que hay que hacer? —dice Martina con un dejo de desesperación en su voz.

—Esperar. No queda otra —responde Marcos y aplasta ahora la última lata.

Pero no espera. Dos días después de aquella reunión Marcos no aguanta más. Saca del escondite los parlantes y el reproductor de música. Conecta todo y lo enciende a todo volumen “Llegará el día en que estemos juntos /Haciendo todo para este mundo /Paralizando la tierra /El día que apagaron la luz” retumban las palabras de Sui Generis en las paredes del departamento. Su novia sale del baño desesperada y lo mira con ojos grandes como de lechuza.

—¡¿Estás loco Marcos?! ¡Nos van a matar, pelotudo!

—Que hagan lo que quieran. No aguanto más esto — dice Marcos y abre la ventana de par en par—. ¡Vengan de una vez! ¡Todos ustedes son una mentira! ¡Una mentira! —Mariana lo toma de atrás y lo aleja. Caen al piso y él se acurruca en su pecho. Llora desconsoladamente. Ella cierra los ojos. Se quedan escuchando aquella música, abrazados, hasta que el helicóptero llega, hasta que saca su brazo y rompe la pared del departamento quinto C. Hasta que los aprisiona en sus garras. Hasta que vuelan colgados en medio de la noche,  que se hace más oscura ocultándolos de las miradas de los vecinos.

Cuando la división de reconstrucción llega, la música todavía está sonando. La apagan y comienzan el trabajo. Al terminar uno de ellos,  con movimientos rápidos y disimulados,  se guarda el reproductor en su mochila. Sonríe, imaginándose bailando a oscuras en medio de alguna mañana apagada y silenciosa.

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